• Caracas (Venezuela)

Juan Manuel Raffalli

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La política la hacen los vivos

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Hace pocos días, a propósito de la magnífica serie española El Rey que evidencia sin pliegues las atrocidades caudillistas de Franco, me dio por hurgar en los mejores artículos de Camilo José Cela precisamente fraguados en los días de la muerte del dictador. En esa tarea me topé con uno de extraordinaria claridad y que tiene plena vigencia en la Venezuela de hoy, sumida en una crisis brutal, pero con un Gobierno que pretende refugiarse en la conmemoración natalicia de su caudillo.  

En su entrega, Cela se pregunta por qué después de varios meses de la muerte de Franco, aún en los liceos y dependencias públicas seguían colgado los cuadros con el rostro del dictador, cuando ya el rey Juan Carlos estaba totalmente “empoderado”. Es allí donde Cela suelta la sentencia demoledora e incontestable que nos lleva al aquí y al ahora: “La política la hacen los vivos”.  Pensar que la referencia alude a los “vivos” en la acepción “astuta” o “sagaz” del término es casi una bolsería. Ningún bobo hace política buena y efectiva. Obviamente Cela se refiere a los “vivos” vivos, es decir a los seres vivientes, a esos que respiran, se mueven, y lo más importante, deciden y ejercen directamente el poder.

No hay saludo militar que valga; no hay ojitos pintados ni videos que lo puedan evitar; no hay retratos a cuerpo entero que se impongan. La muerte es lapidaria y la política la hacen los seres vivos. Los recuerdos no deciden y los fallecidos no resuelven. La política, o peor aún eso que se conoce popularmente como “gobernar” o “mandar”, es una tarea reservada a quien se puede expresar mediante acciones materiales contundentes. Por eso mismo los militares retirados no mandan a las tropas. Lo etéreo no es capaz de generar efectos directos en la vida cotidiana de los pueblos. Franco fallecido no genera disciplina, Mao enterrado no genera más prosperidad; Mussolini no puede ejecutar más opositores. Desde el más allá no hay cristales rotos.

Escuchar a un almirante de nuestra armada referirse a un ex presidente fallecido, como un ser superior, eterno y supremo, es constitucionalmente discriminatorio, racionalmente inaceptable y temporalmente anacrónico. Chávez no vive, es un recuerdo bueno, regular o malo, según la valoración que cada quién haga. Pero lo que sí es cierto es que Chávez no manda ni puede mandar por más que las necesidades de la campaña electoral traten de revivirlo y nos repitan sus videos una y mil veces en cadena nacional.

Precisamente la evidencia más palmaria de esta perogrullada es que con seguridad Chávez no hubiera querido nunca festejar su cumpleaños viendo a su pueblo haciendo colas indignantes para comprar lo poco que aún se consigue en los mercados, incluyendo las redes públicas de distribución de alimentos; o viendo a su pueblo padecer y hasta morir como él pero por falta de medicamentos o a manos del hampa. Tampoco hubiera querido que después de 15 años de revolución hubiera que hacer operativos para tratar de liberar al pueblo de los malandros armados y alzados. Menos aún hubiera querido ver a sus centauros más cercanos elegantemente uniformados y a sus herederos más apreciados forrados de dinero, pero eso sí, todos petrificados mientras el país sucumbe a la deriva en un mar de leva que augura un hundimiento seguro en el que irremediablemente se ahogan primero los más pobres.

Pero la muerte es así, no tiene remedio. Es caprichosa y nos arrebata la posibilidad de ejercer actos físicos de poder y de mando. Como dice la consigna de sus seguidores “Chávez vive, la lucha sigue”. Nada más cierto, Chávez vive en el recuerdo y las luchas diarias de su pueblo en penuria y abatido, siguen y siguen e incluso cada día son peores.

No hay más opción. La vida sigue, hay que elegir a nuevos vividos y no viejos fallecidos. El cambio en procura de un mejor futuro pasa por dejar a Chávez, como a todo difunto, en el recuerdo, y sustituir democráticamente a los “vivos” que desde el poder han convertido al país icono del progreso y la democracia latinoamericana, en la Nación con peor calidad de vida, mayor inflación, y más pobreza en un continente que ahora nos ve con cara de la lástima y con el recelo de una emigración despavorida. El cambio ha comenzado y el voto será vida, digamos que será vital para que la política las hagan los “vivos” buenos y no los herederos nefastos. Los difuntos aún electos no pueden gobernar.