• Caracas (Venezuela)

Juan Barreto

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Juan Barreto

Hacia un horizonte emancipatorio

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Unos de los puntos de inflexión con los que tropieza el pragmatismo político una y otra vez es precisamente la reducción de lo político a la manipulación instrumental de la coyuntura. La obsesión funcional por la estabilidad de los sistemas políticos despoja de cualquier contenido trascendente al espacio público. La fijación dogmática en el concepto de “equilibrio” hace de lo político un territorio vacío donde las reglas, las formas y los procedimientos ocupan casi por completo el imaginario de los operadores. En esas condiciones el debate democrático remite indefectiblemente a un permanente careo sobre el orden jurídico (que en otras dimensiones, por cierto, adquiere una enorme relevancia); las querellas quedan generalmente atrapadas en el orden empírico del análisis de sistema, la contabilidad electoral o la medición de opinión. Los imperativos funcionales desplazan cualquier preocupación sobre la naturaleza de los sistemas políticos, sus lógicas subyacentes, sus tramas de poder, en fin, sobre los contenidos profundos que habitan las redes de prácticas y discursos en la vida pública.

Las concepciones empiristas de la democracia, su irresistible propensión a privilegiar el orden instrumental, la reducción de lo político a la esfera institucional, constituyen los vectores de una manera de entender la democracia con un amplio historial de largo trayecto de la modernidad en todo el mundo. Esa visión ha sido históricamente el sustrato ideológico de modelos de dominación en los que conviven perversamente las tramas de coerción, hegemonía y explotación con parafernalias institucionales de corte representativo retóricamente ensalzadas en nombre de la democracia, así funciona el aparato ideológico de la oposición venezolana, de allí su articulación discursiva y plana de la democracia.
 
En América Latina este simulacro ha sido desplegado hasta el paroxismo. Una modernización forzada en el orden tecno-organizacional, sustraído de los contenidos culturales de la modernidad política que venía de Europa, salpicado de formas democráticas de variada intensidad. En todos los casos imbuidos de una proverbial tendencia a la exclusión, a la consagración de asimetrías sociales espantosas, a la reproducción de una obscena división de la sociedad entre minorías opulentas y mayorías depauperadas.

Con la revolución bolivariana fue preciso desbloquear esa agenda para que el debate democrático pudiese recuperar la dimensión sustantiva de las relaciones sociales que fundan la naturaleza de un régimen político.

Siempre hay que discutir hasta sus últimas consecuencias todo lo atinente a las formas institucionales de la democracia (que no son ni “neutras” ni “universales”). Discusión esta que impacta decisivamente no solo el régimen argumentativo desde el cual se está leyendo lo político, sino los contenidos que están portados en las alternativas en disputa (democracia participativa versus democracia representativa) en los ensayos de nuevos formatos para la democracia, en las diversas propuestas y experiencias que apuntan hacia un horizonte emancipatorio. Adicionalmente conviene subrayar la singularidad de esta discusión en el contexto de América Latina: encontraremos modalidades de articulación entre una determinada cultura política y la dinámica de los sistemas de gobierno realmente existentes.

Este debate está en deuda con el marco global en donde se inserta hoy la discusión epistemológica de las ciencias políticas. Terreno este en donde las disputas revelan grandes dilemas intelectuales que están lejos de haberse zanjado. El campo específico de la cultura política como ámbito de investigación es apenas una de las dimensiones de este agudo debate. No podemos ocuparnos de esta agenda en su integralidad pero es evidente que se derivan importantes consecuencias en cualquier esfera particular donde se sitúe el análisis.