• Caracas (Venezuela)

Karl Krispin

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Bostezos en el Camp Nou

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Hace algunos años un venezolano hijo de inmigrantes me dijo con cierta solemnidad que era europeo. Ante el tono prosopopéyico de su declaración le pregunté dónde había nacido: ¿En Copenhague, en Amberes, en Düsseldorf?  No, nací en Caracas –contestó– pero mis padres son de Bilbao. Ah, entonces tú lo que eres es español, le respondí. Sobra decir que la conversación terminó allí. Ese empeño suicida de invertebrar a España causó la dolorida guerra civil donde los hermanos se odiaron y mataron. La Constitución española de 1978, producto de un aprendizaje histórico, construyó un ejemplar Estado federal.  Su artículo segundo consagra la indisoluble unidad de la nación española y garantiza el derecho a la autonomía de las nacionalidades. Esto no le convence al sucesor de Jordi Pujol, ahora acusado de blanqueo de capitales en cuentas del exterior. Arturo Mas, el actual presidente catalán, ha violentado la Constitución de España convocando una forajida consulta independentista, prevaricando contra el Estado de Derecho y asumiendo una actitud de rebelión ante la ley. Estas violaciones ahora se ventilan con recursos ante el Tribunal Constitucional.

Cataluña no es Escocia y los resultados de un referendo parecieran apuntar a la secesión. Algunos señalan cándidamente que esto no traería un rompimiento con España. ¿Qué otra cosa si no? Independientemente de que se produzca, las consecuencias de una invertebración de España son de pronóstico reservado. Como me comentaba Chelita García-Pelayo, ya la historia de España ha perdido su estructuración historiográfica nacional desplumándose hacia lo regional. Dicho sea de paso, el milagro económico catalán pudo ser posible gracias a los migrantes de Andalucía o Extremadura que aportaron su fuerza de trabajo en la construcción de aquella España hambrienta y devastada de la posguerra.

Algo que podría invocarse para salvar la unidad española junto a la sensatez de los votantes es el equipo del Barça. “Barcelona no podría jugar en el torneo local si Cataluña se separa de España”, dijo el presidente de la Liga de Fútbol, Javier Tebas. De modo que el emblemático equipo quedaría reducido a una liga menor para disputar partidos con el Espanyol o equipos tan melancólicos como el Santfeliuenc Futbol Club. Neymar sería probablemente comprado por el Paris Saint Germain y quizás Messi transaría con Hacienda sus pecadillos tributarios para mudarse con los colchoneros del Atlético. Si el Barça no juega con el Real Madrid qué sentido tendría verlo en competición. Sería más divertido cualquier partido del Torneo Apertura, digamos Deportivo Táchira versus Zamora, que televisar un Barça venido a menos y bostezar en algún juego suyo contra el Esportiu Europa. Más allá de que parezca un chiste, los rabiosos independentistas deberían tomarse un tiempo para razonar su voto, en caso de que Mas no sea reducido a prisión y continúe su mojiganga soberanista. No es descabellado pensar que esto no pueda tener un peso específico. Las preocupaciones actuales de los peninsulares (españoles, quiero decir) son variadísimas y van desde los números del paro hasta las protestas callejeras por el sacrificio de Excalibur, la mascota de la enfermera contagiada de ébola, cuyo viaje al más allá fue tratado de impedir por un efervescente y agitado grupo de defensores perrunos. Argumentos hay para todo. Ojalá permanezca España en unidad y si no, siempre quedará Castilla la Grande. Hasta nuevo aviso he decidido no consumir ni un sorbo de cava catalana.