• Caracas (Venezuela)

Juan Barreto

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Juan Barreto

Apuestas políticas

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Cuando se habla de chavismo se está hablando de manera correcta, se está hablando del sujeto conceptual de la revolución bolivariana, y a nosotros eso nos parece muy bien. Estamos hablando del nombre propio que pone rostro a un proceso múltiple. La línea de visibilidad o rostricidad. Rostro que va más allá de los partidos, que significa para la mayoría del pueblo la esperanza; un discurso y una práctica ético-política. Que no es otra cosa que un sujeto conceptual, tal como lo presentan Deleuze y Guattari (en el libro ¿Qué es la filosofía?); cuando uno habla, por ejemplo, de Mahoma o de Cristo, uno sabe más o menos de qué está hablando; cuando uno habla del Che Guevara, también uno sabe más o menos de qué está hablando. Es decir, los hombres, los seres humanos podemos encarnar ideas, y el nombre de una persona puede ser sujeto, adjetivo y sustantivo, de manera que es correcto hablar de chavismo. El chavismo es el nombre propio que pasa a ser nombre común de un proceso, y cuando eso ocurre es porque un proceso deviene en forma madura, al punto de que es caracterizado desde un nombre propio que registra su devenir. Entonces estamos en presencia de lo que llamamos la aparición de las condiciones de un nuevo sujeto. Es decir, el camino que lo lleva a la construcción de un bloque hegemónico está allanado. Unir a todos los chavistas en torno a un programa entusiasta, más allá de los partidos, es una tarea irrenunciable.

Dicho de otra manera. Sabemos que existe una revolución en Venezuela, porque estamos en presencia de un nuevo sujeto que puede ser enunciado y que además lo es como un nombre propio, es decir, que ha construido una línea de visibilidad tan gruesa que cabe en el nombre de una persona; podemos nombrar un sujeto colectivo ya como si fuera una persona, dada la naturaleza de la unidad en la diversidad de esa nueva multiplicidad que se ha hecho visible, es línea de visibilidad. Podemos decir, por ejemplo, “bolivarianismo y chavismo”, con visión de paralelaje. Porque ambos constituyen una cadena de equivalencias discursivas que hacen la relación simbólica entre el discurso y el deseo.

Estamos hablando de distintos enunciados de un mismo sujeto, desde sus distintas líneas de visibilidad, de fuerza, de segmentaridad y de territorialidad que construyen esos puentes y equivalencias. Por eso, el Polo Patriótico apunta hacia la liberación de las fuerzas hegemónicas para lograr un bloque social. Es por eso que insistimos en que el chavismo debe ir más allá de un partido o de un movimiento. Su alcance objetivo es el mismo que el del proyecto así nombrado.

De manera que el chavismo es una totalidad discursiva en movimiento que prueba y ensaya distintas formas organizativas desde donde actuar y, como tal, leer la contradicción capital-trabajo, al mercado, al Estado y a la sociedad. Entender que el chavismo no es un partido es el primer anclaje de un chavista. Anclaje de la alta política en términos gramscianos.

Se trata de una voluntad ético-política común, que intenta romper con el ciclo de reproducción ampliada de la lógica de sentido de eso que llamamos capitalismo. Sabemos que el chavismo, como movimiento de fuerzas, trata de prácticas que vamos desplegando y que tratamos de ir ensamblando, ir consiguiendo, ir dirigiendo. Entonces, podría pasar que algunas de esas líneas de fuga se crucen, se complementen, yuxtapongan u opongan; que algunas de esas experiencias se desvanezcan mientras que otras fructifican. Que otras experiencias devengan en nuevas prácticas que se desplieguen construyendo otra socialidad hegemónica hacia un nuevo socialismo. Podría ser incluso que algunas de nuestras más caras apuestas político-organizativas termine por represar y relentar al movimiento general o, por el contrario, acelerarlo de manera incontrolable. Así que la organización no debe ser ni apuesta caótica ni camisa de fuerza del movimiento.