• Caracas (Venezuela)

Juan Carlos Gardié

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Juan Carlos Gardié

Sobre golpe y doctrina
(La hoja de “Papillón”)

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Sacaba mi cartera del bolsillo para pagar la chicha grande que le compré al viejito de la esquina de la Candelaria y me dijo: “Ojo, mi llave, se ve que tiene billete; yo escondería bien esa cartera porque aquí te arrancan el pellejo si te descuidas”; y contesté: “¿Dónde más la puedo poner? El bolsillo es justo para eso”. Él removió fuertemente el hielo con su enorme cucharón y casi gritó: “¡Yo haría como Papillón!” Soltó una carcajada que seguro se escuchó más allá de la plaza y comenté: “Se nota que leyó el libro de Henry Charrier”. Entonces me lanzó esta perorata con ritmo de salsa setentosa y dicción de caraqueño con sabor a tumbadora: “Ese viejo sinvergüenza me regaló uno, firmado y todo, en una librería que quedaba frente al hotel de lujo que ahora parece embajada Batistera, más abajito, donde había un teatro. Todavía guardo una página del libro”.

—¿Una sola página?— dije.

Y como si fuera algo harto sabido por todos, aclaró —Sí. La de la doctrina, la del golpe de febrero del 92. ¿Quiere más canela para la chicha?

—¡No, no!— le dije y continué— esto está muy bueno así, pero por favor, explíqueme esto de la página.
Y el hombre arrancó con su relato cargado de experiencia viva y opinión. Toda una clase magistral. Hasta cambió su postura apoyando su nuevo papel.

—Yo me sabía ese libro de memoria. Era el único que tenía. Mi mujer era maestra en la escuela experimental de la esquina. Esa mujer sabía, mi llave, sabía. Nosotros vivíamos cerca de Miraflores y esa noche de febrero del 92 hubo un alboroto en la cuadra. La gente gritaba ¡tumbaron al gobierno, tumbaron al gobierno! Se oyeron plomazos de todo tipo. Tremendo susto, mi caballo. Nadie lo podía creer: ¡Un golpe de estado! Mi hijo mayor estaba en la academia militar y se la pasaba con un grupito que leía cosas sobre una tal dictadura del proletariado. Me acuerdo clarito. Uno de esos chamos era muy bocón y todo el mundo sabía que su hermano era un “capucha” quema carros de la UCV. Por cierto, que lo vi en estos días por televisión y parece un santico. Ahora se quiere comer vivos a los que hacen lo que él hacía. ¡No digo yo! Mi mujer siempre murmuraba “A mi hijo me lo están adoctrinando, me lo están adoctrinando”. Yo nunca supe de qué me hablaba y tampoco le di importancia. Mi muchacho un día llegó como recitando algo sobre un fantasma que recorría Europa y me dije: me salió poeta el carricito; y mi mujer me vio como perturbada y me dijo en tono grave: “Ya me lo adoctrinaron”. Esa noche del 92 nadie habló de doctrinas, ni de capuchas ni de amigos que leían. Aquello fue plomo, muerte, sangre, miedo. Mi mujer estaba hecha piedra fría con lágrimas. Sin escándalo. La comadre le dijo algo en voz baja y pregunté ¿qué fue? Mi mujer giró, me clavó los ojos húmedos en el corazón y soltó: “Me lo mataron. Primero lo adoctrinaron y le invadieron la materia gris”. ¿De qué hablas? ¿Qué materia es esa? Apenas lograba escucharla por lo bajito que habló y por el ruido de la calle. Me explicó como siempre me explicaba: “Esa es una materia que no dan en la escuela pero uno la tiene aquí, en la cabeza. Cuando en lugar de educarte para ser libre o enseñarte que la cultura abre caminos, te dicen que solo tú tienes razón, que sólo hay un modo de ver las cosas. Cuando los medios estorban si no dicen lo que quieres y censuras y pretendes ejercer una hegemonía sobre ellos. Cuando todo el que no coincide contigo es tu enemigo,  sin darte cuenta te dieron una puñalada y tienes un dogma de hierro entre pecho y espalda. Un entendimiento limitado. Cerrado. Ahí te expropiaron la materia gris, te adoctrinaron. Lo peor es que hay muchas doctrinas, pero cuando una te prensa no puedes escoger, no ejerces tu libre albedrío, te obnubilas. Tú no dices: ésta es interesante y me gusta. No. Te la clavan por la cara y ya. Gríngolas. Algo te hala por la nariz. ¿Militares? ¿en el gobierno? ¿dictadura? ¿golpe de Estado? Ya me veo en unos años enseñando a los niños con figuritas de algún caudillo mesiánico y mi hijo muerto”. Esa mujer sabía, ya se lo he dicho —gimió el viejo de la chicha— pero mientras ella hablaba yo lloraba y decidí prender el televisor. Yo estaba como perdido. Apareció un señor vestido de militar diciendo que no siguieran con el asunto, que “por ahora” no habían logrado lo que se propusieron. Alguien trató de hacerme ver que fue un acto de valentía y responsabilidad. Yo creo que no. Ese señor sencillamente fracasó. Ese grupo que había adoctrinado a mi hijo y a otros se la pasaba en la oscuridad de la noche, como brujos, haciendo juramentos y ni siquiera fueron capaces de dar el golpe que tanto habían planeado, que tanto habían jurado. Bolívar juró pero cumplió. Nos quitó de encima a los españoles. Pero a estos del 92 fue la nación la que los obligó a tomar otro camino. El camino democrático. No fue su decisión. Los obligamos. ¿Por qué? Porque sencillamente fracasaron. Y si reconocer esa derrota es responsabilidad, entonces también están diciendo que son responsables de los muertos. ¡Y ahora vuelven con cuentos! ¿Sabe cómo me llamaron la otra vez en el barrio? Ultraderechista apátrida ¡Dios sabrá! Porque no me metí en una de sus organizaciones. Se dicen patriotas. ¿Y yo? Yo vendo chicha y majarete desde los años 70 en esta misma cuadra, mi llave, y siempre he trabajado. Tengo un primo que estudió, se mudó, se compró un carro trabajando duro y ahora le dicen burgués y oligarca. Yo no quise estudiar pero levanté honestamente a mi familia. Mis otros dos hijos son profesionales y no ponen rodilla en tierra sino ante el Dios verdadero, el Padre Eterno. Solo ante Dios. En estos días llamaban golpistas a otros… ¿y ellos? ¿Y la sangre de mi hijo? ¿Y los muertos del golpe de febrero del 92?

