• Caracas (Venezuela)

José Rodríguez Iturbe

Al instante

José Rodríguez Iturbe

El nudo gordiano del chavismo (II)

autro image
  • Tweet:

  • Facebook Like:

  • Addthis Share:

Todos sabemos lo que pasó después de la Independencia. La malsana búsqueda tutelar de las espadas abrió las compuertas de un caudillismo que muchas veces no era más que bandolerismo. El poder, con esa visión enferma, se afincó en el imperio brutal de las armas, no en el respeto a la condición humana ni en la armónica concepción de la vida social. La mutua referencia de persona y bien común que se estudia en la filosofía social era, para tales especímenes de nuestra fauna política y militar, terra incognita, como titulaban los mapas antiguos las zonas aún no holladas por la planta de los exploradores y cartógrafos. Separada Venezuela de la Gran Colombia, el intento de gobierno deliberativo iniciado en 1830 llegó hasta 1847, con José Tadeo Monagas. Gratia arguendi, brinco con garrocha el trágico incidente de la llamada Revolución de las Reformas, en 1835, contra José María Vargas, que dio al traste con el primer intento de Presidencia civil, después del colegiado de la I República. Allí, diciéndose bolivarianos, figuraron en la conjura contra el albacea del Libertador y Rector de la Universidad de Caracas, próceres como Santiago Mariño, el Libertador de Oriente, y José Laurencio Silva, Comandante de los Húsares de Colombia, en revoltijo que golpea al olfato, junto con Pedro Carujo, el del atentado septembrino (25 de septiembre) contra Bolívar en la Bogotá de 1828.

Con José Tadeo Monagas se produjo una herida institucional que duró casi un siglo contra el civilismo parlamentario necesario para la buena marcha de Venezuela. El 24 enero de 1848 fue el crimen de cierto procerato aliado con el hampa contra la Representación Nacional: el fusilamiento del Congreso. (Un precedente de impudicia “parlamentaria” del teniente Cabello). Los Monagas se sucedieron a sí mismos. Fue necesaria la unidad nacional entre conservadores y liberales para salir de ellos. La unidad contra Monagas encontró su paradigma civil en Fermín Toro, pero tuvo su talón de Aquiles en la búsqueda enfermiza de la “espada protectora”. Esta fue ficticia: de escasa calidad, (por no decir carente de ella), tanto en el orden moral como en el político y militar. El intento de unidad nacional para reencontrar en armonía el camino de la Patria resultó estéril. Esa unidad sirvió para salir del Monagato, pero no para evitar el barranco profundo de la guerra civil. Las pasiones cultivadas y alentadas prepararon la guerra social, el simún envolvente y enceguecedor de la Federación. ¿Cuándo comenzó propiamente la Guerra Federal? Nadie discute la primacía en la paternidad de la siembra de discordias a Antonio Leocadio Guzmán. No sería él quien, a la postre, resultaría beneficiario de una tragedia que dejó destrozado y exhausto al país, más allá de la retórica instrumental e ideologizada de aquellos que, durante la segunda mitad del siglo XX, más dados a la gesticulación y a la inercia intelectual que al auténtico estudio de nuestro complejo proceso de pueblo, exaltaran como gesta idealizada lo que fue la consagración absoluta de la anomia. Cierta izquierda militante hizo propia una sentencia de Laureano Vallenilla Lanz, padre, uno de nuestros más destacados positivistas, quien calificó al asturiano José Tomás Boves como “padre de la democracia venezolana”; y, para no ser menos, mitificó, con un romanticismo cuestionable, el primitivismo de algunos cabezas de partida (sobran nombres y ejemplos concretos, el más criminal el de aquel Espinoza que consideraba causal de muerte saber leer y escribir) que tachonó de horrores el tiempo de la que sería llamada Guerra Larga. ¿Cuándo comenzó propiamente la Guerra Federal? Se discute si su punto de arranque debe colocarse en 1858, con el Manifiesto de San Thomas, o en 1859, con la Proclama de Palmasola. La formal postulación de la Federación la hace, sin embargo, Tirso Salaverría, en febrero del 59, en Coro. Fue una guerra terrible, con sólo dos verdaderas batallas al inicio mismo de los 4 años del conflicto: Santa Inés y Coplé. Ezequiel Zamora resultó figura mitificada a posteriori por esa manipulación de la historia que resulta de la mixtura de la ignorancia, el simplismo ideológico y el afán instrumental. No fue Juan Crisóstomo Falcón, con sus “cabezones” corianos, quien marcó el rumbo de la nueva etapa que, hipotéticamente, se abría luego de los jugosos acuerdos (para los negociadores) resultantes de la llamada Paz de Coche (Pedro José de Rojas y Antonio Guzmán Blanco), acontecimiento bien descrito por Díaz Sánchez en su libro sobre los Guzmán, que ha resultado prototipo de biografía histórica entre nosotros.

