• Caracas (Venezuela)

Karl Krispin

Al instante

Dime dónde firmo

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En 1863 luego del Tratado de Coche acordado entre José Antonio Páez y Juan Crisóstomo Falcón y firmado por sus representantes Pedro José Rojas y Antonio Guzmán Blanco, el legendario caudillo de Las Queseras del Medio y Mucuritas, entonces presidente-dictador de Venezuela (a la manera de Lucio Quincio Cincinato) renunció a la presidencia de la República por estipulación del tratado. Los conservadores se despedían de la historia y los liberales amarillos amarraban sus caballos. Páez no hubiese querido renunciar pero la Guerra Federal se perdió para los godos. No regresaría más. Al Taita le quedaban diez años jalonados entre Argentina y Nueva York donde moriría partiendo a los llanos celestiales, como apuntó Cunninghame Graham. El último presidente antes que él que sí había renunciado de forma consciente, libre y voluntaria había sido el doctor José María Vargas en 1836, cansado –como el hombre justo que era– de lidiar con los salvajes de la pelambre de Pedro Carujo. Los demás renunciantes de la República lo hicieron contra su voluntad y no por golpes de Estado sino compelidos por sus superiores: entiéndase los presidentes de Gómez o el títere de Suárez Flamerich. Dicen que Chávez renunció en abril de 2002, suceso torpemente dilucidado por Lucas Rincón, pero lo hizo forzado por lo que el único mandatario que ha dimitido sin coerción ha sido Vargas.

La MUD al igual que D’Artagnan ha dicho como Athos, Porthos y Aramis, «uno para todos, todos para uno», zigzagueando los floretes sobre que tanto la renuncia, la enmienda y el revocatorio valen lo mismo y se ponen en acción. Solo que nuestros mosqueteros de hoy, AD, PJ y VP no se enfrentan al temible y sagaz cardenal Richelieu sino al Delfín Nicolás Maduro. Pero las tres «todas para uno» no surten el mismo efecto. Nico ha dicho que no renunciará por lo que tanta movilización y agite público no hará sino agotarnos de antemano y devaluar la calle. La enmienda es jurídicamente un disparate porque las leyes no tienen carácter retroactivo y hay derechos generados a favor del presidente de la República. La única vía sensata, lógica, multitudinaria y constitucional es el referéndum revocatorio. Y hay que celebrar que haya comenzado a accionarse.
Después de 17 años de oprobio no perdamos la perspectiva ahora que estamos cerca de obtener un cambio de gobierno por la calle del derecho. El revocatorio es por lo demás un camino consensuado por gobierno y oposición en términos de su legitimidad. A Maduro hay que despedirlo con el entusiasmo incuestionable de los votos. Y con él a toda su era desdichada y retrechera, pronto ya parte de la historia más gris de la República.