• Caracas (Venezuela)

Julio Bolívar

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Julio Bolívar

Notas sobre el poder

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Acabo de leer una historia espantosa de uso de poder; los desplazamientos perversos de un profesor por colegios internacionales para niños; al parecer abusaba de ellos bajo el poder de la sedación inconsciente por medio de golosinas. Realmente una noticia pavorosa.

Se trata del poder típico del profesor y el alumno. Poder desde lo establecido o, como señala el filosofo José Antonio Marina en su libro La pasión del poder, “el establishment es sociología apaciguada”. Ese poder constituido que siempre será una lucha por ajustarlo o cambiarlo. Ese poder que se regula con leyes, establecidas o no, por el uso y la norma, ese poder que esconde las pasiones humanas. Por eso se debate y por eso existe esa fragilidad que llamamos democracia. Al final la ley es una fuerza que nos regula, pero con el uso de ella puedes abusar del poder, o desde el poder que tiene una mayoría circunstancial de imponer la ley y lo que llamamos “orden”.
Por eso el poder tiene esa esencia fascinante de seducirnos a todos.

Por estos días de flujo y reflujo político en el país, podemos observar cómo el poder se despliega en sus formas más brutales o sutiles. También cómo crece una narrativa que busca en sus raíces explicaciones de esta geología del poder, de dónde viene, cómo ocurrió. Vivimos la escena de un presidente que intenta aplastar a un alcalde porque planteó temas que no estaban en agenda. Son ejemplos claros de cómo tener el poder tienta a levantar la voz al que la tiene. “Es bello tener la fuerza de un gigante, pero es horrible emplearla como un gigante”, decía Shaskepeare (citado por Marina). Esa conciencia es la que no se tiene siempre. Corresponde al que no lo tiene agregar el punto de magia que tiene la reflexión humana frente a esa fuerza descomunal.

El poder tiene muchas máscaras, ya se ha dicho. Una puede ser el amor y la paz necesaria para trabajar y generar riqueza, que es, en fin de cuenta, lo que hace el hombre en la tierra. ¿Dónde se puede encontrar la sabiduría necesaria para usar esa fuerza gigantesca como una persona normal? La respuesta puede estar en una palabra que llamamos “autenticidad”, es decir, ser uno mismo; claro, previamente debemos saber quiénes somos; sin eso es imposible, eres una simulación de otro, una máscara con diferentes tonalidades. Eso fue lo que escuché cuando el presidente levantó la voz para actuar “como un gigante” frente a un simple alcalde.

Pienso en la oferta que se ha vendido en los últimos 15 años de gobierno en Venezuela: la “participación”, a esto le agregan “protagónica”. En verdad no sé qué se quiso decir con esto. La oferta es muy amplia. Más adelante se abrió un cauce para que esta participación fuese real: “Legislación de calle” la llamaron. Todos nos entusiasmamos. Todos compramos la nueva oferta de poder. ¿Dónde quedó eso? Las leyes que se aprueban en la Asamblea Nacional no son las que llegan desde esa instancia tan callejera. Todavía se practica la misma tecnología parlamentaria de las comisiones que, por cierto, son el ejemplo claro del ejercicio del poder como un “gigante”, ninguna de estas reflejan las proporciones electorales. Ahora se estila, de manera corporativa, terminar o iniciar cualquier discurso, me refiero a gobierno, diciendo que hablan, prácticamente, en nombre del “gigante”. Un Leviatán que invocan para imponer un Estado absoluto, que considerará siempre todo acto de libertad como algo nocivo para la democracia que se imaginan.

Las imposturas están a la orden del día, la primera es que “todo el poder reside en el pueblo” una verdad a medias, depende como se ejerza, o se utilice. Una máscara discursiva. O aquella, tan impersonal, de que “todo lo determina el mercado”. Esas dos ideas funcionarían en lo que llaman por ahí: una democracia perfecta. Bien sabemos que eso no existe todavía. La democracia es una construcción permanente, para tomar la vieja idea de Trotsky y su bien amada idea de revolución permanente. Quiero decir, que todos los días inventamos y erramos y si no se documenta la invención, seguiremos acumulando erratas.

Tal vez por eso los electores vemos con escepticismo la democracia misma, y siempre estamos seducidos por tener el poder para poner “orden” o, para decirlo con palabras de Foucault, “el poder es algo que circula y funciona en cadena” nadie sabe qué es eso hasta que tiene el poder, en ese momento se desatan los demonios del deseo. Lo otro es que todos sabemos que ese poder funciona para ocultar muchas cosas: crímenes, corruptelas, mafias, compadrazgos y todo tipo de desmanes. La ausencia del poder como posibilidad para alcanzar cosas imposibles, de aumentar las posibilidades de crear mundos menos infelices, no la de dominar al otro, ese es el poder que interesa.