• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

El precio de la libertad

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¿Cómo pudo convertirse el país más próspero y pujante de América Latina en una multitud depauperada, improductiva e impotente? ¿Quién puede llegar a pensar, en su sano juicio, que los graves problemas de subsistencia que puede llegar a padecer un determinado pueblo tienen su origen en un asunto de natural intercambio fronterizo o, incluso –y en el peor de los casos– en un problema de contrabando, de “mercado negro”, entre países que, durante por lo menos los últimos doscientos años, han intercambiado de continuo, y no solo desde el punto de vista material, es decir, económico, sino que, además, comparten la misma lengua, la misma formación cultural, las mismas convicciones y creencias? Los chivos expiatorios, los “enemigos externos”, el traspapeleo de las causas y efectos, la manipulación sistemática de la opinión pública mediante simplicidades y lugares comunes, siempre apelando al rencor, al odio y al resentimiento, tarde o temprano terminan siendo sorprendidos en su inconsistencia, en su falsedad. La mentira, como dice el adagio, tiene “patas cortas”.

No obstante, es necesario reconocer que Venezuela, en los últimos tiempos, ha transitado el peligroso camino que va –al decir de Vico– de la libertad al libertinaje. Mucho se ha dicho acerca del “modelo económico” perfectible, a fin de poder enrumbar los problemas de fondo que, en los últimos tiempos y cada vez con mayor intensidad, ha venido padeciendo Venezuela. Sin duda, los llamados de atención de los “expertos” en economía política superan con creces los atropellados “flechazos” lanzados, una y otra vez, por los improvisados empíricos que, desde hace aproximadamente unos quince años, llevan la “conducción” de la “política” económica de este maltrecho y exhausto país que, en otros tiempos, llegó a hacer del “tá barato” su tarjeta de presentación mundial. Su “género de conocimiento” es, y sigue siendo, palmario, propio del “primer grado”, como lo llama Spinoza: un “conocimiento de oídas o por experiencia”, ni más ni menos. Y es justo en esas manos, en manos de hombres y “hombras”, de mujeres y “mujeros” de muy dudosa formación académica, más atentos a las presuposiciones, mitos y leyendas de un modelo de “socialismo” absolutamente iletrado, funcionalmente analfabeta, reaccionario –y, por ello mismo, inevitablemente fracasado–, reñido de suyo con la razón, que el país se hunde cada vez más y más.

La consabida demagogia, el populismo de quincalla y la corrupción que los anima han hecho de la economía venezolana un muy pesado barco, todo un transoceánico, que ha chocado de frente contra el icerberg de la wirklichkeit, la “realidad de verdad”, la efectiva y concreta. Los venezolanos viven, pues, en una suerte de Titanic. Los adioses de los nostálgicos violines se escuchan, como “telón de fondo”, anunciando el fin, sin duda trágico, no del país, sino de un “modelo” de economía regida por la perceptio propia del ya mencionado “primer grado” spinoziano. A fin de cuentas, los países no naufragan. Naufragan sus habitantes, sus trabajadores, sus educandos, sus enfermos, en fin, su espíritu.

El país se prepara para incorporarse –y seguramente, con los correspondientes e inevitables dolores de parto– al “segundo grado” spinoziano de la percepción económica, cabe decir: al conocimiento mediante “modelos” e “instrumentos” o, como se acostumbra decir, “recetas” que prometen sanear los morbos del modelo productivo anterior, a fin de incorporar el país al concierto de la economía internacional, a la “altura de los tiempos”. Es, pues, el pasaje de la economía de la improvisada inmediatez, del rentismo parasitario, de los “controles” y la consecuente corrupción, a una economía regida por la instrumentalización –por “el método” y el “deber ser”–. Descartes y Kant mediante, se trata de una forma de estructurar la realidad que, si bien pudiese dar algunos resultados satisfactorios a mediano plazo –y seguramente los dará, sobre todo si se compara con el modelo empírico e inmediatista que lo precede–, no por eso se adecuará rigurosamente con las más auténticas necesidades materiales y espirituales de la sociedad venezolana. Los “modelos” estrictamente metódicos, formales y, en última instancia, matemáticos, son, por su propia condición, los menos adecuados para la vida social, precisamente por el hecho de ser formulaciones generales, no específicas.

Después de que Dilthey formulara las Ciencias del Espíritu, y a pesar de que el propio Dilthey tuvo una formación no muy distante del positivismo, se pudo observar, con mayor nitidez, que la aplicación analógica de los principios sobre los cuales se fundamenta el conocimiento científico-matemático a la vida política y social termina en la mayor de las ausencias en la búsqueda por el reconocimiento. Es como un elefante que se pusiera a pasear por entre los estantes de una cristalería. El gran problema de la ratio tecnica consiste justo en esto: piensa que si su patrón –o su “camisa de fuerza”–sirve para un caso entonces sirve para todos los casos. Y es verdad que dentro de ciertos escenarios sociales con perfiles similares y una cultura sustentada en la weberiana “ética protestante” la cosa funciona, por lo menos en sus ratos esenciales. Una sociedad que, trescientos años después de haber sido conquistada, tuvo en la búsqueda de la libertad su más emblemático propósito, su ideal de vida, muy difícilmente se pueda analogar con culturas más habituadas al orden y la reverencia. Quizá lo que por años se ha considerado como el “pecado mortal” de los venezolanos, es decir, la casi completa inexistencia de sentido del orden, la inclinación por el “bochinche”, el dejar de lado todo tipo de complejos y normativas, en fin, su característica –probablemente– esencial: la irreverencia, contiene, sin embargo, elementos que bien pudiesen contribuir a generar una recreación de la capacidad de sus fuerzas productivas muy superior a las formas propias de los ya desgastados modelos propios de la economía positivista.

La historia no deja lugar para los atajos. Tener consciencia de la necesidad es el precio de la libertad. De manera que, sin desechar el necesario trance por el que la sociedad venezolana inevitablemente está obligada a transitar, después de este desastre, cabe la posibilidad de pensar en un concepto inherente a “este” objeto particular, más que presuponer la existencia de un objeto “cualquiera”, genérico, abstracto. De nuevo, se trata de la necesidad de concebir una lógica específica para un objeto específico. Todo depende de la capacidad de comprender que el más importante de todos los compromisos estratégicos que Venezuela tiene la tarea de impulsar radica en la construcción de un auténtico sistema de educación orgánica, integral, ética y estética. Pero, por sobre todo, tiene que ser una educación para la perennis reafirmación de la autonomía.                                       

@jrherreraucv