• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

La “izquierda” frente al espejo

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A Gabriel “Gabo” Domínguez

 

“Juzgan las cosas por los nombres y no los nombres por las cosas”

                                                                                          B. Spinoza

Nicolás López Varela enseña Ciencias Políticas en la Universidad de Buenos Aires. Es, además, periodista, y un excelente traductor del alemán. En 2012 tradujo el Cuadernos Spinoza, escrito por el joven Karl Heinrich Marx en Berlín, entre marzo y abril de 1841, durante el último año de su formación filosófica en la universidad. El texto traducido por López Varela viene precedido por un estupendo ensayo introductorio que tiene por objetivo despejar las dudas siempre dejadas por una buena cantidad de “etiquetas” que los manuales, breviarios, compendios y diccionarios –convictos y confesos por el crimen de lesa inteligencia– acostumbran ponerle encima al pensamiento y la obra de un autor como Marx. De hecho, son innumerables los “stickers” en cuestión. Tantos que difícilmente se puede reconocer la autenticidad del texto y del contexto originales.

En una larga entrevista que, a propósito de su traducción del mencionado cuaderno de Marx, le hiciera Salvador López Arnal, Nicolás Gonzalez –aparte de manifestar su contundente rechazo del supuesto anti-hegelianismo de Marx y de desmistificar la reiterada calificación de Marx como de un “materialista” tout court– sostiene que, más allá de Althusser y compañía, la relación dialéctica expuesta por Marx entre el ser social y la conciencia social (la sociedad civil y la sociedad política), es decir, entre la estructura de la sociedad y la correspondiente sobrestructura jurídica y política, tiene en la idea de la sustancia spinoziana su punto de partida. En efecto, sostiene el traductor, de la sustancia de Spinoza se pueden comprender dos atributos fundamentales: la extensión (la realidad) y el pensamiento, los cuales no deben confundirse –no es lo mismo “Pedro” que la idea de “Pedro”–, aunque siempre conviene advertir que “el orden y la conexión de las cosas es idéntico al orden y la conexión de las ideas”.

De manera que, con independencia de la necesaria distinción que cabe establecer entre la realidad y el pensamiento, el uno y el otro son sus co-respondientes espejos, en los cuales no siempre lo que se es –o lo que se hace, porque ser es hacer– coincide con lo que se piensa y se dice. Y ese es, por cierto, el problema esencial a resolver: remontar el “sueño dogmático”, provocar la fluidez de los términos que se han cristalizado, a fin de que se produzca, efectivamente, el reconocimiento, porque toda negación determina, por más que no se quiera aceptar.

Por ejemplo, una determinada concepción del poder no puede no ser compatible con el modo de producir que posee una determinada sociedad. Parafraseando a Spinoza, el orden y la conexión de la sociedad política es idéntico con el orden y la conexión de la sociedad civil. Marx afirmó que el ser social determina la conciencia social. Pero las determinaciones no poseen una sola fachada. Son, en efecto, biunívocas. Lo uno determina a lo otro y a la inversa. El polo norte determina tanto al polo sur como a la inversa. Si un determinado régimen político promueve, durante dieciocho años, la destrucción del aparato productivo de un país, si le impone “controles” a la economía y sustituye las “fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción” por una “política de puertos”, sustentada en el rentismo petrolero y el populismo más ramplón, con la premeditada intención de aplastar a la sociedad civil e irla “fusionando” –en realidad, absorbiendo– con la sociedad política hasta militarizarla, es natural que esa sociedad ya no se pueda ver reflejada en el espejo, e incluso, es natural que ya no sea más un Estado propiamente dicho, porque ha perdido uno de los términos de su “orden y conexión”. Un polo norte sin un polo sur ya no es, ni siquiera, un polo. Simplemente, ya no es. Es el “no-polo”. Ha aniquilado al otro, ciertamente. Pero con la aniquilación se ha aniquilado a sí mismo.

Ya no hay espejos. No hay imágenes ni proyecciones. Pero tampoco hay lados de la reflexión. Ese es, desde el punto de vista de la lógica del ser social y de su conciencia, la actual situación del país. Esa ha sido la labor “especulativa” –es decir, especular o de los espejos– que ha llevado adelante la llamada “izquierda” en Venezuela. Ha roto la relación especular; se ha quedado sin espejo, ya no es “la otra de aquella otra”; ya no mira ni es mirada. En fin, ya no es más que un vulgar vampiro, un “chupa sangre”, sin proyección, sin imagen posible. Y, al igual que el Estado que propició, su ser abstracto se ha hecho la nada indeterminada. De ahí que sus días estén contados.

Una “izquierda”, en síntesis, que no lo es. Ya no es ni izquierda ni derecha: es un “Snug” fascista, un acobardado “arruchadito”, una “tercera vía” nacional-socialista, un “tertium datur”, del cual, aunque no sea tarea fácil, conviene salir, a objeto de rehabilitar la relación –el reconocimiento– de la sociedad civil y de la sociedad política, del ser social y de su conciencia. Se trata, pues, de restablecer “el orden y la conexión” indispensables, esenciales, para el funcionamiento adecuado de un nuevo Estado. Y de ahí que ese nuevo Estado no se pueda sustentar en el “todo lo contrario” del presente, es decir, en la aniquilación –la abstracción– del reino absoluto de la sociedad política por el reino absoluto de la sociedad civil. Ese sería el mundo invertido pero idéntico al presente. No es posible eliminar los lados de la relación. Tampoco hay terceros. Eso sí: es prioritario “superarlos y conservarlos”. El recíproco reconocimiento, la nítida proyección de las imágenes, es la meta que reclama la creación del nuevo Estado.