• Caracas (Venezuela)

Juan Pablo Gómez

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Juan Pablo Gómez

La tortuosa ambigüedad de Pablo Iglesias

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El lugar del héroe clásico han pasado a ocuparlo en las últimas décadas otros protagonistas, en mi opinión más importantes, héroes de un nuevo estilo que no representan el triunfo, la conquista, la victoria, sino la renuncia, la demolición, el desmontaje. Tenemos todos los motivos para ocuparnos de estos especialistas de la negociación.

Hans Magnus Enzensberger, Los héroes de la retirada

 

El deterioro en todos los ámbitos posibles de la Venezuela madurista es tan preocupante, vertiginoso y evidente que hasta el mismísimo Pablo Iglesias –cabeza visible del emergente partido político español Podemos– empieza a matizar sus declaraciones y a desmarcarse de forma lenta y cautelosa de las políticas del actual gobierno venezolano. Es verdad que la estrategia de Podemos también obedece a la moderación de un discurso que parecía demasiado encendido en su albor, entre otras cosas porque está empezando a vislumbrar serias posibilidades de formar gobierno en un futuro próximo en el Reino de España. El auge de Podemos tiene múltiples razones de ser: crisis financiera y económica sin precedentes en la España democrática, corrupción galopante (trama Gürtel, desprestigio de la Casa Real, comisiones ilegales, licitaciones interesadas, tráfico de influencias, lavado de dinero, etc), descontento generalizado hacia los dos grandes partidos políticos españoles (PP y PSOE), pero también hacia toda la clase política española tradicional en general, capitalización del movimiento de los indignados, crecimiento de la izquierda europea y, sobre todas las cosas, nueva dinámica comunicacional (principalmente a través de redes sociales y páginas de Internet). Es difícil imaginar una estrategia propagandística de esta naturaleza sin el precedente ya ensayado por el fallecido presidente Hugo Chávez.

El nacimiento de Podemos está ligado al chavismo en todas sus letras: nace de un descontento alarmante hacia el sistema institucional y democrático de una nación. El nexo es directo: Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias, además, fungieron como asesores ideológicos y de políticas económicas del gobierno chavista durante años. Sería suficiente un vistazo muy superficial al actual estado de la economía venezolana o a las condiciones presentes del aparato productivo para corroborar el despropósito que terminaron suponiendo esas asesorías. ¿Cuál es la ideología de Pablo Iglesias? Aunque el asunto no parece estar tan claro, se trata de un hábil activista antiglobalización de izquierda cuyo origen político hay que rastrearlo en la Unión de Juventudes Comunistas de España; está más lejos del PP que de ninguna otra fuerza política española, y con una estrategia más renovada y fresca que el anquilosamiento fatigoso de Izquierda Unida. Su avasallante y atractivo discurso inicial, aglutinador de tedios y descontentos, empieza a sufrir los avatares de la política: ahora el asunto se vuelve complejo y surgen las ambigüedades. ¿Por qué? Porque empiezan los cálculos políticos: constituirse como tercera fuerza política y a poca distancia porcentual de los dos primeros, supone una “responsabilidad” mayor en la suma y resta de votos.

Se preguntarán en Podemos: ¿Cuál será nuestra actitud o nuestra posición sobre tal o cual asunto? Dependerá de si conviene a la aritmética electoral; y lo que suele llamarse “prudencia” o “cautela” en política no es más que omisión deliberada o circunloquio engañoso para no perder electores, aunque en muchos casos signifique también dejar de sumar.

