• Caracas (Venezuela)

Juan Carlos Gardié

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Juan Carlos Gardié

Traición en alerta roja (¡La próxima carta…!)

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-¡Ese zamuro siempre fue un traidor agazapado! –Escupió en contenida pero airada nota de barítono disfónico el amargo afrodescendiente. Tenía un cachete hinchadísimo y boina ruborizada. Se encontraba en la sala de espera de mi joven odontóloga, instalado en la primera silla sosteniendo un papel. Acababa de leer la ya célebre carta del exgenio hoy conocido en el partido rojito como Jorge “Judas” Giordani. El paciente tenía una doble emergencia: le explotó un brutal (de Brutus) dolor de muelas y se encontró con la confesión de perversidad, complicidad y caradurismo del Iscariote conductor de nuestra economía, junto con Fidel y el finado supremo, claro está.

Entré justo con el grito sombrío del moreno y me senté tres sillas de por medio. Nadie más en la sala de espera. El aristobuliano masculló:

-Ese cobarde farsante es el culpable de esta debacle económica. Nada justifica traicionar la revolución. No tiene perdón de mi comandante que está en los cielos.

Me senté a su lado y con venenoso falsete pregunté:
—¿Aquí hay debacle económica? –El hombre descargó acerca del exministro:

—Eso sugiere este tipo en la carta. ¿La leyó? –Me preguntó acercándome el escrito.

—La leí antes de ser escrita –contesté–. Viví 15 años viendo día a día cómo se gestaron esos párrafos y también los que calló. Lo más grave es la acusación que hace al extinto máximo líder del proceso como cómplice del excesivo gasto con fines electorales, cosa que Chávez sabía porque el gobierno no daba un solo paso sin su consentimiento. Y ahora con las asesorías francesas, los camaradas chinos que llevan el socialismo en el pecho y el mercado capitalista internacional en sus cuentas bancarias, los barrios que recién descubrió Silvio Rodriguez, el aumento de la gasolina, la consolidación del impuesto matapobres que llaman IVA, la inflación que no pueden detener mientras se administran a discreción arbitraria los dólares; la cosa huele a traición aquí, en Cuba, en China…

Un agudo taladrazo socavando esmalte molar irrumpió en la pequeña sala recordándome que pronto me sentaría en la atemorizante silla para una limpieza dental. Ese olor indescriptible se coló por debajo de la puerta. El moreno peló los ojos con fuerza al tiempo que se escuchó un gemido de quien nos precedía. Allí inicié mi cavilar sobre dejar el asunto para otro día pero me enfoqué en la cara de dolor de mi interlocutor y, mientras lo veía sufrir como viejita en cola para mayonesa, pensé en todos los que hoy olvidan que la traición acompaña al poder, y en nuestro caso va de la mano del partido de gobierno, el cual, ante la ausencia de liderazgo vivo, propone post mórtem a su ídolo como presidente vitalicio. No me extrañaría que nuestro insípido Maduro nombre a José Gregorio Hernández ministro para la Salud y a Cipriano Castro lo coloque frente a la cartera de Defensa.

Mientras tanto, entre magnicidios, fútbol y fantasmas, los venezolanos seguimos resistiendo al hampa común desatada. Afortunadamente, la fulana cartica habla tácitamente sobre el hampa organizada, en particular la de cuello blanco en el gobierno. Considerando que el redactor en cuestión proviene del corazón del poder, se asume que hay verdad en lo que expuso. Claro, sabiendo que él intenta excluirse de toda culpa sin lograrlo.

Todo lo anterior configura una supratraición: la mediocridad francamente antológica de quienes gobiernan, llevando a Venezuela a tomar cuba libre con curare. Como reacción ante mis pensamientos, me levanté y dije en voz alta:
—Mire, señor, la carta que debe preocuparle no es la que acaba de leer sino la que están escribiendo ahora mismo, amparados por la oscuridad y el abuso de poder, algunos de sus camaradas con charreteras junto a los que fortalecen la idea de un Estado dentro del Estado, manejando de manera corrupta para su conveniencia económica, política y personal los dineros de la nación, mientras nuestra gente piensa en espantos y aparecidos, suplicantes de dádivas sin saber cómo generar bienestar con base en la dignidad del trabajo. Esa última epístola vendrá escrita con tinta roja. Pido a Dios no sea sangre nuestra con la que se firme.

Sonó de nuevo hiriente el taladro. Salí de allí a paso firme. Total, el de la emergencia era él. Yo regresaré sin sobresaltos.  En cuanto a ellos, en breve tratarán de recoger sus propios pedazos. Sus cartas lo certifican.