• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

La roca de Sísifo

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“No te afanes, alma mía, por una vida inmortal, pero agota el ámbito de lo posible”. Esta frase, escrita por Albert Camus, sintetiza la tragedia de uno de los personajes más significativos de la mitología griega, su “círculo vicioso” continuo, su insufrible pero, a la vez, indefinido destino. Se trata de una condena que se nos asemeja, que nos resulta cercana, y que quizá, por esa misma afinidad, nos permita comprender la actual condición civil que ha venido padeciendo y que -todo indica- seguirá padeciendo Venezuela, hasta que llegue el momento que Camus definía como el fulguroso instante de la 'toma de conciencia', de la auto-sinceración, el “momentum” del reconocimiento y de la comprensión de aquello que fuimos y de lo que actualmente somos. Hegel le advierte de continuo a sus lectores que “comprender quiere decir superar”.

Es probable que muchos hayan olvidado el mito de Sísifo, y es probable que muchos no lo conozcan. La labor de quien escribe -convencido del valor de su 'profesión de fe' y del hecho de que la mitología no es un mero divertimento, sino el fiel reflejo de una determinada formación histórica y social, la magnífica expresión especular de una determinada cultura-, consiste, por cierto, en el intento -doblemente oblicuo- de de-velar-lo para los unos y re-cordar-lo para los otros.

De Sísifo se puede decir que sintetiza, de algún modo, las figuras de Prometeo y del mentiroso de Rodas. De hecho, fue, a un tiempo, un decidido hacedor y un portador de lo que se conoce en Venezuela como la “viveza criolla”. Camus ha dicho que fue el más prudente de los mortales, aunque se inclinaba por cierta violencia barbárica. Esas fueron sus características esenciales: su pasión por la vida, su irreverencia frente a la autoridad y su odio por la muerte. Prefirió desafiar a los dioses a cambio de obtener agua, y por ello fue castigado y conducido a los infiernos, en donde le esperaba una inmensa roca que debía cargar hasta la cima de una montaña. Cuando llegaba a la cima, la roca caía de nuevo hasta el pie de la montaña. Sísifo debía descender y reiniciar el pesado trabajo, una y otra vez, in aeternum. La roca, esa pesada carga, se le hace, primero, familiar. Y, a medida que la sube hasta la cima y luego de observarla rodar cuesta abajo -volviendo a descender para recogerla, a fin de recomenzar el ascenso- se le va haciendo habitual, una costumbre. Pero, más tarde, se percata de que la piedra es él mismo, el producto, el resultado, de su propio hacer: su hechura, su propio ser objetivado, cristalizado, devenido piedra.

Decía Mariano Picón Salas, en ese extraordinario ensayo de la autoconciencia venezolana que lleva por título Comprensión de Venezuela, que el balance de la trayectoria de nuestra historia pone de relieve el hecho de que “no sólo han sido devoradas vidas humanas en las guerras civiles, en el azar sin orden de una sociedad violenta, en convulsionado devenir, sino que también marchitó -antes de que fructificaran- grandes inteligencias. Entre las no pocas cabezas que surgieron de nuestra tierra no infecunda, tal vez la única que cumplió goethianamente con su nutrido mensaje, fue la de Andrés Bello. Pero la obra de Bello fue a convertirse en organización civil, en norma jurídica, en tradición cultural, en la República de Chile”.

También Rómulo Gallegos, en “El último solar”, da cuenta de esta repetitiva y viciosa historia sin fin, en la que nuestra inteligencia, una y otra vez, ve frustradas sus metas, sube hasta la cima la roca, para verla rodar hasta el fondo y, nuevamente, volver a empezar. Immerwieder, como dicen los alemanes: siempre de nuevo. Nuestra sociedad es semejante a una inmensa Uroborós: la monstruosa serpiente que se muerde la cola, en su 'eterno retorno'. Entre nosotros, los condenados al martirio de la roca que se traduce en el desgarramiento de lo que se piensa y lo que se hace, pareciera que en el principio fue el dolor, no la palabra, no “el verbo”. Mientras nuestra inteligencia va subiendo su pesada roca por el ya desgastado camino fangoso de la montaña, en busca de la cima, ese “otro yo” cristalizado, rústico y barbárico, ese nosotros mismos endurecido, hecho roca, se empeña en regresar, “cuesta abajo en su rodada”, obligándonos a retornar para empezar de nuevo el absurdo -¿maldito castigo?- trabajo.

Los últimos quince años han sido francamente agotadores para este Sísifo que hemos terminado siendo, con el que tanto nos identificamos. Cada quien, cada sector, cada tendencia, ha puesto lo mejor de sus esfuerzos para romper el maleficio y conquistar la cima, finalmente. Pero la roca se empeña, tercamente obliga la vuelta y, con ella, al reinicio, no sin trágicos resultados. Algo -tal vez mucho-, en consecuencia, ha faltado.

Camus hace una interesante sugerencia, que quizá contenga la clave que permita salir de este maleficio. Cuando Sísifo, viendo sus esfuerzos frustrados, ve rodar la roca que lo obligará a descender una vez más hacia la llanura, en ese instante, durante esa pausa, su rostro se vuelve de roca, porque: “¡Un rostro que padece tan cerca de las piedras, es ya, él mismo, piedra!”. Mientras retoma el descenso, con paso lento hacia su tormento, Sísifo respira con profundidad y piensa en su desgracia. Este es el momento de la “toma de conciencia”, el momento de saberse más fuerte que la roca, que su 'ser puesto'. Y, entonces una sonrisa surge de sus labios: “la clarividencia que debía constituir su tormento, consuma al mismo tiempo su victoria”. No todo está perdido, siempre que se comprenda que el destino nos pertenece: “No hay sol sin sombra y es necesario conocer la noche”.

Ese Sísifo que pareciéramos llevar por dentro, que nos toca tan profundamente, tiene, pues, que hacer el esfuerzo por comprender que cada nuevo ascenso comporta la posibilidad de lograr la cima y de romper el cerco definitivamente. Es un cerco que él mismo ha creado, que le pertenece, y en el que tiene que reconocerse, porque sólo reconociéndose en él y con él puede vencer su legendario cansancio.