Pablo Iglesias muestra un perfil de tipo brillante: abogado, politólogo reputado, tertuliante de televisión y, sobre todo, ofrece una imagen revitalizadora y juvenil, que sabe exprimir al máximo. Detrás de toda la mercadotecnia política lo que se halla es un tinglado de incoherencias ideológicas (matriz chavista por excelencia). Pablo Iglesias no quiere perfil bajo, ni quiere desunión en torno a su proyecto capitalizador de rabias. La decepción del ciudadano de a pie es gasolina para sus fines incendiarios, y se trata de un fuego que dejó de ser embrionario y amenaza con arrasar los confines del Reino. Pablo Iglesias, como Francisco Franco o José María Aznar en la acera de enfrente, parece apartarse demasiado de la figura de lo que Hans Magnus Enzensberger llamó “héroe de la retirada”, esos que no están hechos para el triunfo y la conquista, sino para la renuncia y el desmontaje. Esa figura tan celebrada por Javier Cercas en su Anatomía del instante y equiparable al destino político de Adolfo Suárez. Justo lo que Hugo Chávez no fue y no quiso ser nunca tampoco. Lo que deslumbra a Pablo Iglesias de Hugo Chávez no es en realidad su estrategia política, ni sus reformas sociales (que son de fachada), ni su proceso constituyente y mucho menos su ideología descabellada: bolivariano, marxista, cristiano, castrista, zamorano, militar, beisbolista y telepredicador. Chávez podía citar en una misma cadena presidencial de radio y televisión a Jorge Luis Borges, Emiliano Zapata, André Eloy Blanco y a Mao. Un pasticho discursivo sin pies ni cabeza que se ha vuelto ahora un guiso revolucionario eficiente sólo para la destrucción masiva y definitiva de toda la institucionalidad de una nación rica. Ese pasticho es el boceto de nuestro país: deformado y desdibujado en todos los ámbitos.

Pablo Iglesias no admira y supongo que no celebra ninguna de esas cosas. Lo que Pablo Iglesias admira es el fulgurante triunfo político de Hugo Chávez; su capacidad, casi enfermiza, de adentrarse en los confines del poder para subyugarlo todo a sus anchas y con desparpajo. Sin atención a las formas. El problema que tiene Pablo Iglesias es que parece un sujeto formado, es decir, un sujeto con admiración y cierto apego a las formas. Ese es su conflicto interior y su desventaja frente a Chávez. Por esto, la ambigüedad se le está tornando tortuosa y difícil de sobrellevar. Por esto, está encerrado en las múltiples trampas de su propio discurso. Como Edipo Rey, ya lanzó al vuelo el castigo para los posibles culpables, olvidando que él mismo puede terminar siendo uno de los principales. Por eso no podrá decir nunca que los miembros de ETA son asesinos, pero tampoco podrá decir lo contrario. Su escaño de eurodiputado y su activismo lo han catapultado como actor importante del escenario político, pero quizás él mismo esté un poco atónito y como embriagado con la posibilidad real de hacerse con el poder. Su postura corresponde más a esas figuras que suelen tener más notoriedad y respeto en la oposición que formando gobierno. Es más útil como contrapeso en el difícil equilibrio del juego democrático. Puede que esa sea su perdición: ganar unas elecciones generales. Pero el destino de Pablo Iglesias importa poco en relación al de España. Eso que terminó significando Adolfo Suárez para España y eso que tanto necesita Venezuela hoy: un opositor serio y que brinde la posibilidad del desmontaje del chavismo, y que salga justamente de las filas del chavismo. Una auténtica transición que se ocupe de los cimientos y del pilotaje de todo lo que habrá que reconstruir durante décadas. España no es Venezuela, suele uno escuchar a cada rato. España no caerá en las manos de ese discurso populista, malsano y pseudo-progresista de un oportunista sagaz y con preciso olfato. Pablo Iglesias no tiene el calibre necesario, dicen. Pero también escuché decir eso de Hugo Chávez muchas veces por allá entre 1992 y 1997. Ahora, Pablo Iglesias aparece en programas de televisión diciendo que le preocupa la criminalidad en Venezuela, y sugiere que el encarcelamiento de Leopoldo López es quizás más que forzado e injusto. El gobierno de Maduro es tan insostenible en términos dialécticos y argumentales, que hasta Pablo Iglesias empieza a matizar sus originales simpatías con el chavismo. Es como si Pablo Iglesias se hubiese dado cuenta no del fracaso de la revolución bolivariana, sino de su evidencia. Ahora, con ritmo lento, tosco y sigiloso empieza a nadar por las tortuosas aguas de la ambigüedad, como para terminar queriendo decirle a Nicolás Maduro: “Si te he visto, no me acuerdo”.