• Caracas (Venezuela)

Juan Barreto

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Juan Barreto

Rostros aborrecibles

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Algunos intelectuales de izquierda han denunciado al peligro del resurgimiento de un viejo problema: El vigor de nuevas corrientes fascistas. Hagamos un poco de historia para contextualizar ese debate. Según Franz Leopold Neuman en Behemoth: The Structure & Practice of National Socialism, 1933-1944, el fascismo fue la complicidad absoluta entre el gran capital y el Estado. Es decir, donde los intereses del gran capital pasan a ser los intereses que mueven a la política, se anda muy cerca el fascismo. También el fascismo constituyó la respuesta contrarrevolucionaria a todos los intentos de avance decisivo en la construcción del socialismo.

Se afirma constantemente que el fascismo niega la lucha de clases, pero debemos tener claridad en que detrás de una retórica de unidad, conciliación y colaboración de clases; el fascismo es el brazo político-militar del mando del capital en ella. Aterroriza a los estratos populares, urbanos y rurales, intenta construir una “línea de penetración y reclutamiento de masas” en la clase media y la masa popular marginada utilizando el descontento y la desmoralización provocado por la crisis económica, contra la izquierda y la clase trabajadora organizada en el movimiento sindical revolucionario, utiliza grupos de choque y bandas armadas como paramilitares para reducir por la fuerza bruta a socialistas, sindicalistas, obreros y movimientos sociales.  
Líderes fascistas fueron Mussolini, Hitler, Franco, Pinochet y toda la pléyade de dictadores que, apoyados por Estados Unidos, las oligarquías y las fracciones del Gran Capital, intentaron detener por la fuerza el avance de las luchas de la multitud popular hacia la comuna y el socialismo.

Ciertamente en medio de los efectos devastadores de una crisis económica marcada por fenómenos de estanflación (estancamiento - depresión económica + inflación),  se crean algunas de las condiciones de posibilidad del fascismo. Así mismo, un clima de resentimiento y revancha social que incuba los fenómenos psicosociales de “la personalidad autoritaria” (Adorno dixit) o la estructura de carácter sadomasoquista asociada al “Miedo a la libertad” (Fromm), acompañan a fenómenos de degradación moral como efecto de la experiencia bélica, ya sea producto del avance concomitante de las fuerzas socialistas.

El fascismo convoca a las masas reaccionarias, pero es parte de una apología del destino manifiesto de la minoría selecta.  La mayor parte de sus dirigencias vienen de las clases altas e instauran sistemas jerárquicos y autoritarios.

Como ha planteado Luis Brito García: “Fascismo y  capitalismo tienen rostros  aborrecibles que necesitan máscaras. Los fascistas copian  consignas y programas revolucionarios. Mussolini se decía socialista, el nazismo usurpó el nombre de socialismo y se proclamaba partido obrero (Arbeite); en su programa sostenía que no se debía tolerar otra renta que la del trabajo.  Por su falta de creatividad, roban  los símbolos de movimientos de signo opuesto. Los estandartes rojos comunistas y la cruz gamada, símbolo solar que en Oriente representa la vida y la buena fortuna, fueron confiscados por los nazis para su culto  de la muerte”.

Por tanto, es preciso conjurar a través de la praxis revolucionaria (unidad de la teoría crítica radical y la praxis política revolucionaria) el “Retorno del Monstruo”. El fascismo retorna como rostro oculto del monstruo de la derecha imperial a través de diversos síntomas de nuestro tiempo y de la escena contemporánea: racismo, discriminación étnica, neoliberalización espiritual, sobreexplotación del trabajo asalariado, xenofobia, violencia contra las minorías, búsqueda de identidades populistas de derecha, anticomunismos reciclados y neo-fundamentalismo reaccionario.