• Caracas (Venezuela)

Juan Barreto

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Juan Barreto

Redes, el partido como instrumento

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La construcción de un bloque social histórico y su expresión hegemónica no es sólo el producto de la casualidad o del voluntarismo. Es el resultado de la acción política dentro de unas condiciones de posibilidad; es la síntesis de todas nuestras luchas, avances, retrocesos, aciertos y errores. Es la materialización misma de esas luchas, un proyecto hegemónico como solución a la crisis orgánica. Redes no es un partido en el sentido clásico, tampoco un proyecto organizativo para una coyuntura cualquiera (llámese elecciones). Es un esfuerzo que lucha por la consolidación de una nueva hegemonía popular y revolucionaria.

Aun hoy nuestras fuerzas sólo han logrado una suerte de equilibrio transitorio al interior de la lucha por la hegemonía, una correlación de fuerzas a nuestro favor. Pero eso a su vez quiere decir que apenas estamos en la construcción de un bloque social con la suficiente capacidad de hegemonizar a la sociedad toda, a fin de garantizar que el debate no sea ya, directamente, con las fuerzas de la derecha más reaccionaria, sino más bien con sectores afines con distintos matices. No hemos reducido el fascismo a una mínima expresión inocua. La verdadera esencia de la revolución se juega allí. Tenemos que romper el equilibrio transitorio en el que nos encontramos y acelerar el ritmo sin perder la iniciativa, pues si no avanzamos nos estancamos, a riesgo de retroceder. Es decir, debemos romper con el inmediatismo tacticista de la pequeña política.

Estas deficiencias son, en última instancia, problemas universales que enfrentan y enfrentarán los revolucionarios de todos los tiempos y confines. La orientación en el periodo de construcción determina la transición a una nueva hegemonía.

Solucionar buena parte de estas dificultades pasa por un momento de rectificación, que enfoque el quehacer político hacia la orientación y canalización de la potencia de las prácticas revolucionarias que hoy surgen en el seno del pueblo. Esto significa, a su vez, reorientar el espolón de proa del partido hacia “los poderes creadores del pueblo”. La mayoría de los cuadros del partido, por ejemplo, deben ser a su vez líderes populares, con inserción real y directa en el movimiento popular. El partido debe ser la suma organizativa de las pasiones humanas y un intelectual colectivo que aprenda haciendo.

No pretendemos sustituir al movimiento popular, debemos acompañarlo e impulsar sus múltiples formas organizativas, haciéndonos parte del proceso de crecimiento y maduración. El partido es una parte que aspira a la totalidad, pero la totalidad se estructura desde el bloque social, desde el complejo partidario que reposa en el poder directo del pueblo, en nuestro caso, organizado en consejos y comunas, en colectivos y movimientos sociales.

El partido no puede ser asumido desde una relación de propiedad. Si se asume la militancia de esa manera, el resultado será el sectarismo. De manera que es instrumento en la conformación del bloque social histórico, de lo contrario se convierte en un fin en sí mismo. Cuando esto ocurre el partido se erige como única forma de acceder a las ventajas del poder del Estado, y esto pervierte su papel y conformación.

Los movimientos sociales no pueden ser vistos como frentes o apéndices del partido y sus lógicas, sino como la sociedad que se hace a sí misma en el despliegue eterno y permanente de nuevas formas de existencia política, a partir de su poder constituyente como acontecimiento. Un bloque social implica alianzas de distintas capas en torno a un proyecto. Las prácticas que surgen serán la base que reterritorializa las nuevas memorias, registros sensuales, archivos, etc. Se trata del surgimiento de otros lugares de referencia discursiva de orden político, en torno al deseo y sus demandas.