• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

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Juan Esteban Constaín

Libros vemos

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Diodoro de Sicilia cuenta en su Biblioteca Histórica que a la entrada de la biblioteca de Alejandría había una inscripción muy bella que decía: “Hospital del alma”. Es la misma frase que Marguerite Yourcenar le atribuyó a Plotina, la esposa de Trajano, en las Memorias de Adriano; porque ella también la puso en su biblioteca. Aunque quizás ya sea hora de empezar a hablar en español para decir casi lo mismo, que los libros nos curan y nos salvan, nos reparan y nos consuelan. Nos definen, de alguna manera.

Por eso las bibliotecas no son solo el refugio y el hospital del alma, su gimnasio y su taller, sino también, y sobre todo, su retrato más profundo y más fiel. Su espejo. Somos lo que comemos, dicen siempre los médicos, y es cierto; pero somos además lo que leemos o no leemos: las vidas y las ideas y los sentimientos que cosechamos en ese mar infinito que se abre delante de nosotros cuando abrimos un libro y cada página es como el cráter de un volcán.

Sí: ya sé que ahora hay también quienes llevan su biblioteca en el teléfono, y que en él van pasando las páginas como si estuvieran jugando Tetris; hay quienes incluso están jugando Tetris. Pero al final da más o menos lo mismo, porque las lecturas de cada quien –las lecturas o su ausencia, en libros de papel o en tabletas; nada peor que la felicidad obligatoria– suelen ser un rasgo muy elocuente de lo que cada quien es. De su vida, de eso que antes se llamaba su “concepción del mundo”.

Ese es el encanto que tienen siempre las bibliotecas ajenas: que en ellas uno conoce a sus dueños a veces mejor que de cualquier otra manera, y al husmear en sus estanterías estamos también husmeando en la vida de quienes allí tienen desplegado, o tenían, su mundo entero. Libros dentro de los que hay una foto, o una carta, o una flor seca; libros que no tendrían por qué estar allí, y otros que en cambio es increíble que no estén por ningún lado.

Yo con eso, lo confieso, soy descarado y obsesivo y me encanta ver lo que lee la gente. Como un voyerista bibliográfico. A veces incluso quedo mal, en las visitas, cuando me meto sin permiso a la biblioteca y empiezo a sacar libros al azar o por lo menos a leer los títulos de los lomos. Nada me intriga más que saber cuáles eran (o son) los libros de la biblioteca de los escritores a los que más admiro. ¿Qué ediciones hay, de qué año? ¿Qué hace ese libro acá, por qué no está ese otro tan citado?

Es, por supuesto, una fijación letrada y restringida, alguno dirá incluso que ‘elitista’, pues en la historia ha habido millones de seres humanos que no tuvieron ni tendrán jamás ningún contacto con el mundo de los libros. Y no por ello su vida fue o es menos rica o menos intensa, peor ni mejor que la de nadie; y es cierto. Pero la lectura es un rasgo tan importante en la vida de la humanidad que hay quienes se dedican a estudiar sus hábitos y sus fuentes para explicar con ellos toda una época, no solo una biografía.

Hay, por ejemplo, un libro excelente de Timothy W. Ryback sobre la biblioteca de Hitler. ¿Qué leía el brutal tirano y mediocre pintor, qué títulos poblaban su infierno? Ahí, en esos anaqueles, están la explicación y el origen de muchas de las aberraciones que enloquecieron a un país entero, y no cualquiera; ahí están las huellas del horror que vino luego. No en vano me dijo un amigo hace poco: “Menos mal la guerra la ganó la biblioteca de Churchill”.

Se me ocurrió escribir esta columna porque, la inteligencia de Estados Unidos hizo pública la lista de los libros que tenía Bin Laden en su escondite cuando lo mataron.

¿Hospital del alma? Sí, pero también manicomio. Las bibliotecas: extracto bancario de lo que cada quien es.



catuloelperro@hotmail.com