• Caracas (Venezuela)

Juan Manuel Raffalli

Al instante

Efectos del Chávez-Madurismo

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Como era de esperarse el decreto de emergencia fue improbado por la Asamblea Nacional. Cada quien movió sus fichas como debía. Para lo único que serviría el decreto era para restringir o suspender ciertas garantías constitucionales, como la libertad económica o la propiedad al momento de ejecutar las supuestas medidas de emergencia, pero ese objetivo es una ficción. En los países en los que no hay independencia de poderes los tribunales no garantizan los derechos de los ciudadanos y, por lo tanto, las garantías constitucionales están suspendidas de hecho desde el momento mismo en que los jueces sienten miedo o son presionados. Basta con preguntarnos cuántos recursos contra las expoliaciones, las inspecciones abusivas o las ocupaciones temporales han prosperado en las cortes; a cuántos empresarios se les han dado medias cautelares para protegerlos de los atropellos de los funcionaros o de la ejecución irracional de leyes en blanco. A otro perro con ese hueso, el decreto era político y no se necesitaba para enfrentar la crisis económica, de hecho, ya esas leyes abiertas consagran poderes exacerbados a favor del Ejecutivo.

Además de lo anterior, se observa que han transcurrido varios días y no se adoptan medidas de ajuste. Se apela nuevamente el expediente de las reuniones y meses de trabajo para hacer diagnósticos que el propio gobierno conoce. Por cierto esas reuniones buscan, como lo hacen los gatos resabidos,  pasar el rabo por los tobillos a los mismos empresarios a quienes el modelo que ha instaurado el Chávez-Madurismo, ha pretendido deliberadamente reducir a su mínima expresión tal y como los señalan expresamente el Plan de Patria y su antecesor. He allí la nuez del asunto. La confianza y la seguridad jurídica se han perdido y ahora es impensable que de la noche a la mañana se les pida a las víctimas de una ideología trasnochada que vuelvan a ser productivos, es decir, que vuelvan a invertir en un país donde han sido atropellados y mal vistos desde hace más de 15 años y donde no hay ni siquiera tribunales en los cuales hacer valer sus derechos.

El drama es que con o sin decreto de emergencia las cosas se podrán peor. Las colas son cada día más largas y ya ni los bachaqueros parecieran estar abastecidos. El petróleo venezolano ronda los 20 dólares por barril y el margen con ese precio es mínimo y abiertamente insuficiente para hacer frente a las importaciones de las que vivimos todos. Recordemos que nuestro parque industrial fue cretinamente devastado en la era del Chávez-Madurismo; porque así hay que llamarlo, Chávez-Madurismo, el binomio nefasto que nos ha traído a los peores tiempos de nuestra vida republicana en lo económico en lo social y en lo institucional; digamos que en lo esencial de una República.

La muestra más palmaria de lo mal que está la economía que malbarató la más enorme fortuna que ha generado Venezuela, es que pareciera que echarán mano al oro en reserva para soportar títulos y tomar algo de liquidez, pues de lo contrario en muy pocas semanas o meses la situación se hará insoportable. De hecho esta misma semana, el Cendas revela un aumento brutal en la canasta básica y todas las predicciones apuntan a una inflación anualizada de 300% o más. Lo anterior revela que el gobierno o toma medidas de ajuste urgentes y muy costosas en lo social y político, o no lo hace y el costo será peor. Como diría Sancho, igual si el cántaro va a la piedra o la piedra al cántaro, siempre mal para el cántaro.

Para males peores el pulso o pugilato institucional, signado por la reveladora palabra “desacato”, por ahora aliviado por operadores como Ramos e Istúriz, no tardará en aflorar de nuevo cuando se traten temas críticos como la Ley de Amnistía y la revocatoria de los magistrados exprés que trajo el Niño Jesús el día antes de Navidad. 

Es decir, una crisis económica mayúscula, un gobierno perdido y sin apoyo popular y una situación de tensión entre los poderes públicos es el entorno que se lleva en los cachos nuestra calidad de vida y la estabilidad del país. Ante esta realidad lo que queda es olvidar lo que el profesor Morles llamó en un reciente discurso con motivo del centenario de Rafael Caldera, la “pequeñas ilusiones” de cada actor político. Es imperioso decir la verdad, tomar las medidas que haya que tomar para generar confianza y asumir el costo de los errores. Mucho ayuda quien no estorba.