• Caracas (Venezuela)

Julio Bolívar

Al instante

Julio Bolívar

José, el carnicero vs una fiscal ofendida

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

La carnicería tiene un nombre indígena y está en la calle Arturo Michelena de Santa Mónica. Voy a menudo, porque allí consigo lo que necesito. La atención es decente y sin lisuras. Tiene una clientela fija de años por lo que veo. El jueves, como otros días, esperé a que me atendieran, en mi turno, mientras me servía un café. Nada de colas ni agites, cada quien comprando lo suyo, sentados cómodamente en unas largas butacas que ahora se estila en estos negocios; con las especificaciones que los diligentes carniceros, jóvenes en su mayoría, cumplen con agrado para los clientes que allí llegan.

De pronto llegaron varios funcionarios, malencarados como siempre, con ese “caminao que tienen los guapos”… y le pidieron a uno de los carniceros que saliera del mostrador. “No, no, deja el teléfono, no estés llamando a nadie, que abogado nada” –dijo el de cara de caletero–. Las miradas eran tensas y el encargado, con la orden en la mano, dejó que se llevaran esposado a José, así se llama el trabajador de esta carnicería. Los demás seguían en su rutina, mirando de reojo la escena, que, nosotros los clientes, atónitos también, vimos. Me imagino que algunos de los clientes apretaron su numerito y pensaron que era un delincuente común simulando sus fechorías disfrazado de carnicero; otros dirían: ese chamo consume, o vendía drogas aquí.

Mientras lo interrogaban en la oficina del encargado para esposarlo, pregunté qué había pasado. Entre murmullos y en voz baja, con las miradas entre impotentes y molestos, uno de los más jóvenes contó: 

—No sabemos, creo que fue una señora que dijo que él la atendió mal.

—Y que aumentó los decibeles y a ella no le gustó. Ni sabemos qué es eso.

—Es que ella dijo que iba al abasto de enfrente y que ya venía, que la siguiera despachando, y José le dijo que mejor la atendía cuando regresara.

—Y se molestó, no sé por qué, y que le gritó, nosotros no escuchamos nada.

—Y quién es esa señora –me atreví a preguntar.

Unos segundos de silencio.

—Como que es abogado –dijo uno de ellos, mientras limpiaba una pechuga de ángel que había pedido una bellísima mujer a mi lado, “es para un falafel”, dijo con coquetería de cocinera que ha hecho cursos dominicales.

—No vale –en eso interviene el encargado, un moreno gigante como el policía motorizado–, ella es fiscal.

Aquí se explica todo. Un comisario, tres ceicepece con cara de matones en un camionetón  y un gordo en moto, para buscar a José el carnicero, de mediana estatura y hierros en los dientes. Todos armados, con la prepotencia que te da una Glock en la cintura. Bajo los efectos de una fiscal. Obedecen o los destituyen.

—El que se meta con una fiscal hoy en día está frito –me comentó Flores, un parroquiano, mayor ya, muy serio y elegante que venía a comprar también sus solomos de cuerito.

Todos estaban callados, con la mirada baja, avergonzados por el efecto anestesiante que causó la llegada de aquellos policías a media mañana. El encargado estaba maniatado. La fiscal es una de las mejores clientas de la carnicería de Santa Mónica, dijo la cajera. Ahora es una de las más peligrosas.

—Ellos me dijeron que tranquilo, que tenían que cumplir, que no lo iban a golpear –dijo el gordo encargado. Un tipo simpático y tranquilo–. El comisario también es cliente –confesó.

Sin embargo, los demás carniceros pensaban en su imagen de trabajadores honestos, que van y vienen con piezas de res o sacos de pollo o las chuletas congeladas de un cochino que no pueden comprar todos los días. Un trabajo con cuchillos amolados que deben hacer alardes de maestría frente a clientes caprichosos con sus gustos y ellos complacer, respetuosamente, aquellas peticiones. “Por qué lo sacaron así, esposao, delante de todo el mundo, ahora la gente va a pensar que aquí trabajamos puros malandros…”. Murmuró el flaco que me atendía, mientras cortaba el pollo para el arroz que planeaba para este fin de semana.

“¡Con tanto malandro en la calle!”, dijo una muchacha con formas turgente dos sillas más allá.

La conversación iba subiendo dentro de todos los demás clientes; Flores llamaba a su hijo a ver qué podía hacer por José. Su hijo es abogado.

Abuso de poder, una explicación conocida. 

No sé quién es esa fiscal, pero ahora se está formando una tropa de fiscales implacables que obedecen órdenes desde el poder político para encarcelar a opositores. Por ahí se ha hecho famosa la que encarceló a los alcaldes de  oposición.  

José, el carnicero anónimo de la Arturo Michelena, de Santa Mónica, es solo una víctima más de una mujer acomplejada con su cargo. Una pequeña mentalidad que pensará que su posición le otorga poderes especiales para que los ciudadanos deban inclinarse ante ella y tenderle una alfombra cada vez que pisa un comercio que se ha hecho con trabajo.

No sé quién es esa fiscal, pero el aroma del poder, que dejó esa mañana de este jueves de marzo, anuló por completo los olores de la carne fresca  de ese negocio, que, de ahora en adelante, pondrá a sus carniceros a atenderla a ella cuando regrese por sus bistecs bien delgaditos. Se respiraba un aire de miedo y de impotencia. Los cuchillos están amolados.

Veo mi número, por delante tengo a un par de clientes, cuatro  o cinco carniceros son los que atienden. Hoy faltará uno de ellos. Pedimos los cortes que deseemos con paciencia, nos servimos otro café por la casa, sillas altas y confortables hacen la espera menos tensa. ¿Cómo quiere el pollo, sin piel o se la dejo? Para carne molida tenemos este ganso, o ¿quieres de pulpa negra? Quítamele toda la grasa, por favor…