• Caracas (Venezuela)

Laura Tyson

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Pagar la productividad

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Una de las (desalentadoras) tendencias económicas que definieron a Estados Unidos a lo largo de los últimos 40 años ha sido el estancamiento de los salarios reales de la mayoría de los trabajadores. Según un informe reciente de la Oficina de Censos de los Estados Unidos, en 2013 el ingreso medio de los varones estadounidenses empleados a tiempo completo fue 50.033 dólares, apenas distinto de la cifra comparable (ajustada por inflación) de 49.678 dólares en 1973.

Como la mayoría de los hogares obtienen el grueso de sus ingresos del trabajo, la falta de aumento del salario real contribuye significativamente al estancamiento del ingreso familiar. El ingreso promedio de 90% inferior de los hogares estadounidenses se mantiene estancado desde más o menos 1980. En términos reales, el ingreso del hogar medio en 2013 fue 8% inferior al nivel de 2007 y casi 9% inferior al máximo alcanzado en 1999.

El estancamiento de los ingresos familiares y salarios de la clase media es una de las principales causas de la lenta recuperación de la economía estadounidense después de la recesión de 2007 a 2009, y supone una seria amenaza al crecimiento y la competitividad a largo plazo. El consumo de los hogares equivale a más de dos tercios de la demanda agregada, y para 90% inferior de las familias, el crecimiento del consumo depende del aumento de los ingresos.

El mejor momento de crecimiento económico de Estados Unidos en las dos décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial también fue la edad dorada de la clase media. El largo auge de los noventa, cuando Estados Unidos tuvo pleno empleo en forma sostenida, fue uno de los pocos períodos durante los últimos 40 años en que hubo un aumento de ingresos en cada quintil de la distribución de ingresos.

Muchos economistas influyentes están preocupados por la posibilidad de que Estados Unidos enfrente crecimiento anémico y “estancamiento secular”, por la brecha persistente entre la demanda agregada y el nivel de pleno empleo. El estancamiento de los ingresos de la clase media implica falta de demanda agregada, lo que a su vez supone mercados laborales flojos y salarios estancados para la mayoría de los trabajadores. Sin políticas monetarias y fiscales decididas que sostengan la demanda agregada en niveles de pleno empleo, el resultado es un círculo vicioso de poco crecimiento.

Dos expertos en competitividad, Michael Porter y Jan Rivkin (de la Escuela de Negocios de Harvard), señalaron hace poco que el estancamiento de los ingresos de la clase media perjudica a las empresas estadounidenses de diversas formas, y advierten: “Las empresas no pueden prosperar mientras las comunidades a su alrededor languidecen”. A menos que hagan algo, “las empresas estadounidenses se encontrarán privadas de una fuerza laboral adecuada, con consumidores agotados y amplios sectores de votantes antiempresa”.

Porter y Rivkin no piden simplemente que las empresas paguen más a sus empleados, sino que se unan en una acción “estratégica, cooperativa” para mejorar la formación y la capacitación de los trabajadores y así elevar su productividad.

Es una meta loable, pero los directivos empresariales encuestados por Porter y Rivkin dejaron entrever que muchas veces la renuencia de las empresas a contratar trabajadores a tiempo completo desincentiva la inversión en formación. Casi la mitad de los encuestados indicaron que, de ser posible, prefieren invertir en tecnología o tercerizar y contratar trabajadores a media jornada (que no recibirán mucha capacitación adicional ni tendrán un interés personal puesto en el éxito de la empresa a largo plazo).

De la encuesta de Porter y Rivkin también se desprende la inquietante conclusión de que el estancamiento de los salarios es culpa de los mismos trabajadores y de las escuelas estadounidenses: según esto, si los trabajadores no fueran tan malos en matemática y ciencia, si estuvieran mejor preparados para el mundo moderno y no fueran tan improductivos, ganarían más.

Pero la realidad es otra. La productividad en Estados Unidos lleva dos décadas creciendo a buen ritmo. El problema es que ese aumento no se trasladó a un incremento comparable de los salarios e ingresos de los trabajadores y hogares típicos.

La teoría económica estándar dice que los salarios reales deberían subir o bajar a la par de la productividad, y hay un trabajo de Lawrence Mishel (del Instituto de Política Económica) que muestra que fue así entre 1948 y más o menos 1973. Pero desde entonces, el salario real del trabajador típico se estancó, mientras que la productividad no paró de crecer. Mishel calcula que la productividad aumentó 80,4% entre 1948 y 2011, mientras que el salario real medio solo aumentó 39%, y casi nada en las últimas cuatro décadas.

Es cierto que a los trabajadores altamente capacitados (especialmente gente con posgrados y conocimiento tecnológico) les fue mucho mejor, pero fue prosperidad para una pequeña élite.

De 1979 a 2012, el salario real medio aumentó solamente 5%. Pero el salario real de 1% mejor remunerado creció 154%, y el de 5% mejor remunerado creció 39%. Al mismo tiempo, el salario real de 20% inferior de los trabajadores se estancó, y el de 10% inferior disminuyó. De hecho, la disparidad salarial fue la principal causa de la creciente desigualdad de ingresos (excepto en la cima de la distribución de ingresos, donde pesó más la renta del capital).

Entretanto, las ganancias corporativas se dispararon. La ganancia empresarial después de impuestos como cuota del PIB está en un máximo histórico, mientras que la participación de los trabajadores se hundió a su menor valor desde 1950.

Aunque lograr un fuerte aumento de la productividad es una meta política importante, no alcanza para incrementar los salarios e ingresos de la mayoría de los trabajadores y hogares. Para reconectar los aumentos de productividad y salariales se necesitan tanto medidas políticas (por ejemplo, un aumento del salario mínimo vinculada al incremento de la productividad) como cambios en las prácticas laborales de las empresas, por ejemplo más programas de participación en las ganancias.

Son programas intuitivamente atractivos, ya que cuando los empleados tienen un interés directo en la rentabilidad de la empresa, es más probable que estén más motivados y comprometidos, y que se reduzca la rotación de personal. Y hay investigaciones empíricas que lo confirman.

Hace unos veinte años, Alan Blinder (de la Universidad de Princeton) pidió a diversos economistas (entre quienes estuve) examinar los estudios disponibles sobre el vínculo entre la participación en las ganancias y la productividad. En su gran mayoría, los estudios hallaron una fuerte correlación positiva, conclusión que confirma con datos más actualizados un libro reciente editado por Douglas Kruse, Richard Freeman, y Joseph Blasi, titulado Shared Capitalism at Work, [El capitalismo compartido en acción].

Desde los sesenta, una parte cada vez mayor de la remuneración de los trabajadores se dio en diversas formas de participación en las ganancias (por ejemplo, opciones y acciones restringidas, bonificaciones anuales ligadas a las ganancias y conversión de los empleados en accionistas). Pero estos planes solo alcanzan a una minoría de los trabajadores, ya que sus principales beneficiarios son directores ejecutivos y gerentes de nivel superior, una proporción considerable de los cuales cobran según la productividad medida por las ganancias de las empresas y la cotización de sus acciones. Estos esquemas de incentivos están detrás del desmesurado aumento de la remuneración que hubo en el 1% superior de la distribución de salarios e ingresos.

Los niveles de vida y la competitividad económica de Estados Unidos a largo plazo dependen no solamente del aumento de la productividad, sino también de cómo se comparta dicho aumento. Una coparticipación más equitativa para los trabajadores estadounidenses y sus familias ayudaría en gran medida a resolver el preocupante estancamiento de los salarios y de los ingresos de la clase media en décadas recientes. 

 

Copyright: Project Syndicate, 2014.
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