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Juan Carlos Ballesta

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Juan Carlos Ballesta

PINK FLOYD: Endless River

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¿Qué podía esperarse de un disco de Pink Floyd 20 años después de su último trabajo en estudio y apenas el tercero en 30 años sin Roger Waters? Aquel The Division Bell (1994), presentó a un grupo convertido en corporación al mando de David Gilmour (guitarra, voz), con Nick Mason y Richard Wright haciendo sus acostumbrados aportes, pero ya disminuidos en importancia: batería lánguida con ráfagas de energía y teclados espaciales y atmósferas etéreas. Floyd estaba soportado entonces por Guy Pratt (bajo), Jon Carin (teclados), Gary Wallis (percusión) y Bob Ezrin (producción).

The Endless River es, casi con seguridad, lo que cabía esperar –dadas las circunstancias– de una banda improductiva por tanto tiempo. Y, cabía esperar poco. Por lo tanto, las sorpresas sobran. No es un secreto que Pink Floyd como entidad creativa dejó de producir hace mucho más de 20 años. De hecho, ya en The Wall (1979) habían dejado de funcionar como el engranado y altamente creativo cuarteto que produjo obras definitivas para la historia del rock y que sirvieron también de inspiración para la escuela berlinesa de música electronica, particularmente Tangerine Dream. De modo que desde Animals (1977), el último disco fruto del trabajo grupal, a este álbum, median no solo 37 años, sino un abismo en inspiración e innovación.

¿Necesitaba el inmenso e influyente legado de Pink Floyd de este disco? Probablemente no. Aunque solo suma un nombre más a su discografía, aporta muchísimos millones de dólares a las arcas de los miembros sobrevivientes y a la disquera. Según Amazon, ha sido el disco con más pedidos previos a su lanzamiento de la historia de la tienda virtual.

The Endless River parte de las sesiones inéditas realizadas durante el proceso de The Division Bell, en el que originalmente se pensaba incluir largas sesiones instrumentales conducidas por los teclados de Wright. Finalmente esa idea no cuajó y decenas de horas de grabación quedaron engavetadas por años. Gilmour y Mason decidieron recuperar esa idea con la premisa central de homenajear a su compañero fallecido en 2008. Para ello escucharon más de 20 horas de aquel material y reconstruyeron parte de esas grabaciones, agregando baterías, guitarras y algunos otros elementos. Solo el tema de cierre “Louder than Words”, cuenta con la distintiva voz de Gilmour y los textos de Polly Samson.

Los 46 minutos que preceden a esa canción son instrumentales, y durante ese tiempo es posible pasearse por momentos que recuerdan a “Shine on Your Crazy Diamond”/ “Welcome to the Machine” (“It’s What We Do”), “Echoes” (“Sum”), “Careful with That Axe, Eugene” (“Skins”), “Us and Them” (“Anisina”) y pasajes guitarrísticos de The Wall (“Allons-Y”), aunque –bueno es decirlo– gran parte de las piezas se presentan casi como interludios inofensivos con aroma new age. Precisamente el sonido de los teclados es el que contribuye primordialmente a esa sensación de estar escuchando un disco descafeinado, sonidos producidos por teclados digitales de hace más de 20 años para un disco (The Division Bell) no precisamente vanguardista. El balance es el de un trabajo prescindible, aunque con momentos rescatables. Uno de esos álbumes que se escuchan tres veces (por respeto a Pink Floyd) y luego al olvido. 

Siendo Pink Floyd uno de los grupos con mayor legión de seguidores en el mundo y más ventas globales, es probable que con este trabajo la indulgencia sea la norma, dada la larga espera por un nuevo disco y la siempre esperada reunión con Waters, que una vez más no se concretó. Desde el punto de vista artístico, Gilmour no necesitaba este disco. Sus aportes en solitario son, aunque pocos, lo suficientemente buenos como para no tener que acudir al nombre de Pink Floyd a estas alturas. Mason, propietario del nombre, quizá sí lo necesitaba.

Todo sea por homenajear a un gran amigo.