• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

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Juan Esteban Constaín

No me llamo

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Juan Benavides me contó la historia y estoy tratando de llamarlo, sin éxito hasta ahora, para que me repita el nombre de los protagonistas y algunos detalles historiográficos y narrativos. Pero mientras Juan aparece –ya esto suena a evangelio,  acaso lo sea– la voy contando aquí como la recuerdo, que igual es tan buena que los nombres son lo de menos y estoy seguro de que la historia ocurrió y debe ser dicha. Una historia así merece ser cierta.

Fue en los años 50 (pónganles comillas a todos los datos por si hay que cambiarlos), en el departamento de Nariño y por los días del reinado nacional de la belleza. La candidata de ese departamento tenía todo para llevarse la corona, y faltaban las palabras para señalar sus virtudes, muy de aquellos tiempos: bonita, discreta, elegante, hacendosa, buena hija, casta, pura. En fin: todo lo que se supone que antes tenía una reina, y que hoy, por suerte, debe ir entre comillas también.

Pues resulta que ese año, por esas cosas de mi dios y de los miembros del jurado, la Miss Colombia fue otra, no la candidata tan hermosa y tan virtuosa de Nariño. Lo cual provocó la furia y la indignación de todo el departamento y obligó a que el gobernador interviniera de inmediato, con toda la determinación que su cargo le imponía. Como un acto de justicia, verdad y reparación. Y es aquí donde la historia adquiere sus dimensiones épicas; es aquí donde empieza la historia. No se vayan.

Si pudiera acordarme del nombre de ese gobernador, o si Juan Benavides me contestara –sigo llamando, y nada–, les juro que lo diría. Porque un estadista así merece entrar en la historia con letras de oro. ¿Qué hizo el señor gobernador? Pues el señor gobernador, vocero legítimo del dolor y de la indignación de su pueblo, tomó una decisión providencial que les hacía justicia a la verdad y al buen nombre del departamento de Nariño: nombró Miss Colombia a su candidata, por decreto.
Comuníquese y cúmplase.

El pueblo entero, por supuesto, salió con alborozo a celebrar su triunfo legítimo, sin importarle que afuera, en el mundo, nadie pareciera estar muy de acuerdo con él. Qué importa: para qué están los gobernadores, si no. Lo mejor de la historia es la intervención del papá de Juan, quien le dijo al gobernador que ya que iban a coronar por decreto a la candidata, la nombraran de una vez Miss Universo. Si no para qué el gobernador, a ver, para qué.

Ustedes dirán que esas cosas no pasan, que son inventos. Tal vez. Pero ayer, por Twitter, me dijo mi amiga Estefanía Uribe, @Tefa_, que anticipaba que esta columna iba a ser “sobre la celebración en Barranquilla”. Le respondí que no entendía, y entonces me remitió a la noticia: el lunes pasado, en la Arenosa, miles de hinchas del Junior se tomaron las calles de su ciudad para celebrar la estrella del fútbol colombiano que el equipo había perdido hacía poco con el Nacional.

¿Cómo? Las noticias lo cuentan también: en alguna red social, espacios siempre propicios al incremento de la confusión, alguien echó a rodar el rumor de que una demanda había obligado a la Dimayor a revocarle la estrella al Nacional para dársela al Junior. Pues tardó más la noticia en correr como fuego que las calles ‘quilleras’ en llenarse de hinchas enloquecidos por la inesperada victoria. Alguien habría podido decir como el papá de Juan: que los hagan de una vez campeones del Mundial.

Vi esa noticia y al lado otra, aún más reveladora: Sandro de América, en Yo me llamo, sacó más votos que cualquiera de los candidatos a la presidencia de la república. Bueno, pensé: los dos que pasaron a la segunda vuelta también dijeron alguna vez llamarse Uribe.

Quizás nuestra democracia tenga que escribirse siempre entre comillas.

catuloelperro@hotmail.com