• Caracas (Venezuela)

Karl Krispin

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Chikungunya unplugged

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El día que uno de estos infalibles Aedes aegypti me picó, no pude darme cuenta de si el insecto enarbolaba las banderas de la MUD o si por el contrario era un miembro destacado de la oposición apátrida y fascista. No pude reparar en si el ovni era un enviado del doctor Ramón Guillermo Aveledo o de los seguidores de Chúo Torrealba. Descarté que el zancudo estuviese inscrito en Voluntad Popular. Tanta maquinaria no puede tener ese partido, me dije a mí mismo. Con respecto a Henry Ramos, es obvia su no responsabilidad. No se sabe de él desde los diálogos con maní en Miraflores. Capriles de ninguna manera podía haber estado incurso en este hecho ya que está ocupándose de construir una nueva mayoría. Entonces, ¿de dónde salió este enemigo del pueblo? Ya que ciertos miembros notorios de la chimbocracia habían mantenido que esto de la chikungunya era mera fábula, charlatanería propia de los enemigos, que nada de esto existía, que habitábamos panglossianamente el mejor de los mundos. Era un domingo y me sentía perfectamente bien a sabiendas de vivir en la revolución más soberana del mundo que había hecho su segunda independencia con una patria tan eficiente que el descenso de los precios del petróleo ni le afecta.

El lunes comencé a sentir escalofríos en clases y en la noche la fiebre de 39 me había vencido. Al día siguiente los dolores en las articulaciones se fijaron en mí y hasta ahora no me han abandonado del todo y eso que estoy hablando de unos acontecimientos que tienen más de un mes en que salí de esta enfermedad antibolivariana. El acetaminofén hubo que buscarlo en diversos establecimientos. No sé cuál mil cuadragésima vigésima novena nueva misión se ha fundado a tal efecto pero finalmente apareció la milagrosa pastillita. Fueron nueve días de reposo sin conocer la organización macabra que había enviado al patas blancas.

Doy gracias a la democracia participativa y socialista que ha universalizado las penurias y emparejado la ineptitud. No estamos solos en las colas que hacemos. Ahora la igualdad viaja por los aires con unos vectores que a esta hora tampoco sé si ya figuran en las estadísticas o en los boletines epidemiológicos que elaboran en el PSUV los científicos más eminentes de nuestro tiempo. Definitivamente vamos cruzando el umbral que nos conducirá a nuestro paraíso en la tierra: somos ya una potencia. Tanta felicidad colectiva es difícil de imaginar. Por eso dicen que somos el pueblo más feliz de la tierra.