• Caracas (Venezuela)

Kemal Derviş

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Cómo reacondicionar el contrato social raído de Europa

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Durante gran parte del comienzo de 2014, la eurozona parecía estar en un estado de recuperación –débil e inestable, pero de todas maneras real–. En abril, el Fondo Monetario Internacional calculó que el crecimiento general del PBI alcanzaría 1,2% este año, con una lenta disminución del desempleo, comparado con su previsión anterior de un crecimiento de 1%. Habiendo desaparecido la amenaza de tasas de interés insustentablemente elevadas en los países de la periferia de la eurozona, el camino hacia una recuperación moderada estaba supuestamente despejado, y lo que vendría después sería una cierta aceleración del crecimiento en 2015.

Si bien es importante no reaccionar de manera exagerada ante las cifras trimestrales, los datos recientes, así como algunos de los revisados para el primer trimestre, son profundamente desalentadores. El pesimismo de hace dos años ha regresado, y con justa razón.

Italia atraviesa una recesión indiscutida y está lejos de mostrar los tan esperados signos de vitalidad. El crecimiento francés es cercano a cero. Hasta el PBI de Alemania decayó en términos trimestrales en la primera mitad del año. Finlandia, un defensor acérrimo de las políticas firmes de austeridad, está en rojo en la primera mitad del año.

Las tasas de interés nominales para la deuda soberana de los países de la periferia se han mantenido extremadamente bajas y, aun cuando se tienen en cuenta las expectativas de una inflación muy baja (o incluso deflación), las tasas de interés reales son bajas. La eurozona ahora enfrenta no solo una crisis financiera, sino una crisis de estancamiento. Las tensiones con Rusia pueden hacer que la recuperación resulte aún más difícil, y es improbable que la eurozona pueda alcanzar un crecimiento de 1% en 2014 sin cambios importantes en las políticas.

El Banco Central Europeo ha anunciado que ofrecerá nuevo respaldo en materia de política monetaria y ha decidido utilizar todos los instrumentos si no una flexibilización cuantitativa directa (todavía no está comprando bonos soberanos). Pero no resulta para nada claro si el caballo proverbial que se lleva hasta el agua finalmente va a querer beber.

Si las expectativas de crecimiento y empleo se mantienen lúgubres, será difícil reavivar la demanda, en especial la inversión empresaria privada, no importa cuán bajas estén las tasas de interés o cuántos recursos tengan los bancos para una potencial actividad crediticia. El mensaje del presidente del BCE, Mario Draghi, en su discurso el mes pasado en Jackson Hole, Wyoming, así como su conferencia de prensa en septiembre fueron un claro llamado a un mayor respaldo fiscal para impulsar la demanda efectiva.

El problema económico esencial es claro: existe una necesidad casi desesperada de un mayor espacio fiscal en la eurozona para impulsar la demanda agregada, incluso más inversión en Alemania. Pero también hay una necesidad persistente de reformas estructurales profundas del lado de la oferta, de manera que el estímulo fiscal se traduzca en un crecimiento sustentable a largo plazo, no solo rebotes temporarios y mayores aumentos en los ratios de deuda de los países.

Cuáles son las “mejores” reformas estructurales, en verdad, sigue siendo motivo de debate. Pero en la mayoría de los países estas incluyen alguna combinación de reformas tributarias, del mercado laboral, del sector de los servicios y educativas, así como reformas en la administración territorial, especialmente en Francia.

Esas reformas deberían tener como objetivo alcanzar un contrato social reacondicionado minuciosamente que refleje las realidades de la demografía y los mercados globales del siglo XXI, sin dejar de ser sensible al compromiso de los europeos con una justicia distributiva y una equidad política, y que resguarde a los ciudadanos de las sacudidas. Es fácil reclamar “reformas” sin especificar su contenido o sin tener en cuenta el contexto social, histórico y político.

Al mismo tiempo, no será posible diseñar este nuevo contrato social país por país. Europa se ha vuelto demasiado entrelazada en infinidad de sentidos –no solo en términos puramente financieros y económicos, sino también psicológicos–. Tal vez haya sorprendido a muchos que fuera una corte alemana, y no francesa, la que prohibiera Uber, la aplicación móvil que está revolucionando el negocio de los taxis.

Si no se puede forjar el nuevo contrato social en toda Europa, al menos se tendría que aplicar en la eurozona a fin de dar cabida a las reformas estructurales necesarias. De lo contrario, considerando que la política y la economía de la reforma de la eurozona están vinculadas de manera inseparable, la expansión fiscal podría resultar tan ineficiente como los esfuerzos de los responsables de las políticas monetarias para impulsar el crecimiento.

El ministro de Finanzas de Italia, Pier Carlo Padoan, está impulsando correctamente un “tanteador de reformas” en la eurozona, que permitiría una comparación directa entre las reformas nacionales. Pero, más allá del tanteador, la voluntad de superar la trampa del estancamiento debe ser algo más que la suma de las voluntades nacionales. A Alemania debería tranquilizarla lo que está sucediendo en Francia e Italia; por el contrario, los europeos del sur deben poder confiar en que sus esfuerzos recibirán el impulso adicional que generaría una mayor inversión en toda la región, particularmente en Alemania.

Un nuevo contrato social no surgirá por arte de magia. Ahora es el momento de que la nueva Comisión Europea proponga –y el nuevo Consejo Europeo y Parlamento Europeo respalden– un pacto político para legitimar y sostener las reformas necesarias para solucionar los problemas económicos de Europa. 

*Kemal Derviş, ex ministro de Asuntos Económicos de Turquía y ex administrador para el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (UNPD), es vicepresidente de la Brookings Institution.

Copyright: Project Syndicate, 2014.

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