• Caracas (Venezuela)

Juan Barreto

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Juan Barreto

El consumo y la mediática

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La condición de posibilidad de una hegemonía pasa por el surgimiento efervescente de muchos atractores extraños, es decir, un núcleo central de líneas irregulares, punto de cruce de líneas de fuerzas convergentes, que poco a poco se van aglutinando alrededor de una polaridad confrontada a otra. Un lugar de entrada y potenciación de las fuerzas emergentes.

El creciente descentramiento del mundo y la proliferación de nuevas tecnologías, particularmente después de la Segunda  Guerra Mundial y, en especial, luego de la década de los sesenta, con la revolución de los nuevos materiales y nuevas tecnologías, aceleró el devenir de una acusada división jerárquica del trabajo y una también creciente estratificación de las capas intermedias dentro del proceso productivo; asimismo, estableció las condiciones para nuevas formas de opresión y control pero también de lucha y resistencia al capital.

Un ejército de burócratas, técnicos e ingenieros, profesionales de distintas disciplinas, afiliadas al Estado y a las industrias privadas, engrosarán las filas de las grandes capas medias. Este sector, desde el punto de vista de su posición con relación al capital y dentro del modo de producción dominante, debería existir opuesto a este. Sin embargo, como lo detectara Gramsci, dado su alejamiento del proletariado y la producción directa, se afilia mansamente a la cultura del consumo y al discurso de las necesidades desde formas de integración y reconocimiento ideológico.

Asimismo, las nuevas formas de producción inmaterial, hoy dominantes, hacen que vastos sectores medios de la población tengan como únicos vínculos el consumo y la mediática, es decir, al mercado con toda su metafísica relacional.

Gramsci en una carta dice: “Desprecian al proletariado porque temen convertirse en parte de él. Envidian y admiran a la burguesía, a la cual imitan de una manera grotesca, sin el rubor de caer en el más obcecado fanatismo ridículo”. Sin embargo, la revolución como proyecto necesita de ellas y debe acordar un espacio para la expresión política de su existencia cultural, impactando sus valores sin atropellar su forma de vida. De manera que las aspiraciones de clase son el terreno cultural donde se juega la suerte de un proyecto de cambios. Es decir, los mundos de la vida, las aspiraciones simbólicas y sus formas de realización materiales, son también un escenario en la confrontación de clases.

El capital organiza por lógica de supermercado. Suerte de estantería móvil por cuyos anaqueles circulan las clases en diferentes asociaciones y posiciones tácticas. El capital homogeniza por desagregación y dispersión, y crea así la idea de diferencia, autenticidad e individuación. Surge entonces una sensibilidad política colectiva, que admite “la diferencia” a partir de distintos núcleos de filiación, que algunos autores han llamado tribus urbanas, para dar cuenta de nuevas formas de socialidad y nuevos campos emergentes.

Así, surge un nuevo tipo de movimientos sociales desde las capas medias, más vinculados a estilos de vida, al gusto y al consumo. Estas prácticas grupales se anclan en factores como la moda o determinados tipos de hábitos que a veces tocan reivindicaciones y se entroncan a luchas concretas. Se trata de una subjetividad cuya sensibilidad hace la diferencia, creando formas y dispositivos expresivos, materializados en representaciones, juicios enclasados o extraídos de otras clases; gustos, propensiones, sueños, consumos, creencias; en fin, sentido común. Es decir, repertorios sociales estilísticos que no son otra cosa que un campo de producción simbólica, casi siempre asociado a la cultura hegemónica dominante a la que no todos tienen acceso. Es también lugar material del surgimiento de distintos movimientos a partir de demandas también distintas. Incluso la base de experiencias que devienen fascistas. O, por el contrario, si se radicalizan a la izquierda, son nido para que fertilice el vanguardismo ultroso.