El país, exhausto, después de tan prolongada sangría tachonada de escenas de barbarie, fue presa fácil de la ambición de Guzmán el joven, teórico jefe de un inexistente “Ejército del Centro”. Guzmán Blanco prolongó, directa o indirectamente, su tutoría sobre el país durante casi 30 años. Septenio, Quinquenio, Aclamación, el Guzmancismo sin Guzmán (el tiempo de los caudillos guzmancistas secundarios, el más destacado de los cuales fue Joaquín Crespo). Guzmán, según relata Francisco González Guinán en el volumen 10 de su Historia, resultó experto en vejaciones y degradaciones, haciendo que el general Julián Castro (presidente ocasional de la reacción unitaria contra el Monagato en 1858; juzgado, luego, por violar la misma Constitución que jurara) fuese quien dirigiera el pelotón de fusilamiento de Matías Salazar el 18 de mayo de 1872.

Siempre a los autócratas les ha importado un comino el orden legal e institucional, pues lo reducen a su querer y apetencia: ese fusilamiento hizo befa de la abolición de la pena de muerte, decretada por Falcón en 1863. Guzmán y Crespo murieron casi con el siglo. Uno en París y otro en la Mata Carmelera. En 1899 puede decirse que, con el derrocamiento de Ignacio Andrade, se esfumó para la historia la secta político-militar de Guzmán Blanco, la que agrupó a los “partidarios de la causa”: el llamado Gran Partido Liberal Amarillo pues, casi un siglo: desde el asesinato del Congreso con José Tadeo Monagas, hasta el derrocamiento de Marcos Pérez Jiménez la noche se alargó como la siesta de una boa desde el comienzo del Monagato (1847) hasta la muerte (diciembre del 35) de Gómez (Juan Bisonte, el Gran Loquero, el “bellaco admirable” como lo llamó José Rafael Pocaterra). La muerte de Gómez señala, en el decir de Mariano Picón Salas, el inicio retrasado del siglo XX venezolano en 1936. Siempre se mantuvo la llama del sueño inacabado. Siempre hubo un resto de pueblo indoblegable, que se empinaba en medio de las degradaciones y miserias. Allí está el paradigma de la dignidad parlamentaria, en Fermín Toro.

Allí está el ejemplo del humanista insobornable en Cecilio Acosta. La piedra en el zapato que resultó Fermín Toro para Monagas resultó Cecilio Acosta para Guzmán (quizá con menos impacto, porque Acosta no tuvo como Toro dimensión de estadista; y, además, el poder de Guzmán era casi omnímodo, mientras su deshonesta dictadura condenaba a sus críticos al “cementerio de los vivos”). Allí está el Rómulo Gallegos de La Alborada o la gran poesía nacional de ese notable político y parlamentario, juglar del amor y la esperanza patria, que fue Andrés Eloy Blanco. Por ese resto indoblegable —por su siembra cuando no había posibilidad de cosecha inmediata, por su sueño invencible cuando el ánimo abatido consideraba imposible o impertinente el anhelo de un país mejorado— vino el parto de las generaciones civilistas. Las dos de mayor bulto, las de 1928 y 1958. Ello hubiera sido imposible sin la gradual apertura de la transición posgomecista de Elezar López Contreras e Isaías Medina Angarita.

El largo paréntesis para buscar un cauce de la conciencia ciudadana duró, Que las promociones del 28 y del 36, protagonistas históricas de la Revolución de Octubre de 1945, alargaran su función ductora y protagónica hasta el mismo final del siglo XX tuvo su parte buena y su parte mala. Lo bondadoso del hecho puede encontrarse en que ello permitió la institucionalización de la libertad y el despunte de instituciones republicanas en una historia, como la nuestra, llena de olor a pólvora y de gestos de audacia (¡ese tirar la parada de tantos aprendices de brujos, en un proceso de pueblo reflejado en una sinusoide!) Lo negativo, que represó el sano vitalismo exigido por la normal dinámica del relevo en los procesos sociales y políticos. Lo bueno y lo malo fue posible porque, aunque fuese previsible ya desde los años 20 del siglo pasado, a los períodos del civilismo posterior a 1958 correspondió la acelerada consolidación de un cambio extraordinario que supuso el paso del país campesino al país urbano, de la república rural a la república minera. El general petróleo provocó la más honda, permanente y pacífica transformación de la nación venezolana.