• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

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Juan Esteban Constaín

La ruleta rusa

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Una de las mejores cosas que tiene el fútbol es la manera en que también el azar, o algo parecido que lleva su nombre, resuelve en un instante todas las cosas. Por eso los partidos hay que vérselos y jugarlos hasta el final, hasta que el árbitro pita y cierra de un tajo el tiempo y sus peligros: porque puede ser que en el último segundo, cuando ya todo parecía estar dicho y hecho, una jugada inesperada cambie el curso de las aguas, la suerte.

Es la escena de un drama: el “cuarto hombre” levanta el reloj y anuncia el “tiempo de reposición” e inaugura así una serie de jugadas desgarradoras en las que cualquier cosa puede pasar, cualquiera. Como si todo el universo estuviera contenido allí, en el desespero de ese equipo que se defiende con el alma, o en el del que ataca a muerte para conquistar el empate que se la devuelva. El tiempo del fútbol es relativo: la eternidad para unos, la fugacidad para otros.

Y al final queda, sepámoslo o no, una reflexión sobre el azar: sobre el azar y el destino, que a veces son dos caras de la misma moneda, el anverso y el reverso. ¿Qué habría pasado si esa jugada del minuto 15 sale bien, si en vez de estrellarse contra el palo hubiera sido un gol? ¿Qué habría pasado si en vez de 5 minutos el árbitro añade solo 3 en la reposición, y así no pita el penalti del minuto 4? ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza, como en el poema de Borges?

Pasa todo el tiempo también en la vida, por la que vamos caminando como sobre una cuerda floja: tentando al azar; esquivando al destino, o más bien cumpliéndolo. Claro: la ecuación es muy distinta si uno cree en Dios, como es mi caso, porque entonces las cosas del mundo, los hechos que lo pueblan y definen, podrían pertenecer a un orden superior en el que quizás haya eso: una armonía, una voluntad que “mueve al sol y a las demás estrellas”.

Este sábado, por ejemplo, se cumplen cien años de un hecho que marcó la historia del siglo XX: el asesinato en Sarajevo del Archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la corona del Imperio Austrohúngaro. Fue el 28 de junio de 1914 ese crimen que, como se sabe, terminó siendo el detonante y el pretexto de la Primera Guerra Mundial: una guerra que por poco acaba con Europa, y cuyas cenizas aún arden y laten en muchos de los conflictos que el mundo no ha podido resolver ni acabar. Nada atiza más el fuego que el pasado.

Lo extraño es que el hecho mismo del atentado contra el archiduque fue el resultado de una sucesión de azares y de coincidencias y de fatalidades que por poco, por poquísimo, habrían podido no ocurrir. Y otra habría sido sin duda la historia; no sabe uno si mejor o peor, pero sin duda otra, distinta: la que no fue, la que erró la suerte. El destino camina por la cuerda floja, el destino es la cuerda floja.

Francisco Fernando no iba a ir a Bosnia pero un argumento de su tío, el Emperador, lo convenció a última hora: si iba, su esposa, Sofía, recibiría por primera vez en la vida los honores del Imperio. No más desprecios, no más desaires. Esa fue la primera fatalidad, ir. La segunda ocurrió ya en Sarajevo, el 28, cuando una bomba estalló al paso de la procesión archiducal: solo quedó herido el coronel Merizzi, hombre de confianza del Archiduque, quien sin embargo siguió con la marcha.

Fue a dar un discurso y luego volvió a visitar a su edecán. Sin oír a quienes le rogaban que no lo hiciera. Entonces su carro se extravió, tercera fatalidad, hasta quedar justo al frente de la cafetería en que estaba Gavrilo Princip, el asesino que disparó esos dos balazos que aún retumban.

El destino juega a la ruleta rusa, también. El destino es el tambor del revólver y es la bala que está en él a punto de salir o no.

catuloelperro@hotmail.com