• Caracas (Venezuela)

Julio Bolívar

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Julio Bolívar

Lectores, libros y torpezas

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I

La lectura puede llevarnos a diferentes lugares, nos puede salvar y también perder. Tampoco es verdad que leer es una obligación colectiva. Leer es una acción voluntaria. Puede que después quieras contarle a otro de tus lecturas, o convertirte en cuentacuentos, esto también es una elección particular. Pero cuando lees se nota. Todo el mundo lee, pero de diferentes maneras. Unos leen las gacetas de los caballos  o la prensa deportiva solamente, a veces sólo se va a los hipódromos, otros leen las estadísticas deportivas o las del hambre o la transparencia en la administración pública, otros a Coelho y su literatura de sabiduría mediática y fácil de digerir, frases de solución instantánea como la sopa en sobre o de pasta china saborizada con cualquier recuerdo, otros a filósofos tramados como Hegel, hay lectores de cuentos y novelas, lectores de Corín Tellado, lectores de García  Márquez, o de Coetzee, o esas sutiles tramas de Javier Marías, lectores de cuentos donde aparentemente no pasa nada y todo sucede, como en los cuentos del ruso Chejov o el norteamericano Raymond Carver, lectores de novelas proteicas , pienso en Fernando del Paso, o en las primeras de Vargas llosa; lectores de Tolstoi, o de los cuentos casi perfectos de Hemingway, Cortázar o Ribeyro. También hay lectores de poemas buscando la poesía como si fuera oxígeno y un día quedamos deslumbrados ante un poema de R. Cadenas, o de Juan Gelman. Pensativos al dejar a Montejo sobre la mesa, extenuado con Lezama Lima. Hay, como pueden ver, muchos tipos de lectores, todos leemos, así sea el periódico, hoy menos el impreso que el digital, lectores del instante como el Twitter 140 caracteres que pueden contener frases geniales o tonterías personales que a nadie le interesan. En estos están miles de páginas asociadas que al abrirlas lees un poco más. Es divertido y además te regala la ilusión de estar informados primero que los demás. En el periodismo los que tienen las primicias dan el “tubazo” a los otros medios, ahora es más difícil, creo que ya eso no existe. Es una carrera donde todos competimos y todos somos invisibles. Sólo repito viejos argumentos, pero que pienso, es bueno recordar.

 

II

Ahora, dicen, que hay más lectores por Internet, no sé cómo se miden los lectores por Internet, y sobre todo que lea  una novela entera, leer un memorándum o una carta por esta vía no significa que es un lector. Eso lo hacemos todos los días, como tomar café. He visto contadores de visitas. Hasta ahí sé. Existen los blogs y páginas donde se publican entrevistas, ensayos breves y crónicas magníficas, leer estos textos breves, que se refieren a las noticias diarias es como acercarse a la orilla del río y solo mojarse los pies, digo, muy distinto a leer una novela completa de Federico Vegas o un libro de cuentos de José Pulido, menos uno de esa libros de Sandor Marais, o del escritor de Danubio, el italiano Claudio Magris, o el estudio de cómo comemos y como somos de Miro Popic, o el ensayo sobre la Fábula de una riqueza de Luis José Oropeza, no conozco a nadie que se haya metido a fondo en una novela por Internet, puede que los hayan, muy bien, han entrado en el mar de una novela, pero ¿lo hacen como rutina diaria de lector?, o es solo por mostrar que tienen una tablet.  ¿Alguien ha leído 2666 de Bolaños en un kindle? O Los pilares de la tierra de Ken Follet? Por ahí me encuentro a viejos escritores que me dicen que si lo han hecho, pero les pregunto por el título y no lo recuerdan. Algo falta y seguro estoy que es esa relación física y afectiva con un libro de papel.

