• Caracas (Venezuela)

Juan Carlos Gardié

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Juan Carlos Gardié

Sainetes gubernamentales (Boleros a la carta)

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“… Me hacen más falta tus cartas…”. La voz de Sadel hizo mutis cuando súbitamente se fue la luz.

—Tranquilo, Chucho. A orillas del Neverí la electricidad se esfuma a diario. Ya volverá –le dije al viejo carupanero amante de los boleros y de la política.

—Tendremos que cantar la de Felipe Pirela– dijo en chanza.

—“Sombras nada más” –canté y reímos.

—¿Qué estará haciendo Chacón? –irónico preguntó.

—Nada bueno, Chucho. Lo puedes ver. Mejor dicho, con este latigazo de oscuridad, lo puedes no ver –reímos nuevamente.

—¿Sabías que el bolero que escuchábamos lo escribió un preso político en tiempos de Pérez Jiménez? –preguntó el paisano hurgando mis conocimientos bolerísticos.

—Sí. Era su hija quien le escribía. Como puedes notar, la moda de cartas y presos no es nueva –reflexioné.

—Cierto. Hoy día todo el país está pendiente del género epistolar, cuando se creía arcaico. Cartas de exministros, exmilitares, conspiradores, académicos y, como en el bolero sadeliano, cartas de presos políticos. Parece que olvidan leer las cartas que deben: la carta magna y las cartas del nuevo testamento.

—Yo me asombro cuando veo tanta letra muerta. Para mí, todo está claro –expuso seriamente el natural de Calle Larga.

—¿Claro? ¡Eso es difícil sin la renuncia de Chacón! –exclamé risueño.

—Fíjate –continuó en tono discursivo–. La sustancia ideológica del chavismo no reposa en el pensamiento de Marx, sino en el obsceno genio de Goebbels y su propaganda política nazi. La hegemonía mediática es intrínsecamente una perversión de cualquier régimen que usando una paradoja, se autoproclame democrático. Este monopolio pretendido evidencia el afán pro absolutista de quienes ejercen el poder, mientras sus variados métodos de implementación revelan la creación de un mundo bizarro que va de la mano de una praxis política corrupta, burocrática y lejos de cualquier asomo de probidad y eficiencia. Manda lo mediocre. Mandan una suerte de enmascarados en sainete con frente divertida imitando a Guinand sin éxito, pero en verdad es una tragedia griega sin túnicas ni coturnos pero sí con vistosos disfraces. El circo del gobierno de calle y los neoautos sacramentales en el mundo militar, donde mal recitan textos de un pensamiento mito-mágico francamente ridículo, hacen que se les vea la costura porque no saben hilar fino. ¡Ni siquiera se toman la molestia de mentir bien! Todo esto me hace pensar que podría escribir no una carta, sino una cartica, casi telegrama. ¿Te la describo, grosso modo?

—Dale, Chucho. Antes de que vuelva la luz –dije–. Para escucharte como si fueras radio. Así llevo mejor esta calurosa noche.

—Bueno. La resolución de este sainete gubernamental pasa inexorablemente por la unidad de la oposición o resistencia, como quieras llamarla. Esta unidad, ante difuminados liderazgos, debe girar en torno a un proyecto sólido común. El diálogo virtuoso no es entre gobierno y oposición: es entre los que no somos poder. La llamada Mesa de la Unidad debe ser la mesa del diálogo para ponernos de acuerdo nosotros. Luego de la unidad, el foco es cambiar de gobierno por la vía constitucional. Olvida el cambio de sistema si no hay cambio de gobierno. Agrega a la fórmula la manifestación continua en las calles, con creatividad, conciencia y en el marco constitucional. Súmale logros precisos que vayan obteniéndose en progreso, presionando no por una nueva Constitución sino por la renuncia del presidente y su gabinete para exigir la realización de elecciones. Agrega algo de unión cívico-militar auténtica, no de esa panfletaria que pregona Miraflores. Por último, ¡muchos votos para que no valga trampa alguna!

—¿Y cómo podemos hacer eso, paisano? –pregunté.

—Ya comenzamos, paisano. Esas cartas y esos boleros no van al vacío. Muchos estamos viendo con diafanidad –acotó con entusiasmo.

—Claridad sin luz. ¿Qué te parece?– dije.

—La luz es la de adentro. Si dejamos que la electricidad controle nuestros derroteros, nuestro destino es sombra –sentenció.
Y llegó la luz. Recordé la carta del apóstol Pablo a los Efesios: “… La unidad en el vínculo de la paz”.