• Caracas (Venezuela)

Karl Krispin

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Karl Krispin

En estado general de sospecha

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A veces me pregunto por el desgano que se tiene por respaldar la empresa privada. Cada vez que alguna es invadida, ocupada, insultada, o eufemísticamente expropiada, el común (que somos todos) no muestra un entusiasmo por defenderla más allá de las redes sociales. Mientras compongo estos garabatos, el país sigue sin conocer el destino de la cadena Farmatodo, con más de 90 años de ejemplaridad y trabajo por el país. En estos tiempos en que el tema de la responsabilidad social del empresariado se ha convertido en un disco rayado, conviene recordar que la gran responsabilidad social del empresario es simplemente existir. De su existencia se traduce la prosperidad y la generación de riqueza para la sociedad.

Seguimos embaucados por esa división a la que ya le salieron telarañas entre izquierda y derecha. Continuamos como esos espectadores que miran un partido de tenis y voltean de un lado a otro sin fijarse en la red, o en el centro. Más allá de que no hayamos superado esta costumbre definitoria, lo cierto es que la izquierda ha abusado históricamente de su intervención estatal para restar posibilidades de construir una economía libre, sana y expansiva, a la par de prometer lo que no tiene y gastar más allá de sus posibilidades. De cualquier forma en Venezuela no hay liberalismo ni lo habrá. Todo el mundo le huye al concepto como se le huía a los antiguos silbadores en las Navidades. Los partidos políticos sacralizaron siempre al Estado como un tótem y una estación de llegada: el individualismo fue visto con desprecio y anatema. Asumimos la monserga del bien común, desde la socialdemocracia a la democracia cristiana (¿alguien se acuerda de la propiedad comunitaria de Luis Herrera Campins?) y ni hablar de los comprometidos de base, los curitas enemigos del capital, las monjitas revolucionarias y los socialistas tóxicos.

Cuando una empresa demuestra éxito en nuestro país, le empiezan a dar vueltas, como se decía antes, hasta terminar de hundirla. El dogma estatista y los abundantísimos políticos incultos que no entienden las bondades del capitalismo, han hecho ver que la empresa ha de estar, como dijo alguno, en “estado general de sospecha”. El empresario auténtico es un competidor ético. Si no lo creen, fíjense a Bill Gates que se ha propuesto acabar con el hambre en África, lo que nunca lograron los gritones del socialismo. Por eso es que no dejaremos de representar nuestro rol de payasos del orbe, poniendo la torta y llegando de últimos a todos los índices de competitividad mundial y libertad económica.