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Laura Tyson

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¿Qué políticas reducen la desigualdad de ingresos?

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El presidente estadounidense, Barack Obama, recientemente declaró que la creciente desigualdad de ingresos y la desigualdad de oportunidades que ésta genera son los desafíos determinantes que hoy enfrenta Estados Unidos. Estos problemas treparon hasta el tope de la agenda política estadounidense, pero no son exclusivamente norteamericanos.

La desigualdad de ingresos comenzó a ampliarse en Estados Unidos a fines de los años 1970, y la tendencia se propagó a Europa a fines de los años 1980, afectando inclusive a países con largas tradiciones igualitarias a comienzos del nuevo siglo. En la víspera de la Gran Recesión de 2008-2009, la desigualdad de ingresos había alcanzado alzas sin precedentes en Estados Unidos y la mayoría de los países desarrollados.

La recesión y la recuperación dolorosamente lenta hicieron que las condiciones empeoraran en todas partes, especialmente para los niños y los jóvenes que ingresan en el mercado laboral. El hecho de que la creciente desigualdad de ingresos sea una característica común de las economías desarrolladas sugiere causas comunes que todavía no llegan a entenderse del todo bien.

Se suele creer que la distribución de ingresos de Estados Unidos es la más desigual entre las economías desarrolladas; pero la realidad es más complicada. El ingreso se puede medir de dos maneras: ingreso de mercado antes de impuestos y pagos de transferencias, e ingreso disponible después de impuestos y pagos de transferencias. Sorprendentemente, la desigualdad del ingreso de mercado antes de impuestos y pagos de transferencias en Estados Unidos es similar a la de muchos otros países desarrollados, inclusive aquellos con reputaciones igualitarias como Suecia y Noruega. Gran Bretaña y hasta Alemania tienen una desigualdad mayor de ingresos antes de impuestos y transferencias que Estados Unidos.

Entre los países desarrollados, Estados Unidos efectivamente tiene la distribución más desigual de ingresos disponibles después de impuestos y pagos de transferencias. Esto no es porque Estados Unidos tenga el sistema tributario menos progresivo; de hecho, su sistema tributario es considerablemente más progresivo que el de la mayoría de los países europeos, Canadá y Australia, todos los cuales dependen de impuestos al valor agregado regresivos como una fuente importante de ingresos.

Sin embargo, entre los países desarrollados, Estados Unidos tiene el sistema de transferencia menos generoso y progresivo. Estados Unidos gasta una porción mucho menor del PIB en programas de asistencia familiar -incluidos transferencias de efectivo, exenciones impositivas y servicios gubernamentales directos- que sus pares de los países desarrollados, donde la dependencia de impuestos al consumo regresivos para financiar programas de transferencia progresivos ha permitido que la desigualdad de ingresos se mantuviera a un nivel significativamente más bajo. 

En los últimos 30 años, la política económica de Estados Unidos agravó en lugar de mejorar la desigualdad de ingresos. Tanto los impuestos como las transferencias se volvieron menos progresivos conforme se fue ampliando la desigualdad de ingresos de mercado. De hecho, según un estudio reciente, el hecho de que los impuestos y las transferencias se hayan vuelto menos progresivos responde aproximadamente por 30% del crecimiento de la desigualdad de ingresos después de impuestos y transferencias en Estados Unidos durante este período.

Estados Unidos necesita un sistema de impuestos y transferencias más progresivo y redistributivo para combatir la creciente desigualdad en los ingresos de mercado. Pero esto es improbable, al menos en el corto plazo. Los republicanos se oponen implacablemente a aumentos en los programas de bienestar social y mayores impuestos a la riqueza para financiarlos. Y existe una oposición bipartidaria a un impuesto al valor agregado: los demócratas temen sus consecuencias regresivas y los republicanos desconfían de su eficiencia en materia de generar ingresos.

