• Caracas (Venezuela)

Juan Manuel Raffalli

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Juan Manuel Raffalli

Mano dura

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La crisis aprieta fuerte pero la incapacidad y las contradicciones para enfrentarla son evidentes. La impopularidad con mala cara amenaza cada día más con acabar el tiempo de revolución. Falta el líder y varios quieren el puesto de su heredero que se ve presionado y hace piruetas para complacer a los núcleos de poder que ha engendrado para sostenerse. Siente temor ante la necesidad de dictar medidas de alto impacto social y político, pero sabe que el país va cuesta abajo en la rodada, por eso toma medidas tardías y cortas, como el niño que evade el jarabe y al final lo bebe por sorbitos creyendo que será menos desagradable.

Pero las leyes económicas son tercas, no creen en decretos. Así, hoy pasa su factura de alta monta la política de ataque empresarial constante y creciente, la política que aborrece al capital hasta en sus formas más productivas. Ahora a luz de precios del petróleo en picada, ha quedado al descubierto la verdadera causa de nuestros males actuales. No hay revolución sin real. No hay dádivas populistas sin ingresos petroleros enormes, o lo que es igual, a despecho del Viceministerio para la Suprema Felicidad, no hay progreso sin inversión y mucho trabajo.

El sector empresarial no es fuente de aliados para un modelo que pretende aniquilarlo por convicción. Los empresarios en Venezuela se dividen en dos, quienes tratan de enchufarse y hacer grandes negocios al amparo de una espantosa corrupción, y los sobrevivientes que bailan al son que el gobierno toca para pasar inadvertidos y evitar ser desterrados con sus pérdidas a cuestas.

Ante semejante cuadro, Maduro sí parece tener claro que su impotencia lo obliga a mostrar fuerza. La mano dura es lo único que le queda. Eso explica su discurso para responsabilizar a otros. Los gobiernos revolucionarios no se equivocan ni atentan contra el bienestar del pueblo. La culpa de todo es de los empresarios, de la guerra económica que ellos sin ninguna motivación racional han emprendido contra el pueblo y que consiste digamos que en hacerse una especie de haraquiri o suicidio comercial al no vender más para ganar más, sino todo lo contrario, mantener altos costos operativos sin nada que producir ni comercializar.

No queda otra, si bien entre el imperio y la iguana cabe un mundo, hay que poner rostros al enemigo. Hay que colgar cabezas en la vara a las entradas de la ciudad. Se necesitan un Gual y un España. No importa el costo final de los atropellos e injusticias. Eso sí, hay que dar apariencias de legalidad y precisamente para eso se promulgó la Ley de Defensa de las Personas en el Acceso a los Bienes y Servicios (Lpabis), sucedida hoy por el Decreto-Ley de Precios Justos que engendró la Sundde como heredera del Indepabis. Estos instrumentos y otros como al Ley de Seguridad Agroalimentaria cuya inconstitucionalidad notoria ha sido demanda sin que la Sala Constitucional diga ni pío, son las armas perfectas para destruir empresarios y apoderarse de sus activos e inventarios, e incluso para apresarlos. Es el reino de las medidas preventivas, esas que en el fondo son verdaderas condenas y que se ejecutan sin que el afectado pueda chistar ni defenderse. Se trata de leyes que permiten al Estado intervenir, arrestar, expropiar, ocupar, es decir, causar daños irreparables al empresario y luego dar curso a un supuesto “debido proceso” para que el afectado se “defienda” y guardar así la apariencia de ser un Estado de Derecho y de justicia, como paradójicamente dispone la Constitución en su preámbulo.

Con este ambientazo pleno de seguridad jurídica, y además sin divisas que permitan importar materias primas y productos terminados, ¿quién va a reactivar la economía, el Estado? Ven a mí que tengo flor. De esos polvos vinieron estos lodos. Todo lo importamos y ya no hay dólares, la expropiación y el capitalismo corrupto e ineficiente de Estado nos han reducido a la economía que hoy tenemos plena de desabastecimiento y alta inflación. Ha quedado de bulto, sin ingresos descomunales la revolución del siglo XXI es una fábrica de pobres y de emigrantes.