 

III

El lector sigue decidiendo que lee, o dicho en palabras de un lector voraz y profesional como Alberto Manguel  en reciente entrevista “El lector sigue decidiendo que es un texto”. Entiendo un texto como algo que vale la pena, esos que de algún modo te cambian sin que nos percatemos. También nos podemos percatar. Veamos que decimos con esto.  Si desde hace más o menos seis mil años leemos en una forma que ha ido cambiando en la medida de que no leemos en tablas de arcilla, sino en papel en forma de libros, incluso la forma electrónica que para seducirnos copia el hojeo del libro, incluso se pueden subrayar, con una luz más tenue para no cansar nuestros ojos. Los lectores de hoy, desde hace un tiempo tenemos la espada de Damocles sobre nuestros ojos y nuestra memoria, de que el libro desaparecerá (desde hace tiempo está desapareciendo) todavía somos en verdad, los que decidimos que es bueno y qué es malo y también el formato en el que leemos. El autor, paciente, espera siempre el veredicto del lector, incluso, antes, en las editoriales, existían, no sé si aun alguna practica este sano método, deciden, los editores, que libro es valioso publicar. Ahora ese trabajo, el del lector especializado, lo hacen los editores y cada vez con más premura, convertidos en correctores. Puede que eso haya percolado la calidad. También ese criterio, el de calidad es relativo. Todo depende de la educación que hayas tenido y sus exigencias críticas. Cada día más, gobierna el mercado y sus necesidades manipuladas por los medios y los administradores o contables, que en la mayoría de los casos no leen, pero saben que personaje mediático se vendería como “pan caliente”. Los editores, aquellos que editaban libros que creían fundamentales editan libros que no leerán jamás. Esta es la tragedia, solo tiene un trabajo. De hecho , esa figura está desapareciendo, los libros vienen  como una formula, textos que ayudan a pensar menos y consejos de cómo tal o cual figura llegó a ser lo que en su carrera por llegar más lejos que la otra estrella fugaz, que pudo haber sido cualquiera , que atrevido, llegó a los medios, a través de cualquier método. Ahora dan consejos. Creo que en la clasificación de los libros hay esa; libros estrellas, pero fugaces, libros que se agotan en varias ediciones en menos de un año, al año siguiente vendrá otro lobo y se comerá a este que ya no tiene nada que decir. Lo trágico y lo real es que este tipo de libro son los que dan de comer a las editoriales.

 

IV

Entonces la pregunta que nos queda de nuevo es: qué es leer. Siempre pensamos que apenas somos lectores; Borges se enorgullecía por lo que había leído, (siempre repetimos la frase del argentino, como un mantra que nos lleve sólo a releer). Obviamente lo que uno lee es lo que hace que escribas o reescribas, tal vez, lo más que podemos llegar, creo yo, a ser es ser mejores lectores, en el sentido de ser consistentes con la lectura diaria. No es tan sencillo crear el espacio para la lectura sosegada que te ayude a pensar sobre algún tema o preocupación, leemos a salto e’ mata, como se dice, algo salteado, terminamos algunos libros, es verdad, pero escoger un libro importante, un libro que nos ayudará a pensar es lo complicado. De hecho algunos autores a los que queremos por los que nos ha dado, al final de sus vidas literarias nos decepcionan.

Para que leemos entonces, si no sabemos todavía qué es la lectura, como concluye Manguel en su entrevista, no sé, pero en algunos casos, algunos personajes no enseñan que la lectura te salva o te enloquece, como en el Quijote, o en el casos de los libros o la lectura de ellos, dependen siempre del entorno donde se lea, de allí una interpretación. Un poema erótico es diferente leído en un prostíbulo que en la clase de literatura, allí el ejemplo claro del sentido de la lectura, puede que sirva para eso, solo para diferenciar el efecto de la misma dependiendo del entorno.

 

V

Leemos y acumulamos imágenes. Ellas nos hacen más serenos ante la vida o más estoicos. Al final la lectura sigue siendo un misterio. Puede que por ello hay ferias y festivales de libros, no ferias de blogs, o de lectores por Internet. Más concursos literarios, en los que Internet solo es un canal que sirve para el envío de originales y divulgación. El poder que nos da, también nos puede excluir. Pienso en la escena confusa del último domingo de noviembre pasado en el Festival de lectura de Chacao. El intento de tomar la calle se convirtió en una amenaza contra los que visitaban la plaza para buscar libros o contactos con autores. La amenaza diluyó esa posibilidad, qué habrán pensado al leer la noticia  en sus teléfonos y en la prensa al día siguiente; ¡logramos el objetivo! ¿Cuál objetivo? Seguir siendo pichones de héroes que nadie admirará ni siquiera en un cómic o tontos útiles del deseo oculto de algún político que quiere ser alcalde. Precisamente cuando es más difícil hacer más libros en el país. Nadie ha olvidado lo que pasó en febrero del 2014; pero seguir insistiendo con la misma forma de lucha parece torpe.