• Caracas (Venezuela)

Juan Manuel Raffalli

Al instante

Desbordado, perdido y quebrado

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No hay que ser un ducho economista para percibir que la situación económica del país es realmente grave. Los inventarios de materias primas y productos terminados son críticos. Muchos empresarios en sectores claves para la calidad de vida señalan que sus existencias cubrirían si acaso un mes o dos, mientras que las captahuellas y ventas por cédula como mecanismos de racionamiento no logran eliminar las colas indignantes y menos aún la escasez. Las reservas internacionales líquidas y disponibles en el Banco Central a mediados de mayo llegaron a un nivel tan bajo que no tiene precedentes en la última década, y además el dólar paralelo ha subido de una manera tan exorbitante que revela una sobre devaluación irreal de nuestra moneda.

Pero lo más grave es que no solamente no hay fondos disponibles ni ingresos pendientes, sino que no se aprecia ninguna capacidad de respuesta por parte del Poder Ejecutivo. Sencillamente no hay propósito de enmienda y mucho menos actos de constricción. Todo lo contrario, se persiste en la vieja y estúpida receta de culpar a otros y no colocar el dedo en la llaga, el modelo dadivoso apenas el petróleo medio corcoveó, fracasó y hay que cambiarlo. El camino que se pretende seguir es el mismo que nos ha llevado a este despeñadero, atacar a los empresarios, culpar a la derecha y al imperio, y en no asumir jamás el costo político de ninguna medida. El único propósito es mantenerse en el poder a costa de lo que sea, incluso de las penurias del pueblo.

Cada día nos empobrecemos más. Hasta los bachaqueros comienzan a sentir la escasez. No hay ajustes en puertas que hagan rozablemente viable una mejora en los ingresos en divisas que el país requiere para salir adelante. Se avizora más deterioro. Sencillamente no tenemos moneda, generamos fichas que gastamos en esta finca feudal. Mientras la atención se centra en la estrategia chiquita; en apoyos institucionales irrestrictos que nada aportan en la búsqueda de soluciones para salir del atolladero. La sensación es que 30 millones de venezolanos vamos en un autobús sin chofer y con una vela en la mano rezando porque el petróleo suba. 

Esta actitud incomprensible en la conducción del Estado genera responsabilidades políticas, legales e históricas. La negligencia en el ejercicio del poder, cuando llega a niveles como los actuales, no puede pasar agachada ni lisa. Pero el punto ahora es iniciar un proceso de reconstrucción y rápidamente. El gobierno está desbordado, perdido y quebrado. Alguien tiene que encarar el discurso de la denuncia de este desastre con fines propositivos. El padre Ugalde hace poco lo puso en términos muy claros, estamos en una “encrucijada dramática”, incluso emplazó a la empresa privada, ahora con alta credibilidad, a asumir su papel y explicar a tambor batiente que sin iniciativa privada no hay bienestar posible. Para mí tengo que la oposición y la sociedad en general debe hacer lo mismo por los medios que pueda. No se trata de entramparse en el maniqueo discurso de derecha o izquierda, se trata de enfrentar a la gente con la verdad y ubicar las responsabilidades del desastre en cabeza de quien está.

Vendrán elecciones parlamentarias a fin de año, o al menos ese es el deber ser. Las primarias opositoras en pocos circuitos, y en especial los que otrora fueron duros bastiones del oficialismo, dejan claro lo que ocurrirá si finalmente el Ministerio de Asuntos Electorales convoca a elecciones cumpliendo con su deber constitucional. Pero la aceleración en el deterioro es mortificante. Eso explica el empeño discursivo en presentar cifras con dobleces y matices.

No hay más alternativas: denuncia, calle y voto.