• Caracas (Venezuela)

Juan Carlos Gardié

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Juan Carlos Gardié

Guiso dactilar
(Doble ración)

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—La franqueza no nos exime de la cortesía, Josefa, pero resulta difícil expresar la clara realidad de nuestro actual país, sin soltar al menos una “joya” del lenguaje, como, por ejemplo, para hacer honor a los jefes de nuestros jefes: “Nos quieren poner a comer mier…”.

—¡Cállate, zamuro, que invocas a más de uno! –interrumpió abruptamente Indio Cordero a Pelo’e Muñeca. Estábamos junto a Pepa Lola en su casa luego de ver y escuchar la alocución en la que nuestro presidente decía algo que se puede sintetizar en un “sí pero no”.

—Esta gente insiste de un modo obsceno en aplicar la frase gatopardista “Hay que cambiar las cosas para que todo siga igual” –acoté, y Pelo’e Muñeca saltó:

—¡Tú siempre con tus frases de libros viejos, primo! Pero lo cierto es que nos tienen montados en una olla que no vamos a permitir enciendan. Ese señor simplemente cree que somos idiotas y, ciertamente, más de uno lo es, pero yo no. Yo no me chupo el dedo y, por suerte, la mitad del país tampoco. Ellos dicen que tienen una militancia de más de 7 millones de venezolanos, pero sabemos que en su celebrado III Congreso no votó cerca de 90% de rojitos. Eso es lo primero: la precariedad de su mayoría y la ilusión falsa de poder absoluto por su política de supremacía mediática. Ellos son una mentira. Ellos no son Venezuela, y la mitad que no rinde culto al recuerdo de su líder histórico, con base en un paradigma mito-mágico que ahora osa igualarlo con el Dios padre de Jesucristo, parece olvidar que somos una fuerza que no puede ser arrasada por este nuevo opio social inventado y alimentado por el socialismo del siglo XXI. ¡No se equivoquen!, aquí estamos aún y el auténtico Dios no nos dio un espíritu de cobardía, sino de poder, amor y dominio propio. Todo lo podemos en fe, esperanza y acción. No nos pisarán.

—Muy bien. Eso es lo primero. ¿Y lo segundo? –interrogó Cordero sinceramente interesado.

—Lo segundo es la grave pero ya demasiado manoseada estrategia propagandística que termina por culpar a otros de los desastres propios de quienes tienen la responsabilidad de gobernar, particularmente en relación con el asunto económico. ¡El Estado venezolano generó la situación que colocó nuestra moneda en el subsuelo y la inflación en las nubes mientras destrozaron el aparato productivo, pero terminamos ante la pretensión no constitucional de ser marcados como ganado con máquinas y tatuajes. Siempre soñé con dejar huellas de mi paso por la vida… ¡pero no frente a una caja de supermercado! Si hay contrabando, hay delito. Si hay delito, hay delincuentes. Siendo así, atrapen a los delincuentes con trabajo de inteligencia policial, porque no somos los venezolanos de a pie los culpables del desabastecimiento, son otros. No tienen derecho de racionar mi posibilidad de adquirir lo poco que hay. ¡Hagamos juntos una Venezuela productiva creando, no expropiando e hipercontrolando! Mucho menos racionando. De modo que nos están montando un doble guiso: el guiso del billete, porque detrás de esto hay grupos beneficiados y el guiso propagandístico de pan y circo, cuyo principio es distraer y hacernos pensar que en el gobierno son santos y nosotros los malos de la película –concluyó el primo.

Todos guardamos silencio. Sigue presente esta especie de luto rojo que se vanagloria de tres lustros y hace mella en las mentes y corazones de quienes inocentemente creen que las captahuellas beneficiarán a los pobres y darán una estocada a los corruptos. Los corruptos están donde está el dinero no auditable y ese billete está en manos del gobierno. Por cierto, el Padre Nuestro es una oración que Jesucristo enseñó personalmente a sus apóstoles, no un poema versionable con fines proselitistas que van en contra de los principios del evangelio. Entonces: ¿son los rojos cristianos, como su líder extinto pregonaba ser, o son un simple mar de confusión y manipulación que ni siquiera ustedes entienden? Creo que el sentido común también está en las bolsas atiborradas de dólares de la burocracia rotante, creando desabastecimiento de cordura y sano juicio. Esto no sorprende… pero apena.