• Caracas (Venezuela)

Julio Bolívar

Al instante

Una lasaña para el olvido

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Somos nuestra memoria,
somos ese quimérico museo de formas inconstantes
ese montón de espejos rotos. 
Jorge Luis Borges

 

Para Rose, Fer e Iván

 

Hoy, después de un almuerzo fallido en uno de los lugares emblemáticos de la ciudad, antes de que cayera sobre Caracas un “palo de agua”, un amigo entrañable me contaba, o mejor nos contaba a dos amigos más, con los que compartimos el error de pedir el mismo plato (un pasticho o lasaña) las dificultades para armar una programación gastronómica, que planeaba desde el año pasado, buscada a un cocinero muy importante, por su desempeño en los fogones y su simpatía, pero este nada que respondía mensajes ni aparecía. Como si se hubiera esfumado. Él sabía que estaba todavía en la ciudad, pero  no respondía las llamadas. Un día decidió buscarlo y lo encontró. ¿Qué te pasa chamo, no tienes teléfono, o qué? Así como preguntamos en chanza. El cocinero le respondió que no estaba atendiendo llamadas de nadie, ni él ni su mujer, ni sus hijos. ¿Qué pasó?, insistió el organizador del evento de cocineros y gente conectada con los temas gastronómicos. Mi mujer y yo decidimos cortar todos los lazos afectivos que teníamos en este país. ¿Y eso por qué mi pana? Nos vamos este año. Este noviembre ya estaremos fuera y no queremos saber más nada de esta tierra, ni mantener nexos afectivos, ni preguntas. Cortamos todos los teléfonos, correos, Facebook, todo, estamos vendiendo todo lo que tenemos a extraños nada de amigos ni familiares.

No sé si esta historia  era el colofón de aquella comida  sin comida, que no alcanzamos a terminar ni la mitad, que intentamos, vanamente, borrar con una cerveza, para desgrasar el recuerdo de aquella grasa invasiva que nos habían servido. Esta historia increíble se tornó en un pouse café, como de miche zanjonero, era una historia áspera y amarga. Una actitud impensable. Sobre todo porque un océano de nostalgia llena lentamente, todos los días, las redes sociales de familias y personas que sueñan con el retorno. Gente que anda buscando el queso telita en ciudades asépticas que no venden los quesos blancos venezolanos. Por decir solo uno de los hábitos que nos definen.

Este cuento nos dejó a todos fríos. Olvidamos los platos de pasta (menos mal que la ensalada César estaba bien). Pensé en ese ejercicio de destrucción de la memoria, la decisión de olvidar a toda costa. Cortar con todo. ¿Por qué? ¿La culpa? O no querer seguir escuchando la misma historia de nuevas frustraciones, o secuestros de amigos o familiares secuestrados, robos sin castigo, atracos en las paradas de buses, colas para comprar arroz, etc., etc… Qué oculto motivo lo había llevado a tan radical y extrema decisión, de cortar su historia y pretender lanzarla al cesto del más profundo olvido.

Recientemente, una amiga, no tan cerca, pero conocida, me dijo que ya era el quinto que le contaba que la persona que le había hecho un trabajo hace poco más de un año y ya no estaba en el país. Que en una semana se había encontrado con un mapa compartido de personas que perdían a otros en la distancia de un viaje sin retorno claro, pero el caso que comento del cocinero era el de una ida sin retorno, un viaje de un lugar que ya no existe. Como partir de un puerto que desaparecerá apenas des la media vuelta. La idea era tan intensa y tan dolorosa, eso de desconectarse de todos y desaparecer. Como esos testigos de un crimen, que la justicia le rehace la vida en un lugar desconocido para protegerlos. Testigos en peligro es el nombre de cualquier película de esas. Estos cambian de nombre, de amigos, profesión, escuela, de todo. Ya no eres Fernando, sino Matías, y tu mujer ya no es Deisy, sino María Fernanda. Cambia todo. A veces funciona, sobre todo cuando usas ese cambio para un ejercicio terapéutico de cambiar de mujer y te vuelves a enamorar. Eres un nuevo sujeto con otra identidad. Pienso en lo que hemos sido y en lo que recordamos y, como escribe Paco Doblas: “La memoria constituye un elemento central de la identidad humana. Una persona que pierde la memoria ha perdido su ser. No es que tengamos memoria, es que somos nuestra memoria. Siempre construimos la literatura, inevitablemente, con esos retazos de nosotros mismos”.

