• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

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Juan Esteban Constaín

La cuerda floja

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Yo recuerdo que en los mejores momentos de la telenovela Café, los más tormentosos y desesperados de ese amor imposible entre Sebastián Vallejo y La Gaviota, las señoras se encontraban por la calle con el actor Guy Ecker, que era Sebastián, o hacía de él, y lo insultaban como si el pobre fuera de verdad su personaje de la novela y tuviera que responder por sus actos en ella. “Desgraciado: ¡por qué le hace eso a La Gaviota, no sea infeliz!”, le gritaban unas energúmenas blandiendo tacones y carteras.

Creo que lo mismo le pasó muchas veces al actor Jorge Enrique Abello cuando era el verdugo –bueno: él no, su personaje, don Armando– de Beatriz Aurora Pinzón Solano, Betty la fea: que la gente lo veía en un restaurante o en un parqueadero o en un banco, y en el acto, valga la expresión, empezaba a increparlo por ser tan malo e indolente con Betty, “¡huich!”. Y el que no lo increpaba quería enterarse de primera mano, según la tradición tan colombiana, de la suerte de algunos de los personajes de la trama.

“Oiga, don Armando: ¿qué va a pasar con Daniel? Ese man sí no...”, supongo que le decían al pobre Abello muchos espontáneos, como si en vez de tenerlo a él en frente tuvieran a su personaje, uno de tantos que habrá hecho en su carrera. Como si él fuera la encarnación en el mundo (en este mundo) de su vida en la televisión, y como si arrastrara consigo, por las calles de la ciudad, todo el universo narrativo de la ficción en que esa vida ocurría, con sus protagonistas y su suerte cuando no los estamos viendo.

Parece el argumento de una película de terror –o de una comedia de Woody Allen, que es casi lo mismo– que sin embargo se da todo el tiempo y de mil maneras. Mi abuela me contaba, por ejemplo, que su mamá, mi bisabuela, vivía angustiada por el orden de la casa siempre que prendía el televisor. “Qué van a pensar de nosotros esos señores que salen allí”, decía, como si dentro de la pantalla estuvieran de verdad esos pequeños seres a cuyo mundo ella le abría y le cerraba las cortinas todos los días, con un botón.

Pasaba también en el teatro español o inglés del siglo XVII: que el público intervenía furioso cuando no le gustaba la suerte de algún personaje en una obra, y forzaba al director, sobre la marcha, a cambiar el argumento y los papeles, el destino, para que la realidad no terminara por linchar a la ficción. Lo curioso es que muchos de los actores de esa época luego tenían que salir a la calle con la ropa y la voz y la vida de sus personajes, o nadie se los tomaba en serio. Como al gran Bela Lugosi, siglos después, que hizo tantas veces de Drácula en el cine y lo enterraron con su disfraz de vampiro.

También a sir Arthur Conan Doyle casi le acaban la casa a piedra cuando en El problema final mató a Sherlock Holmes. Fue tal la indignación de la multitud que no se resignaba a ese desaire en la literatura (en la vida que pase lo que sea, pero allá no, jamás), que el maestro tuvo que revivir a la fuerza a su personaje estelar, haciéndolo volver con el disfraz de un viejito inofensivo. Los humanos le profesamos más fe a la ficción que a la realidad porque en el fondo la necesitamos mucho más para vivir.

Lo dice el verso iluminado de Camilo Sesto: “La verdad no es necesaria si se trata de vivir”. En él se inspiró Cervantes, o Cide Hamete Benengeli, para narrar la vida de don Quijote, cuya muerte es una tragedia para quienes lo ven salir en ese lugar de La Mancha, se ríen de él, y luego descubren que nada había mejor en el mundo, nada más hermoso y necesario y cierto, que sus locuras.

Mi voto este domingo será por Guillermo Nannetti Valencia. Creo que es el único de los candidatos que está en condiciones de gobernar a Colombia.