• Caracas (Venezuela)

Juan Pablo Gómez

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Juan Pablo Gómez

El extraño caso de Héctor Manrique

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“Si las personas quisieran ver solo las cosas que puedan entender, no tendrían que ir al teatro: tendrían que ir al baño”.

Bertolt Brecht

 

La primera reflexión en la que me estanqué al salir de la obra teatral Sangre en el diván fue pensar en cómo a un tipo –Héctor Manrique– se le había ocurrido la osada idea de someternos a un peculiar diván para intentar hacernos conscientes de nuestra complicidad en torno a todas nuestras desgracias nacionales. Locos hay muchos, pero quienes se hacen los locos son todavía más. Allí vislumbró Héctor Manrique el estímulo para este peculiar zarandeo.

La obra está basada en el capítulo “Delirio” del conocido libro Sangre en el diván. El extraordinario caso del doctor Chirinos de la periodista Ibéyise Pacheco. El capítulo es, literalmente, alucinatorio, y deja entrever el deterioro psíquico y emocional de un sujeto que ya no pudo disimular más su perversidad y su patología. Una mezcla de complejos entre los que destacan la megalomanía y el narcisismo. Inútil insistir en la personalidad de Edmundo Chirinos, su enfermedad y sus acciones. Pero lo interesante de llevar semejante monólogo a la representación dramática es el alcance sutil logrado de someternos a la seducción de una reputada personalidad que fue vista durante décadas como un “notable,” para descubrir en él a un sujeto terriblemente repugnante. Más allá del individuo en cuestión, parte de la estrategia dramática en este caso consiste en tratar de descubrir lo que hay de repugnante en nosotros mismos; lo que nos ha hecho, en ocasiones cruciales de nuestra historia nacional, mirar hacia otro lado o ser cómplices, solo al dejarnos arrastrar tontamente por un discurso elocuente o por determinadas capacidades seductoras de sujetos que, como diría el propio Chirinos, tenían ambiciones desmedidas y hasta niveles esquizofrénicos en la búsqueda del poder. En general, los venezolanos solemos ser ingenuos, tratándose de ese tipo de cosas. Solemos preferir la simpatía, la sonrisa y el gesto gracioso, antes de valorar en rigor determinados hechos y sus posibles consecuencias. Somos víctimas perennes del carisma. Y el carisma, a veces, resulta nefasto.

El monólogo no es una recreación ni tiene adiciones ni reinterpretaciones. Todas las palabras dichas en escena son expresa y genuinamente de Edmundo Chirinos. La obra radica menos en el guion que en la interpretación brillante, oscilante y efectista de un actor que trata de articular ese debate en las nebulosas de una memoria delirante que ha sido avasallada por los acontecimientos de los cuales es cruel responsable. Tarde o temprano, hubo que saldar cuentas con la sociedad. La muralla frente al horror es el reconocimiento de ese mismo horror: des-cubrir por fin que se ha tratado de un horror, justamente. Tal vez lo más impactante sea el tono de chanza jocosa y el espíritu gracioso que ronda el discurso. Son innegables las cualidades fascinantes y encantadoras de ese verbo desatado. Pero las risas del público son, al mismo tiempo, advertencia y llamado de atención que muchas veces se confunden con el espanto. Así somos. Pero así no deberíamos ser siempre, nos dice el teatro.

Héctor Manrique ha estado consolidando una trayectoria que adquiere una dimensión cada vez más importante: sobre todo con una arriesgada apuesta de empezar a confrontar nuestras verdades más incómodas y luchando sólidamente contra el maniqueísmo. Se está convirtiendo en un extraño caso en el que lo político, lo cultural y lo social empiezan a formar un entramado clave para persuadirnos de que es hora de someternos a serios intentos de comprensión de nosotros mismos: venezolanos vueltos a presentar. Ha tenido la puntería precisa: ha percibido la cualidad dramática del genuino delirio de un personaje histórico y lo ha llevado a la escena encandilada (llama la atención la acertada luminosidad del escenario) como pregunta e inquietud que turban nuestra mirada en torno a la historia nacional reciente. A esa puntería, ha sumado una interpretación brillante de perpetua tensión en ese diálogo perenne de la sociedad consigo misma, que es lo que desde siempre ha tratado de ser el teatro.