Para combatir la desigualdad de ingresos de mercado, Estados Unidos también necesita un crecimiento económico más rápido que estimule el ritmo de creación de empleos y reduzca el desempleo. La economía ha estado creciendo a menos de la mitad de la tasa con la que creció en recuperaciones anteriores, y el mercado laboral ha mejorado a un ritmo agonizantemente lento.

De hecho, la tasa de desempleo, en 7%, sigue siendo alta, a pesar de una tasa de participación de la fuerza laboral a un nivel bajo sin precedentes. Aproximadamente cuatro millones de trabajadores han quedado fuera de la fuerza laboral desde que comenzó la Gran Recesión. Alrededor de ocho millones tienen un empleo a destajo, porque no pueden encontrar un trabajo de tiempo completo.

El prolongado periodo de inactividad del mercado laboral implica una caída de los salarios reales de la mayoría de los trabajadores, y el efecto negativo aumenta a medida que se va bajando en la distribución salarial. El resultado es una mayor desigualdad de ingresos de mercado. De 2007 a 2012, los salarios por hora reales de Estados Unidos cayeron a 70% de la distribución salarial y las mayores pérdidas las sufrieron quienes tenían empleos con salarios más bajos. Por el contrario, los salarios reales aumentaron, aunque a un ritmo mucho más lento que antes de la recesión, para aquellos en 30% superior de la distribución salarial.

En su discurso sobre la desigualdad, Obama reiteró varias propuestas para acelerar el crecimiento: aumentar las exportaciones, reformar el código de impuestos sobre sociedades e invertir más en infraestructura, investigación y desarrollo y educación. Estas propuestas mejoran tanto el crecimiento como la equidad. Sin embargo, es poco probable que el Congreso vaya a aprobarlas y la política fiscal general sigue siendo marcadamente contractiva, lo que redujo el crecimiento en aproximadamente 1,5 punto porcentual este año.

Obama también exigió un incremento del salario mínimo para combatir la desigualdad de ingresos. Aquí, las perspectivas de que haya una aprobación del Congreso parecen más prometedoras, debido a un fuerte respaldo de los votantes -las encuestas muestran que grandes mayorías de votantes demócratas, independientes y republicanos respaldan un aumento.

Ajustado por inflación, el salario mínimo federal de hoy, de 7,25 dólares por hora, es 23% más bajo de lo que era en 1968. Si hubiera acompañado a la inflación y al crecimiento de productividad promedio, sería de 25 dólares por hora. Con el salario mínimo actual, un trabajador empleado a tiempo completo durante un año entero gana apenas 15.080 dólares  -19% por debajo de la línea de pobreza para una familia compuesta por tres integrantes.

Según la OCDE, Estados Unidos tiene la segunda tasa de pobreza relativa más alta (el porcentaje de la población que gana menos de la mitad del ingreso medio nacional) entre los países desarrollados. Una investigación reciente sugiere que un aumento del salario mínimo tendría un efecto muy positivo, mientras que un aumento de 10% reduciría la tasa de pobreza en 2%.

Por cierto, aproximadamente 30 millones de trabajadores se beneficiarían con un aumento del salario mínimo a 10,10 dólares por hora, como propusieron los demócratas en el Congreso. De estos trabajadores, 88% tendría por lo menos 20 años (siendo la edad promedio de 35 años); 55% estaría trabajando tiempo completo; 56% serían mujeres y más de 28% serían padres. Poner más ingreso en sus manos no sólo reduciría la pobreza; estimularía el gasto de consumo en un momento en el que una demanda insuficiente sigue impidiendo la recuperación y la creación de empleos.

El presidente Obama ha hecho progresos significativos en cuanto a combatir la desigualdad de ingresos. En su gobierno, el sistema federal de impuesto a las ganancias se ha vuelto más progresivo, y Obamacare es el programa de seguro social más progresivo desde que comenzaron Medicare y Medicaid en 1965. Pero hay mucho más por hacer. Aumentar el salario mínimo es el próximo paso en la dirección correcta.

 

 

Copyright: Project Syndicate