• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

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Juan Esteban Constaín

La manzana del pescado

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Voy a empezar mi historia por el final, es decir por el momento –este– en el que me siento a escribir la columna de mis cuitas. Lo hago en un viejo computador Acer: un leal amigo de la humanidad, un benefactor. Me lo acaban de prestar y a él me aferro, quiero besarlo. No viene del futuro ni ofrece ningún milagro, no hace alarde de sus prodigios. Y a pesar de sus defectos, sirve: tiene su Word, su Excel, su Solitario: qué más necesita uno en esta isla desierta.

De alguna manera se parece al mío que murió hace unas semanas: un Toshiba de barrio que estuvo a mi lado hasta su último aliento y no pudo más. Entonces, venciendo mis recelos más profundos, quién me manda, le hice caso a un amigo que llevaba años tratando de convencerme de que me pasara a un Apple. “Es una experiencia surreal –me dijo–. Ni se imagina lo que es eso”. Y así fue, tal cual. Esta es la hora en que no sé todavía si ya estoy fuera o no de esa pesadilla.

Creo también que uno atrae las cosas. Que hay como una especie de desencuentro estelar entre nosotros y ciertos objetos, que nos predispone y que no nos deja, por una razón misteriosa y fatal, relacionarnos bien con ellos. A mí me ha pasado toda la vida con la tecnología, por ejemplo, y sé que siempre que me cruzo con ella algo tiene que ocurrir. Nunca he podido llegar a mi casa y ya: que la cosa funcione, que baste con abrir, conectar y usar. No: yo sé que en mi caso siempre habrá combate, que no será fácil.

Y tampoco lo voy a negar: Apple nunca me ha simpatizado, ni la pose de gurú irredento de su fundador, Steve Jobs. Que era un genio, sin duda, y que cambió el mundo, sí. Pero qué pereza ese tono de superioridad moral de él y de muchos de los que usan sus inventos como si de verdad por ello fueran mejores personas y hubiera que felicitarlos. Y esa religión que han creado, con su manzanita pegada en el carro, disputándoles el lugar a la virgen o al pescado de los cristianos. Y esas romerías de sus fieles bajo el frío invernal cada vez que su iglesia lanza una nueva reliquia.

Pero esta vez yo caí en la trampa; mordí el anzuelo, la manzana. Fui a una tienda oficial a comprar un ‘MacBookAir’ y dije que lo necesitaba para escribir. Me dijeron entonces que claro: que ese “venía” con un procesador de palabras. Oh, ah. Pero al llegar a mi casa descubrí que no era cierto, y que me tocaba ‘actualizar’ el sistema operativo con una bizantina y tortuosa identidad virtual, para cuya validación tuve que contestar, sin éxito, unas preguntas tan absurdas que muy pronto quedé bloqueado y sin posibilidades de hacer nada.

Volví a la tienda a decirles que yo había comprado un computador con unas funciones específicas que sin embargo no estaban en él, que no “venían”. Allí, amables, me revelaron el secreto: para poder usar los productos de Apple hay que vincularse a su religión y entregarle el alma. Como ellos mismos dicen: no es una tecnología sino un estilo de vida, en el que todo debe estar interconectado y en el que uno no puede mover un dedo sin esa macabra identidad que el sistema le administra como en una dictadura.

¡Y hay quienes dicen que lo mejor de Apple es que todo es fácil y bello! Alienados es que están. ¡Despierten! (Pero no: mi voz se alza en vano en el desierto. Vivimos en un mundo de filas, de ‘tokens’, de claves, de máquinas que nos resuelven por teléfono la vida: esta nueva fe que se inspira en la idea invencible de que todo tiempo pasado fue peor y de que nunca antes habíamos sido más felices y completos. No es Apple, somos todos.)