• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

De trampas y artificios

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Es natural pensar que la trampa y el artificio sean expresiones que se vinculan o relacionan, o incluso que sean sinónimas la una de la otra. Así lo estiman, por lo menos, el sentido común y el entendimiento reflexivo, siempre al acecho de 'la cosa misma', habituados, como lo han estado desde siempre, a desestimar los trabajos de la razón. De hecho, la trampa es concebida como una suerte de artificio, una treta, un constructo, precisamente, 'artificial' -y, por ello mismo, no 'natural'-, con base en la cual es posible alcanzar un determinado -y, por cierto, premeditado- propósito por vía non sancta, esto es: a través de un 'camino verde', como se dice en criollo. Es el consabido 'caballo de Troya', no por mera casualidad. Piénsese en Odiseo, ese astuto y sin duda artificioso griego de la antigüedad clásica, también conocido como Ulises, considerado por la gran mayoría de los lectores de la Odisea, la renombrada obra del inmortal Homero, como el primer gran malandro de la historia: un tramposo, un maquinador de oficio, que con argucias fue venciendo nada menos que a los propios dioses, quienes trataban inútilmente de interponerse entre él y su destino: retornar a Ítaca, a casa.

Las trampas son, por lo demás, reconocidas como artificios para cazar, o como puertas ocultas que comunican secretamente cualquier parte de la casa que las posee -piénsese en la “bati-cueva”, por ejemplo-, o como un ardid, o como una deuda en mora. En fin, las trampas son acciones o instrumentos ilícitos, encubiertos, bajo la apariencia de la legalidad. Hay quienes gustan, en este sentido, de hacerle “trampas a la vida”, convencidos de que, mediante su denodada astucia, no sólo conquistarán sus objetivos, sino que, lo cual es aún peor, no serán descubiertos. Pero más peligrosa todavía resulta una determinada forma de saber cuya conditio sine qua non es, precisamente, y siempre según el entendimiento reflexivo, la trampa, o su sinónimo, el artificio. Y es así como se ha llegado a imaginar  la posibilidad de que sea la trampa -o su carnal, el artificio, ya a estas alturas da lo mismo- la figura que sustenta al pensamiento dialéctico. Una reciente reflexión en TwitLonger sobre el particular motiva las presentes líneas. Y algunas consideraciones merece dicha reflexión, dado, por un lado, el respeto y admiración que profesa quien escribe al autor de dichas líneas y, por el otro, dada la importancia del asunto de que trata, sobre todo en este crucial momento de crisis orgánica que padece la Bildung nacional, si es que aún puede hablarse de su existencia.

T. W. Adorno y Max Horkheimer escribieron, en 1944, Dialéctica de la Ilustración (Dialektik der Aufklärung), cuyo primer excursus se titula, por cierto, “Odiseo o mito e ilustración”. En ese ensayo se puede leer esta frase: “A partir del encuentro felizmente fallido entre Odiseo y las Sirenas todos los cantos han quedado heridos, y toda la música occidental sufre el absurdo del canto en la civilización, absurdo que sin embargo es al mismo tiempo la inspiración de toda música de arte”.  Toda negación determina. El más anciano de los tramposos ha quedado sorprendido en medio de la honestidad que circula por las entrañas del “¡Atrévete a saber!” kantiano. La denuncia contra Odiseo termina vindicando, “al mismo tiempo”, su figura, esta vez no como mito de la ilustración, como trampa vulgar, abstracta, sino como denuncia de la atrocidad, de la violencia, en función de su propia superación. La imperceptible traza que divide la trampa del artificio se deja ver por vez primera.

Así, más allá del entendimiento abstracto, reflexivo, la dialéctica queda fuera de toda sospecha, precisamente por el hecho de ser el modo del pensar que intenta -como decía Adorno- “atravesar el estrecho entre la Escila de lo mecánico y la Caribdis de lo organicista”. La verdad no es ni un presupuesto ni una 'premisa': es esencialmente resultado. Comprendida en su proceso no deja lugar para la contraposición entre “el chingo” y “el sin nariz”, porque no hay dialéctica alguna entre lo blanco y lo negro, términos que, como dice Aristóteles, son contrarios entre sí, pero que no se oponen. Más bien, entre lo negro y lo blanco hay lugar para un tertium datur, para un tercer término: el gris. En cambio, la paz y la guerra son términos opuestos, como lo son arriba y abajo, derecha e izquierda, padre e hijo. Son los términos opuestos los que constituyen una relación dialéctica propiamente dicha, no los términos contrarios ni los contradictorios. Llueve o no llueve. En ello no hay mediación posible.

Que una determinada situación de la historia haga patente el desgaste de su condición civil, al punto de mostrar sus carnes y, con ello, sus trampas, no quiere decir que se le deba atribuir al pensamiento dialéctico la responsabilidad de semejante drama. La dialéctica no es la trampa sino el descubrimiento de la trampa. Ni el “o esto o aquello” forma parte de su itinerario conceptual. El estar en contra de la dictadura de este régimen no implica, dialécticamente, estar a favor del imperialismo norteamericano. Eso no es dialéctica sino, francamente, estupidez. El ya famoso, por recurrente, dicho del galáctico: “O estás conmigo o estás contra mí” no guarda ni una mínima señal de pensamiento ni, mucho menos, de pensamiento dialéctico. El dogma, el sectarismo, el prejuicio, las presuposiciones fanáticas y todo lo que ellas implican, son, precisamente, las formas a partir de las cuales la razón -la dialéctica- comienza su labor desmistificadora. No se trata de asumir la defensa del Presidente Obama porque se está en contra de Fidel Castro. Ni el no ser de Izquierda implica el ser de Derecha. ¿Es posible, desde el punto de vista estrictamente conceptual, ser padre sin haber sido hijo? ¿Es posible pensar la existencia de un “arriba” sin que ese término remita a su término opuesto? ¿No es la derecha el otro de aquél otro sin el cual su propio ser sería absolutamente imposible? ¿Puede existir un mundo en el que el Polo Norte “decida” eliminar al Polo Sur o viceversa? De nuevo, creer que es posible vivir en una sociedad en la que uno de los términos haga desaparecer al otro para poder imperar no sólo no es dialéctico: es una tremenda estupidez. El régimen cubano tiene cincuenta y seis años “liquidando” a su oposición. Después de todos estos años, la oposición cubana, no sólo la interna sino la externa, ha mostrado poseer una fuerza extraordinaria, al punto de que el régimen se ha visto en la necesidad de reestablecer relaciones de reconocimiento con su otredad. Y es de eso que se trata, del recíproco reconocimiento, de la unión de la unión y la no-unión. Cosa que, es evidente, jamás podrá entender ni un reposero de Metro ni un sargentón cuartelero.

No es en virtud de un largo método que surge, como resultado, la verdad. Porque la verdad es, a un tiempo, el recorrido y el resultado del proceso, y sólo al final de dicho proceso surge la verdad. No hay trampas en la dialéctica. Las trampas están dadas en el fanatismo torpe y ramplón de aquellos extremos cuya ceguera no les permite comprender que en el reconocimiento recíproco y sus implicaciones no hay ni trampas ni artificios, sino la más auténtica superación de este doloroso, torpe e inútil desgarramiento. Después de todo, algo sabía Odiseo acerca de este largo periplo. Es menester volver a casa.


@jrherreraucv