• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

Al instante

Horóscopo para siempre

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Hace poco me llamó una pareja amiga para que fuera a su casa a ver unos libros viejos que querían regalar. Él es un magnífico pensador y académico –uno de los mejores que ha habido aquí– y ella una gran lectora, pero estaban de trasteo y eso implica siempre, como se sabe, un sacrificio doloroso y una purga. Toda mudanza es un incendio al que solo le falta el fuego; se va uno y deja media vida allí regada, en cenizas.

Yo entré a saco, eso sí, y cogí lo que quise, empezando por un libro de Ramón J. Sender que siempre había codiciado pero sin ninguna fortuna, el 'Nocturno de los 14'. Una joya. Y esta vez fue el primer título que me saltó a las manos, como para recordarme esa ley sagrada y brutal y feliz de la bibliomanía que reza: nunca vamos a encontrar el libro que estamos buscando sino solo cuando lo dejemos de buscar. Ahí sí aparece.

Así que salí de donde mis amigos con una bolsa llena de tesoros; como un niño con una bolsa llena de triquitraques. Llegué a mi casa e hice lo que siempre se hace en esos casos: abrir y oler uno por uno cada libro, hojeándolos con la esperanza y la promesa de poder leerlos algún día: la promesa de borracho de todo lector que sabe que su mesa de noche es una biblioteca infinita y sin abrir. He ahí otra ley de la bibliomanía.

Entre los libros que me regalaron mis amigos, además del de Sender, que ya era mucho, estaba también una bonita edición del 'Memorial de Isla Negra' de Pablo Neruda: la de la Biblioteca Clásica y Contemporánea de la Editorial Losada, tan famosa, con el fondo blanco y las letras negras y un dibujo en la cubierta. La misma colección para la que Guillermo de Torre rechazó a García Márquez y le dijo que se dedicara a otra cosa, viejo bruto.

Abrí ese libro al azar, porque no hay libro que no sea también el I Ching, y me salió un poema que se llama 'Deslumbra el día', musical y hermoso como fue siempre la poesía de Neruda aun cuando era mala, aunque no es este el caso: “Nada para los ojos del invierno, / ni una lágrima más, / hoja por hoja se arma verde / la estación esencial, hoja por hoja, / hasta que con su nombre nos llamaron / para participar de la alegría”.

Y justo en esa página había también, quizás a manera de separador de libros, un recorte de periódico, lo leí y era un horóscopo, dice así: “Tendrá que imponerse a las dificultades de un medio que trata de sofocar sus legítimas aspiraciones. Días de separación y soledad le harán notar la verdadera importancia de esa compañía. Ricas experiencias vitales. Dificultad para el estudio. Fatiga, cuide sus nervios. Su número de suerte: 208”.

Tuve la extraña sensación de que de alguna manera la poesía de Neruda, su ritmo, impregnaba el texto de ese horóscopo al azar, aunque cuál no lo es. ¿Lo había puesto mi amigo allí, habría acertado? ¿Me serviría ahora a mí, me podía adueñar de él? Quizás sí: quizás ese sea el mejor método para confiar en el horóscopo, cuando nos encontramos con él como nos encontramos con un libro viejo que ya no estamos buscando.

Eso tienen los libros: que en ellos la gente va dejando, como en los trasteos, pedazos de su vida, pedazos del tiempo que queda allí guardado y congelado. En toda biblioteca duerme no solo lo que está escrito en ella sino también lo que atesoran los libros como cofres: flores secas de una tarde en un parque; cuentas por pagar, nombres, teléfonos. La foto de una tarde en un parque florido.

Mi amigo Guillermo Martínez, el gran librero, me contó una vez que fue a comprar una biblioteca y en un libro encontró varios billetes. Quien se la estaba vendiendo los cogió y le dijo: “Para comprar más libros”.

Debía de ser la página 208.

catuloelperro@hotmail.com