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Karl Krispin

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Cesticas de Navidad

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El fin de semana pasé por una tienda de ultramarinos, palabra que me gusta más que la cursi “delicatessen” y es más propia de nuestro castellano. Exhibía sus cestas de Navidad: botellas de escocés y vino, bombones, embutidos y otros fiambres, frascos de espárragos, jamones, galletas danesas y mermeladas. Por mi salud mental no solicité el precio de ninguna pero sí reparé en el hecho de que no eran piezas dignas de un museo opulento. Se trataba de productos espléndidos pero no de los que circulaban en la Venezuela próspera. Recuerdo de adolescente las cestas de Navidad durante el primer gobierno de CAP. Aquellas sí que eran cestas, no la pobreza de nuestros esquilmados días. Lucían la mejor champaña de Reims, vino de colección, digestivos como el Calvados, foie-gras del glorioso y un producto que ya figura solo en la memoria de ciertos ancianos: caviar sevruga y beluga. En aquellos tiempos no se consumía whisky mayor de edad como no fuesen algunas marcas escogidas y para una ocasión de cata, más allá de nuestro etiqueta negra. Hasta hace poco (gracias Nico por los favores recibidos) este mayorazgo se podía afirmar hasta en nuestro país de escasez pero ahora con los impuestos todo se volverá quimera.

No estoy promoviendo la cultura etílica ni acuñando la posible frase: “Con mi caña no te metas”. La ingesta alcohólica debe hacerse con prudencia y sobre todo con libertad, suma de deberes y derechos y forma además parte de la cultura occidental. ¿Qué ofreció Cristo en la última cena: Frescolita? Ofreció vino. Izquierdosos y envidiosos critican las sociedades del consumismo, derroche y lujo. En ellas, sin embargo, circula el dinero, hay prosperidad y un bienestar que toca a todas las capas de la sociedad. Se equivocan los igualadores marxistas en su condena. Cuando se derrocha significa que hay de sobra, que siempre es preferible a que haga falta. A estos bolcheviques hay que preguntarles: ¿Dónde se vive mejor: en Ciudad Caribia o en Düsseldorf?

Nuestras melancólicas cesticas de hoy son para unos pocos porque el venezolano, empobrecido y endeudado, a la única cesta que aspira es a la de los productos de la cesta básica y que pueda conseguirlos sin colas. De modo que nuestra ideal cesta de Navidad para 2014 es de papel higiénico, jabón para lavar y de tocador, Mazeite, champú, harina PAN, azúcar y como exceso derrochador una botellita de aceite de oliva. Sugiero agregarle a nuestra humilde canasta un ejemplar de 1984 de George Orwell.