El cuento de aquel día tormentoso en todos los sentidos me persiguió hasta esta ventana, mientras observaba los estragos del violento aguacero de esa tarde septembrina. Un árbol que había visto en el último año de mi vida, un bucare con espinas se había caído sobre el patio de  la casa. Aplastó a un limonero que había hidratado con tanto cariño, varias plantas florales y unos bastones del emperador que adornaban la blanca pared del fondo, el granado creo que se salvó, pero llevó lo suyo, varias de sus ramas quedaron tendidas al lado de aquel monstruo espinoso y quebradizo que lo pisó como una bota gigante e intolerante. No sé de dónde podré sacar mis limones diarios para las limonadas sabatinas. No importa, ya volverá a crecer. No sé si conmigo.

Lo cierto es que en ese bucare, todas las mañanas, se abultaba de guacharacas  con su algarabía a despertar al vecindario del barrio clase media al sureste de la ciudad. Pienso en estas extrañas aves ruidosas y las imagino al día siguiente buscando su frondoso árbol. Tal vez sentirán que las mudaron de barrio o ciudad. Pasaran días dando vueltas por su rutina de canto sin sentido. Serán como esos testigos que cambian de ciudad y de nombre y de vida hasta que encuentren un árbol que les recuerde al suyo. Un desastre natural les borró el paisaje a las tontas guacharacas enardecidas, pero al cocinero no. Por más que borre sus recuerdos, amigos, paisajes, calles, lugares, objetos, ellos están a la  vuelta del recuerdo, invisibles, modestos, como fantasmas esquineados, que irán dibujando, lentamente, una culpa, una ciudad, un ruido y el aroma de un pescado frito a orilla de playa, o el adobo de sus planchas y el cochinillo inolvidable que probé una noche en Palo Torcido.

Preparase para no recordar. Cómo es eso. Puedo entender que a uno se le olvide un rostro, incluso un amor fugaz, un instante impensado de la vida, pero la vida en un país. Tal vez sus niños no recuerden cuando estén mayores la isla, o la ciudad donde probaron un pescado frito, pero el sabor del pescado es imborrable. Prepararse para no hablar con los amigos con que hablabas es como preparase para la mudez.

Reviso Internet y leo un blog de un narrador que comenta una idea imaginaria pero posible. Preparase para estar preso, es el título de la  reflexión de Federico Vegas, a propósito de estos días de políticos presos, allí, como si fuera un cuento donde alguien se ejercita en la soledad de una celda en su baño, en el que apenas dura media hora y a duras penas, cuenta el narrador que: “Nunca imaginé que la peor de las sorpresas sería enfrentar un nuevo espejo en las mañanas, si es que alguna vez llegas a encontrarlo. ¿Crees acaso que toda superficie guarda siempre la misma buena disposición hacia tu persona? Si consigues reflejarte en un espejo medianamente confiable, vas a descubrir cuánto te quería y comprendía aquel, habituado a tus virtudes y defectos, donde solías contemplarte al despertar. El de tu baño es el tuyo, el propio, y es por eso que parece reconocerte con tanta amabilidad”. Vuelvo a preguntarme, cómo olvidas una vida, cómo puedes inventar una especie de alzheimer autoinducido. Tiene que ser una inmensa destrucción interior lo que atormenta a este cocinero. La imagen del espejo que usa Vegas es la misma del paisaje abandonado y amable que ahora no será el mismo al partir de sus costas.

Ahora que la vida me deparó vivir la inquietud de compartir parte de mi relato con el olvido, no puedo entender un olvido voluntario, solo porque un país se equivocó al elegir a su nuevo amor canalla, su nuevo caudillo. Esa manera de vivir fácilmente buscando un padre hiperprotector, sin hacer nada por ti mismo, te castiga con lo peor de la tierra. Pasará un tiempo para la cura, si no diagnosticas la enfermedad que puede estar fuera o, tal vez, dentro de ti. Puedes huir, como dicen algunos psicólogos, o dejarte llevar abrazado al mástil de la tormenta, pero también puedes enfrentarlo.

¿Por qué fue que no nos gustó el plato seleccionado? Le faltaban cosas básicas, tomate, cebolla, un toque de ajo y albahaca. Le sobraba grasa y salsa bechamel. Todos recordábamos una salsa, con algunas variantes de aquella lasaña excesivamente grasosa y sin alma, que recordara la tradición de ese plato, un sabor y un aroma, el mismo que nos llevó a ese lugar hace años, ¿qué fue lo que se borró ese mediodía de agua y grasa?, la ausencia de unos productos que por recordarlos podemos recuperarlos en algún momento. Aparte de los amigos, también van faltando cosas, ingredientes, condimentos, se va borrando el sabor de las cosas y nos vamos acostumbrando a una vida con más grasa y más vacía.