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Julio Bolívar

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Julio Bolívar

La intimidad de las cartas (Correspondencias con Vicente Gerbasi)

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Nunca me imaginé entrar en la correspondencia de nadie. Ni siquiera mis cartas releo. Siempre se ha dicho que leer cartas ajenas es un delito, o en una formalidad, una falta de educación o meterse en la vida ajena, sin permiso, en esas vidas de ausencias, de la persona que extraña a otra, o que reclama algo. Me refiero a las cartas que venían en sobres  y se deslizaban por debajo de la puerta, o dejaba el cartero en un buzón, o en un apartado postal. Pienso en eso y me percato de que ya no vemos carteros por las calles de nuestras ciudades. Pero cuando se trata de alguna persona pública este material pasa a ser parte de su obra, la más íntima, tal vez. Su vida diaria es más su “vida escrita” que su propia obra como escritor. Ésta requiere que la interprete la crítica, un estudio profundo desentrañe sus claves para el lector común. Trazar un plano genealógico de amistades.

Escribir cartas siempre ha sido una entrega a la demora, uno responde las que más le interesan, y por lo general, muchas de ellas son cartas de oficio, que tienen que ver, más con lo que haces, que con las emociones familiares y otras sobre la cotidianidad. Otras con la amistad, esa aristocracia, diría un filósofo griego. En éstas podemos ver cómo un  escritor se relacionaba con el mundo escrito y los detalles ocultos de ideas, amistades, conflictos y alianzas, incluso, los intereses reales sobre su obra entera.

Pienso en esta época tan vertiginosa y me imagino que el ejercicio de escribir ha crecido desmesuradamente. También las respuestas instantáneas. Ya no esperamos el correo ni vamos al apartado postal a hurgar la llegada de las novedades del mundo en revistas o cartas privadas o de oficio. Ya no es necesario el apoyo del correo, ni del matasellos ni las estampillas. Aquellas maneras quedaron para paquetes o encomiendas que tienen peso, que es lo que ha perdido el email y los celulares. Por esta vía, la de Internet, que invade todo, se puede enviar todo y nada, pero también se puede borrar todo. No sé cuantos guardan archivos y luego lo imprimen. Ya el papel no importa. Un virus o un aguacero pueden borrar todo. Por suerte aquellas cartas con membrete todavía podemos leerlas y sentir la emoción del que la escribió, sus tachaduras o impecabilidad y el trazado de su firma. Ahí están, en archivos privados o en las bibliotecas públicas, algunas, preservadas para la memoria y el olvido.

Entro al archivo de cartas recibidas de Vicente Gerbasi, que reposa en la Colección de Libros Raros de la Biblioteca Arcaya en la Biblioteca Nacional, y regreso a una época que ya no existe. Cartas con distintos tipos de papel, escritas a máquina, como se decía, o manuscritas con tintas y creyones diversos, con matasellos, sobres y borradores de poemas, con papelería con sellos secos oficiales  y personales, etc. Cartas muy formales, otras personales, de amigos que agradecen el envío de algún libro. Respuestas de embajadores, reclamos por algún artículo no publicado, otras son de escritores que lo invitan a una que otra conferencia o colaboración de un ensayo o artículo. A través de este archivo, al que apenas me asomo, podemos ver la vida de un poeta que sirvió como diplomático a su país, Venezuela, y que fue recordado por su intensa vida cultural en los países en los que estuvo.

Se trata de la correspondencia recibida, en ella no están las respuestas de Gerbasi, que en algunas cartas, podemos imaginar, por las respuestas de sus interlocutores. En éstas podemos ver también una generación literaria, que fundó lo que podemos llamar “la modernidad literaria” del país. Dejando de lado las comunicaciones formales de ministerios que lo nombran en sus funciones, reclamos de cambios a otros destinos, como cuando fue enviado a Dinamarca de embajador: todas las fórmulas y esperas, las decisiones políticas  para estos cambios. La vida lenta y sinuosa de la diplomacia, el gobierno y su burocracia.

Apenas he leído hasta la caja número tres de este archivo sorprendente. Me introduzco furtivamente en este archivo, como un extraño lector de relaciones y deseos, que en algunos casos pueden ser para todos, y en otros, siento, que debió quedarse en la intimidad de cartas personales, en el secretier o en el viejo bargueño de donde salía el delicado papel de algodón donde se escribieron; así me siento al leer estas cartas.

Organizado por años, comienza con los 40; encontramos en estas epístolas, reconocimiento a la labor como diplomático y como el inmenso poeta que fue Gerbasi. Cartas que comentan sus libros o sus opiniones sobre la poesía, o sobre un debate desconocido de un premio empatado en la sección de  poesía otorgado a Juan Beroes y a Luz Machado y justicieramente dado en prosa a Mario Briceño Iragorry en 1947, la opinión de Oscar Sambrano Urdaneta. Sorprende una carta del poeta Humberto Díaz Casanueva, solicitándole unos ejemplares de la Revista Orígenes que no le llega a Chile, (suponemos que Gerbasi está en La Habana) y deseando que sea nombrado embajador o consejero cultural en Chile porque: “La vida intelectual en Chile está muerta” le insiste Díaz Casanueva. Además de tocar el viejo tema que le parece: “Increíble lo poco que nos conocemos en América”. O solicitudes de apoyo para trabajo de Alberto Baeza Flores en 1948 desde Bayamo. Vida cotidiana de amigos que lo visitan en Coppenhage, ya cerca de los años 70, que le dicen que irán a visitarlo pero no podrán llevarles encargo de “harinas para las arepas” que hace su esposa Consuelo, pero si otros rubros de la gastronomía local que los Gerbasi extrañan,  seguramente en aquel frío país nórdico. Las cartas de Picón Salas, siempre precisas y cortas, le comentan y prometen un trabajo sobre su libro Olivos de eternidad.

Unas tres cartas de monseñor Pellín llaman la atención. Éstas se refieren a la compra de un altar para la Virgen de Coromoto; se discuten precios y tamaños y qué es lo más conveniente para el homenaje a la virgen de Venezuela, aparte, el obispo revela su interés en la obra del poeta como uno de sus lectores.

También recuerdo la carta de Guillermo Sucre anunciándole la preparación de la revista Zona Franca que preparaba con Juan Liscano. Vida cotidiana, vida intelectual, cartas oficiosas de su función como embajador, reconocimiento, cartas de agradecimiento por su labor de difusión en diversas revistas, otras menores que revelan el cariño que prodigaba.

Apenas tocamos la punta de un ángulo poco visto en la vida del poeta de Mi padre el inmigrante, que, junto a Ramos Sucre, Palomares, Cadenas  y Montejo serán los más influyentes poetas del siglo XX. Quedan otras cajas por revisar e intuir su respuesta. Borradores de poemas que luego vivieron en libros, revistas y libros. He tocado apenas una puerta a la que le falta una hoja: las repuestas de Gerbasi.