• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

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Juan Esteban Constaín

Ley al viento

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Al general Francisco de PaulaSantander, fundador moral de la república y quien murió inflado como un globoaerostático, retorcido por los cólicos, deshojando el recuerdo de unas platasque le debían, se le atribuye la paternidad de uno de los mayores males deColombia: el legalismo. La obsesión por el inciso y la letra menuda; creer queel cielo en un infierno cabe, como en el Código Civil. Fue suya la famosa frasemotivacional del derecho criollo: “Con leyes que me escuden, hago yodiabluras...”.

Pero siempre me ha parecido unainjusticia esa idea, aunque resulte tan paradójico decirlo a propósito deSantander. Porque en ese aspecto como en muchos otros, el pobre –él y los demáspróceres de nuestra independencia de España; y luego sus hijos y sus hijos ysus hijos– no hizo más que profundizar y honrar el legado español y colonial.Un legado que consiste también en eso: en ese legalismo aberrante y obsesivoque termina por suplantar a la realidad, haciéndola a la vez imposible ytruculenta, trágica y risible. Irreal, inevitable.

No es este, ya lo sé, el lugar niel momento para hacer, otra vez, el juicio histórico o el debate sobre ellegado español en América. Un legado además muy profundo y complejo –creo yo–,al que siempre hay que atravesarle, clavarle, todos los matices posibles parano quedarnos solo con la ‘Leyenda Negra’: solo con el relato de sus crímenes ysu barbarie, que sin duda fueron muchos e innegables. Esa es otra discusión, ouna discusión más grande que aquí apenas puedo mencionar.

Lo cierto es que la conquista deAmérica se dio justo cuando “los destinos de España”, como decía AméricoCastro, cayeron en las manos de la ‘Casa de Austria’: ese tupido aparatopolítico de Carlos I y sus descendientes, los Habsburgo, en el que laburocracia y las intrigas cortesanas y eclesiásticas se reproducían comopiojos, hasta ser el verdadero centro del poder en un imperio que terminaríahundiéndose por su propio peso. Si a eso le sumamos la herencia castellana de infinitosconsejeros e inquisidores y la aragonesa de pajes italianos y bufones, nihablar: un laberinto de pavor.

Ese fue el signo bajo el quenació el imperio español en América, y bajo el que nacieron también lasrepúblicas de los próceres que lo prolongaron con sus ficciones liberales, porlo menos en Colombia. La ley como una especie de sortilegio, la ley como lasolución mágica y sin fondo de todos los problemas. La corona expedía leyes aunpara lo más insignificante y absurdo, pero lo hacía desde la metrópoli, al otrolado del mar, sin saber cuál era el mundo en que esas leyes se iban a aplicar.Creyendo que resolver los problemas en un papel equivalía a resolverlos en larealidad; y era al revés.

Desde entonces por eso acávivimos en obra negra: porque cada tanto nos inventamos otra vez el mundo, conla convicción, quizás válida, de que nada funciona y todo está mal. Pero en vezde tratar de solucionar de verdad nuestros problemas, no sé cómo, escribimosuna ley, o mil, o una constitución, creando así nuevos problemas que serán a suvez resueltos por una nueva ley, o mil, o una constitución. La reforma de todo,todo el tiempo, como la única política de Estado que ha triunfado entrenosotros.

Es evidente que sin leyes no sepuede vivir; es evidente también que muchas leyes han servido para producirgrandes cambios. Pero una sociedad que cree que solo las leyes le van aresolver sus problemas o su realidad y la van a salvar está condenada alfracaso y al absurdo. A más leyes.

Un amigo me dijo el otro día quetenía una solución brillante: una ley estatutaria que prohibiera por un tiempohacer leyes.

El problema, le dije, es que esatambién la vamos a incumplir.