—¿Y qué pasó con la página del libro?— pregunté ansioso.

—En esa página anoté los nombres de algunas de las víctimas de ese golpe. Sangre de compatriotas. Esa página la llevo siempre conmigo. Mire.— Hurgó cuidadosamente en un rincón del carrito del chicha y leyó en voz alta estos nombres— Noelia Lorenzo Parada (9), Román Gaizka Etkarte (20), José Alberto Carregal, Migdalia Antonia Delgado de Marquina (30), Hugo Orlando Villarte Mejías (40), José Enrique Ordaz (44), Gerson Gregorio Castañeda (26), Edicto Rafael Cermeño Joves, Jesús Rafael Oramas (30),  Jesús Aponte Reina (21), José Aldana, Deivis Peña Juárez, Elio José Gamboa, Miguel Escalona Arriechi, Jesús Alberto González, Julio Peña Labrador, Jesús Santiago, Fernando Cabrera, Henry Solórzano, Johnny Cedeño, José Gregorio Garmendia, un distinguido no identificado y una señora que murió en el hospital Urológico San Román. Todos fueron pueblo. Todos tenían familia, planes, vidas. Yo escribí los nombres sólo de algunas víctimas. Si hay víctimas, hay culpables. Dios nos guarde, digo yo. Mi mujer murió en carnavales. Este año. Como una semana antes de morir me dijo: “Viejo, préstame la página de Papillón. Quiero escribir algo al ladito de los nombres de los caídos del 92”. Léalo.

Conmovido, tomé el papel viejo y amarillo. Leí: “Quiero sacar de mi alma un poco de este luto rojo que ya se vanagloria de tres lustros y lo haré en dos partes. Como buena maestra de escuela, adelanto que la parte A es una revelación y la parte B es un poema a la memoria de mi hijo y de los jóvenes que fueron arrancados de la vida por los golpistas del 92.
Revelación: El socialismo del siglo XXI es el mismo del Leonid Brézhnev pero con Internet y con el barril de petróleo a 100 dólares. Poema: ¡Cuánto llanto en las manos! Pronto emergerá victorioso el resplandor matutino del joven en celo de auténtica patria. La sombra se inclinará sumisa ante su Hades y la luz será flor en breve. Hoy, beso alguno de sus pétalos. PD: Viejo, ten siempre esta hoja estilo Charrier, porque pronto, libre, sabrás quién debe llevarla puesta y podrás, personalmente, colocársela en el lugar correcto. Tu amada”.

Terminé con la chicha, vi al viejo llorar y caminé apresurado para relatar cómo Papillón… ¡Vive!