• Caracas (Venezuela)

Juan Esteban Constaín

Al instante

Estupidez natural

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EL TIEMPO. COLOMBIA

 

Dicen que el primer robot de la historia lo inventó, en el siglo IV antes de Cristo, Arquitas de Tarento, quien según Aristóteles fue también el inventor de otra cosa aún mejor y más duradera: el sonajero para que los bebés se quedaran perplejos, felices y callados. El robot era una paloma de madera que volaba con absoluta autonomía, muy liviana y con una especie de caldero adentro para que el vapor la fuera impulsando por doquier. Lo que hoy llamaríamos un “dron”.

Nadie sabe, hasta el día de hoy, qué fue de ese robot y si funcionaba o no. Lo único que queda son los relatos tardíos y salvajes de quienes no lo vieron volar jamás pero sí oyeron alguna vez la historia maravillosa de su inventor, uno de los más grandes de la Antigüedad. Porque ya desde entonces (desde siempre) existía la obsesión humana por fabricar con las manos vida artificial: criaturas de mentiras que se volvieran de verdad; seres que lo parecieran. Como la propia humanidad.

Es el mito de Pigmalión: el escultor que odiaba la lujuria –“de la que todos somos hijos en el mejor de los casos”, decía Anthony Burgess– y que por eso renunció al amor y se hizo célibe y huraño. Pero un día esculpió a una virgen tan bella que se enamoró sin remedio, y fue Venus quien la convirtió en una mujer de verdad para que se pudieran casar. De ahí sale también, más o menos, la hermosa historia de Carlo Collodi, Pinocho: un niño de madera que se vuelve real por el amor de su papá, Geppetto.

En la Edad Media hacer un autómata, un humanoide, parecía ser tan importante como encontrar la piedra filosofal, y no fueron pocos los que lo intentaron: desde el papa Silvestre II hasta Roger Bacon, pasando por los rabinos que sacaban de sus libros un “Golem”, una extraña criatura de la nada. Alberto Magno tenía un androide que se llamaba así y todo: era una gran cabeza de bronce que hablaba sola, sin decir una sola tontería. Cuentan que Santo Tomás de Aquino la destruyó porque hablaba demasiado.

En el fondo es también el mito de Frankenstein: un monstruo creado por el hombre cuando su ciencia desbocada lo lleva a creerse dios; un invento surgido de lo mejor y más digno que puede llegar a tener nuestra especie, el conocimiento, pero salido de control, vuelto en contra de su propio creador. Alguna vez le oí a alguien que el hongo de Hiroshima, la atroz humareda de la bomba atómica, es la sombra de Frankenstein.

Y siempre está ese miedo de que lo que inventamos y creamos para mejorar nuestra vida termine por arruinarla del todo y hacerla aún más difícil, cuando no innecesaria. Como en la típica historia de ciencia ficción que no tiene pierde: el ser humano amenazado y esclavizado por la máquina; nuestra especie luchando por sobrevivir a lo que ella misma produjo para estar más tranquila o más cómoda.

Pero eso, que antes parecía salir solo en los libros de Asimov o en las películas de Terminator, se está volviendo toda una terrible realidad hoy. Es más: no se explica uno cómo nuestra especie sigue tan tranquila, si ya todo lo que vaticinaba la ciencia ficción se cumplió o se está cumpliendo. Todo. Después no nos quejemos cuando estemos sometidos a unos seres mutantes que nos mandan con la voz del rapero T-Pain.

Lo acaba de decir Stephen Hawking en una carta leída la semana pasada durante un congreso mundial de inteligencia artificial en Buenos Aires (o al revés): si sigue como va cultivando aparatos inteligentes, la humanidad tiene sus días contados. Y no solo por culpa de los robots y de T-Pain, no. También por culpa de las neveras que nos regañan, de los teléfonos que ahora son nuestra vida y nuestra memoria.

Carros inteligentes, edificios inteligentes, licuadoras inteligentes. Tanto que son los dueños de sus dueños.