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Katinka Barysch

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Cambios en Europa que no se ven

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Según una frase muy famosa del estadista francés Georges Clemenceau, “los generales siempre están librando la guerra anterior”. Hoy que la crisis del euro ya pasó, esta frase es aplicable a la Unión Europea y sus actuales intentos de darse un marco institucional más estable.

La Unión Europea atraviesa una etapa de transformaciones radicales, pero muchas de ellas están pasando casi inadvertidas, porque la atención está puesta casi exclusivamente en la implementación de reformas de amplio alcance desde los niveles superiores. Parece que los funcionarios sólo son capaces de ver aquellos cambios que tengan que ver con eurobonos, nuevos tratados europeos o giros de la canciller alemana Angela Merkel en materia de políticas. Pero hay otros cambios más pequeños, guiados por los mecanismos del mercado, a los que también hay que prestar atención.

La obsesión de Europa por la implementación de reformas desde arriba se debe a la predominancia de determinados tipos de análisis para las causas de la crisis del euro. En Alemania, Holanda o Finlandia, la mayoría considera que la desestabilización de la eurozona (y la consiguiente desestabilización de la Unión Europea) se debió al exceso de gasto público y las deficiencias de regulación en países como Grecia, España y Chipre.

Otro análisis, un tanto más elaborado, sostiene que los problemas de estos países con el gasto se originaron en la existencia del euro. Según este análisis, los desequilibrios que desestabilizaron la eurozona se debieron a que el Banco Central Europeo pretendió aplicar una única política monetaria a todos los países miembros. Con esto, los tipos de interés quedaron en niveles demasiado bajos para el sur de Europa, lo que llevó a que tanto los gobiernos como los particulares abusaran de la disponibilidad de crédito barato; y niveles probablemente demasiado altos para Alemania, que ya tenía que cargar con el lastre económico de la reunificación.

Si la causa de estos desequilibrios estaba en el euro, sigue el argumento, aplicar soluciones en el nivel nacional no servirá de nada. La única opción para Europa es corregir y fortalecer la unión monetaria por medio de una unión bancaria, fiscal y política.

La unión bancaria es un requisito indispensable para poner fin al círculo vicioso generado por la combinación de problemas de solvencia en los bancos y exceso de endeudamiento público. Lo bueno es que el esquema de dicha unión está bien definido, y su creación ya está en marcha, aunque a ritmo muy lento.

Respecto de la unión fiscal, el argumento no es tan claro, sobre todo porque sus proponentes no han podido hasta el momento explicar bien el significado de dicha unión. Parece ser que implicaría un presupuesto comunitario mucho mayor (que presumiblemente se financiaría con alguna clase de euroimpuesto) más la introducción de un seguro de desempleo con respaldo de la eurozona y un mecanismo de mutualización de deuda (como los eurobonos).

La centralización de los poderes financieros y fiscales exigiría un aumento de la responsabilidad política en el nivel europeo, lo cual a su vez demandaría una unión política, con funcionarios designados por elección directa en dicho nivel y una ampliación considerable de los poderes del

Parlamento Europeo.

Una unión de ese tipo no parece probable, al menos en un futuro próximo. Pero tal vez eso no sea tan importante como muchos dicen.
Porque lo cierto es que responder a lo sucedido en los últimos cinco años con elaborados diseños de nuevas instituciones supone un riesgo: el de distraerse mirando hacia el pasado en vez de hacer frente a los verdaderos desafíos del futuro. Después de todo, la crisis de la eurozona se debió a la aparición de desequilibrios generados por la introducción del euro y, en menor medida, por la reunificación alemana, dos hechos que no se repetirán.

Además, los desequilibrios de la primera década del euro ya se están resolviendo. De hecho, los dolorosos ajustes a los que han debido hacer frente los países del sur de Europa (junto con Irlanda) ya produjeron una reducción considerable de sus déficits externos y una caída del costo unitario de la mano de obra. En la actualidad, las exportaciones de España crecen más rápido que las de Alemania. Los cambios a la legislación laboral, los sistemas de pensiones y los marcos regulatorios que se están implementando en países como España y Portugal son alentadores. Estas mejoras generarán cada vez más presión sobre Francia e Italia para hacer cambios similares, algo que a su vez serviría para aumentar la competitividad de Europa en su conjunto.

A esto hay que añadirle que en este momento, la situación política de la eurozona no es favorable a la introducción de reformas duraderas. La crisis dejó a Alemania (por el tamaño de su economía y su gran superávit externo) en un papel más dominante, y a los demás países en una posición más débil. Si Europa se pone a discutir una unión fiscal y política ahora, la unión resultante será demasiado rígida, demasiado alemana. Pero conforme el resto de Europa se recupere (y los alemanes dilapiden parte de su poderío económico postergando sus reformas internas), la fuerza relativa de Alemania se reducirá. Una vez que en la Unión Europea no haya una potencia claramente dominante, probablemente será más fácil establecer instituciones que cuenten con más respaldo de todos los países y, por ende, sean más duraderas.

Si los problemas del pasado ya se están corrigiendo y los problemas del futuro serán de otra clase y magnitud, entonces tal vez no hagan falta ni eurobonos ni euroimpuestos. Y sin una mutualización de las deudas o una redistribución de la riqueza a gran escala, no habrá necesidad de unión política, al menos por ahora.

Esto no quiere decir que las instituciones europeas no necesiten más autoridad que la que tenían antes de la crisis. Incluso sin unión fiscal y política, la Comisión Europea recibió la atribución de supervisar el gasto público y otras variables macroeconómicas (como el crecimiento de los salarios y la situación de los precios inmobiliarios) que puedan volver a provocar desequilibrios.

Asimismo, se le ha dado autoridad al BCE, junto con organismos de nivel nacional, para supervisar a los grandes bancos de la eurozona. Pero también es fundamental que se reconozca que ahora los mercados financieros están más disciplinados.

En esto radica la discrepancia entre quienes lo esperan todo de las reformas institucionales y quienes confían más en mecanismos impulsados desde la base. Parece ser que muchos piensan (sobre todo en el Reino Unido y Estados Unidos) que “resolver” la crisis del euro supone volver a aquella situación ideal primigenia en la que los bonos de todos los gobiernos europeos eran activos igualmente seguros. Pero para los alemanes, los holandeses y los austríacos, que haya diferentes tipos de interés no es el problema, sino que es parte de la solución: ese diferencial colabora con la imposición de disciplina, más allá de los nuevos poderes de las instituciones europeas.

No es necesario que el nuevo marco institucional de la eurozona dicte las políticas fiscales y económicas de los dieciocho países que la integran. Sólo hace falta que sea suficientemente sólido para dar a los mercados tiempo de reconocer las señales de peligro y reaccionar ante ellas, y que al mismo tiempo ofrezca ayuda real a aquellos países que en un momento dado pudieran estar en problemas. No sólo es realizable, sino que se está realizando. Por eso ahora, es tiempo de que los países europeos se ocupen del desafío de volverse más flexibles y productivos, para poder ser más competitivos en el futuro.

Copyright: Project Syndicate
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