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Juan Barreto

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Juan Barreto

Mayo 68: estudiantes y clase obrera

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 “Mayo del 68 sigue siendo un electroshock”.
 Edgar Morin

Sobre Mayo del 68 podemos decir que hay dos tipos de memoria: la primera es una memoria despolitizada que trata, desde hace más de 40 años, de borrar su talante político, reduciéndolo a una mera revuelta estudiantil, a un conflicto generacional o a un asunto de liberación de las costumbres. Esta memoria funciona estereotipando o banalizando el Mayo Francés en un amplio espectro que abarca miradas de la izquierda y de la derecha: en ellas, Mayo del 68 aparece bien como un momento que, visto nostálgicamente, hizo posible modernizar nuestras sociedades; bien como el origen del actual desorden en los comportamientos y visto, en consecuencia, como algo deplorable.

La segunda es una memoria política: una memoria colectiva y anónima que resulta conflictiva con el presente; entre otras razones porque recobra la potencia de la gente cualquiera para cuestionar el orden social, para resistir a las formas de dominación y para crear nuevos modos de existencia individual y social cruzados por el efectivo ejercicio de la igualdad, de la justicia social, de la libertad y de la solidaridad. Porque habla de los espacios de aparición en el espacio público de los excluidos y de la toma de la palabra contra todos quienes pretenden hablar y decidir por ellos.

Porque reaviva la lucha por una sociedad más igualitaria y más justa, por una vida más libre y digna; porque el recuerdo vivo del 68 ayuda a cuestionar las ideas dominantes, tales como: que la realidad se cambia desde arriba, que los partidos políticos nos representan y propician la democracia, que la política pasa obligatoriamente por negociar intereses antagónicos, que los movimientos ciudadanos son meras formas de presionar a los poderes gubernamentales, que los pueblos son incapaces de tomar las riendas de sus propios destinos.

Por ello, es necesario el rescate de la memoria política del Mayo Francés, que habla del conflicto con el poder; revisar sus consignas que testimonian la crítica social envuelta en este acontecimiento; por eso debemos buscar siempre  textos de activos participantes en el Mayo del 68 y de algunos pensadores de la época, los cuales continúan siendo una fecunda fuente para las luchas del presente, que, desde la recuperación de esta memoria política, buscan mostrar lo que viene a decirnos ese acontecimiento y su pulsión revolucionaria más de cuarenta años después, o para decirlo de otra manera, mostrar la actualidad de esa memoria en un mundo tan cambiado como el que vivimos.

En aquellos años, junto con el avance de la economía se daban los avances científicos, repercutiendo velozmente en la vida cotidiana: la televisión, los productos de plástico, los automóviles. La joven generación de entonces surge como una gran fuente de consumo, de modo que el “progreso” se les mostraba con todas sus evidencias. Y surge también la posibilidad del cambio, en medio de un mundo en ebullición donde todo parecía destruible y cambiable: Estados Unidos, la gran potencia, estaba siendo puesta en jaque por el pueblo vietnamita, al tiempo que la rebelión negra se extendía y radicalizaba; la resistencia argelina derrotaba a Francia; en Italia, el movimiento estudiantil revolucionario crecía junto con los movimientos obreros; en la República Federal Alemana, los jóvenes del Partido Socialdemócrata se rebelaron contra sus tradicionales dirigentes; en Irlanda, se retomaba la lucha contra la dominación británica que respondía con fuertes represiones; África se descolonizaba con sus luchas; América Latina vivía la experiencia del surgimiento de movimientos guerrilleros. En este panorama se ubica el Mayo Francés.

De modo que la revuelta de mayo no surgió de improviso, y estuvo asociada al movimiento de la clase obrera que, desde comienzos del año 68, llevó a cabo varias huelgas que sacudieron al país, como la huelga de Caen, en el sector de los astilleros y el de la aeronáutica. Fueron huelgas que se radicalizaron rápidamente ante la represión policial, tal y como también ocurrió con las protestas estudiantiles. Así, una parte considerable de la población francesa de 1968, especialmente de su juventud, mostraba su resistencia a toda forma de ejercicio del autoritarismo. Esta resistencia se desplegaba en la Francia del 68, no solo por las razones comunes al resto del mundo occidental, sino también por razones específicas. Francia despertaba de dos pesadillas coloniales: primero, la de Indochina y, luego, la de Argelia.