• Caracas (Venezuela)

Juan Manuel Raffalli

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Juan Manuel Raffalli

¿Y ahora qué viene?

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Gracias a los beneficios del tráfico informativo en las redes sociales, esas que tanto irritan a quienes quieren ocultar lo que ocurre, pude leer hace algunos meses un artículo de opinión del actor Miguel Ángel Landa en el que afirmaba con tristeza no conocer el país donde está viviendo. Tiene razón, esta Venezuela de números tatuados en el brazo, papagayos de protesta, y detenidos por fotografiar colas no la reconocemos. Nunca pensamos que llegaríamos a esto. Hace algunos años, yo diría que incluso pocos, nadie se podía imaginar que nos pedirían la cédula al salir de un mercado, que las colas interminables se mitigarían usando un método parecido al día de parada de los vehículos –según últimos dígitos– y menos aún que la violencia y la tensión nos llevara a asumir como un riesgo físico ir a hacer compras para el abastecimiento familiar. Pienso que en esa Venezuela que Landa sí reconocería no había “cazabolsas”, pues nadie necesitaba adivinar dónde comprar productos de primera necesidad. Incluso en esa otra Venezuela, digamos que la Venezuela de Landa, comprar era grato, era casi un programón ir de compras el fin de semana. Recuerdo que los domingos solía acompañar a mi viejo al mercado Guaicaipuro el domingo en la mañanita, esa costumbre sana y típica hoy sería casi que una actividad de alto riesgo. En cualquier momento las empresas aseguradoras incluirán en sus cuestionarios si el solicitante fuma, hace paracaidismo o va solito al mercado.

Pero a esto hemos llegado. Creo que si de tocar fondo se trataba ya estamos bien abajo. La pregunta obligada es, entonces, ¿y ahora qué viene? La jefatura del Estado, que no sabemos muy bien quiénes ni cuántos son, no termina de asumir su responsabilidad y el peso que ha tenido su modelo en este desastre. La estrategia es seguir culpando a los empresarios, a los especuladores, a los bachaqueros y al imperio. Las desesperadas gestiones oficiales del equipo económico por conseguir financiamiento externo o un alza utópica de los precios del petróleo han resultado infructuosas. Maduro llegó al límite de la desesperación, no le ha quedado más remedio que ir directamente él en un periplo que, abusos familiares a un lado, no ha arrojado los resultados que esperaba. Como en los estadios de beisbol la economía del país llegó a la zona de seguridad, no hay más espacio para correr. Ahora lo que vienen son ajustes o caos. Pero ajustes de verdad. Adelgazamiento de la administración pública; fin o mengua exacerbada de los subsidios, y disciplina fiscal. Puro FMI.

Lo más preocupante ahora, más que adivinar qué viene en este año de mala cara, es la institucionalidad. Ya en este espacio tratamos el tema del grosero desconocimiento de los mecanismos constitucionalmente establecidos para designar los poderes públicos. En ese mismo sentido cabe entonces preguntarse: ¿cómo reaccionará la revolución con todo en contra y una impopularidad galopante? Es fácil ser demócrata cuando se es mayoría y se tienen las arcas públicas bien provistas. Complicado es serlo cuando todos los factores son adversos. Viene aquí entonces la pregunta crucial: ¿será capaz la revolución de asumirse minoría con tolerancia y respeto? Los antecedentes no son buenos. Hace un año vimos lo que es arremeter contra protestas ciudadanas vengan de donde vengan. Vimos el peor rostro de la represión. Ahora vemos cómo la fuerza pública está destinada a apaciguar las colas en los mercados y, peor aún, a evitar que la información fluya.

El reto y la encrucijada revolucionaria consisten hoy en optar por asumir su responsabilidad e imponer costosos ajustes económicos, o radicalizarse asumiendo la intolerancia y la fuerza como medios para aferrarse al poder ilegítimamente. Es en este punto donde se nos va la vida. Se perciben vientos de cambio y dependiendo de cómo los asuman quienes tienen el monopolio de la violencia legal, el país se levantará y saldremos de esta crisis o se hundirá en una profunda división que nos lleve por un derrotero de estancamiento y de tristeza. Confiamos en la primera opción, creemos en el país y en su gente, en especial en su juventud. Veremos cómo termina este año que, a no dudarlo, luce como el menos previsible y más angustioso de los últimos tiempos.