• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

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Siempre en domingo

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Quizás lo único que recuerdo con verdadera nitidez del colegio es esa sensación de absoluto desconsuelo que me invadía por igual el alma y el estómago los domingos después de las 5 de la tarde. Era como una sensación de vacío y de nostalgia, una tristeza incurable e inexplicable que iba creciendo dentro de mí, como un grito sordo, mientras el sol se ocultaba. Y esa música, la música melancólica de Don Chinche; y a lo lejos la radio vieja muriéndose también con el día.

En mi caso había además una razón muy concreta para experimentar la angustia del domingo por la tarde –llamémosla así–, y es que yo era un vago integral y nunca hacía ni hice las tareas y ese era el momento crítico de la semana en el que sentía que me iba a tocar enfrentarme contra el mundo y contra mis profesores al otro día, el inevitable y perverso lunes. El día de la luna con todas sus cuentas pendientes y sus ilusiones renovadas y siempre fallidas; el día en que vuelve a empezar el próximo domingo.

Lo peor es que aun si yo había hecho las tareas, casi nunca, creo que nunca, ojalá que no, sería terrible a estas alturas de la vida descubrir que alguna vez sí... Lo peor es que aun si yo había hecho las tareas, la tarde del domingo llegaba siempre a sembrarme la certeza de que no era así. Todos los domingos después de las 5 de la tarde, con razón o sin ella, yo me sentía culpable. Todos los domingos a esa hora, mientras el sol se iba, yo sentía que aún tenía algo por hacer y que ya era demasiado tarde.

Con los años vine a descubrir que esa sensación, que yo siempre pensé que era solo mía, es quizás la más antigua de la especie humana y la más común y recurrente desde el principio de los tiempos: la que nos define mejor que cualquier otra y en la que desembocamos todos sin importar razas ni credos, ideologías ni manías. La expulsión del Paraíso, estoy seguro, tuvo que ser un domingo por la tarde, en sudadera. Y luego vino el lunes, que es cuando nace muy lento el próximo domingo.

Un gran amigo mío, cuyo nombre no digo para no dañarle el matrimonio, siempre dice que él se casó, entre otras razones, pero sobre todo por esa, para que la tarde del domingo no lo cogiera solo en Bogotá. Y hace poco un columnista de este periódico al que leo y respeto mucho, el profesor Moisés Wasserman, escribió en Twitter: “Hay algo metafísicamente torcido en los domingos después de las 5 pm.”. Le respondió Esperanza Gamboa: “Los domingos son el fin del mundo”.

Y es cierto. Solo que lo son desde que el mundo empezó, cada ocho días. Me dirán que no y que el tiempo es una construcción cultural; que el reloj y el calendario que somos todos sin remedio es también una ficción, y que si se nos da la gana podemos hacer de cuenta que aún no es domingo o que ya dejó de serlo. Al menos eso es lo que propone una psicóloga, Diane Barth, quien es experta, según Internet, en combatir el llamado “Sunday blues”: la depresión del domingo por la tarde.

Y es que así se llama en inglés este terrible mal sobre el que se han hecho estudios muy profundos y muy serios. Estudios que demuestran que por lo menos tres de cinco personas en el planeta Tierra lo sufren, y sienten todos los domingos, después del almuerzo, que el cielo se les va cayendo encima a pedazos. Y no hay viernes que dure cien años ni cuerpo que lo resista; a todo viernes, tarde o temprano, le llega siempre su domingo. O aun peor, su lunes festivo.

“El domingo es lúgubre y entre sombras lo paso todo el día”, cantaba Billie Holiday. Aunque me gusta más la versión de Eliseo Diego: “Con la mirada inmóvil del verano / mi cariño sabrá de las veredas / por donde huyen los ávidos domingos / y regresan, ya lunes, cabizbajos”.

 

catuloelperro@hotmail.com