• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

El devenir del comunismo

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La mayor parte de la opinión pública concibe el comunismo sobre la base de una serie de supuestos que, en realidad, poco –o nada– tienen que ver con lo que efectivamente sostuvo su mayor exponente, quien no fuera, por cierto, un profeta místico, ni un sacerdote ortodoxo o budista, ni mucho menos una suerte de Rasputín de la vida política, sino un filósofo alemán, crítico por lo demás, y asiduamente formado dentro de la Escuela de Hegel. Este último, tal vez, el más grande e influyente filósofo de todos los tiempos. De hecho, la historia de la filosofía se divide cabalmente en dos: antes y después de Hegel. Incluso, la gran ansiedad que sufre toda filosofía contemporánea, como ha recordado recientemente un filósofo norteamericano, está en que, sea cual sea el camino que tome, termina en un callejón sin salida, y en cada uno de esos caminos se encuentra a Hegel, aguardando con una sonrisa. El llamado fundador del “comunismo moderno”, el filósofo crítico discípulo de Hegel, se llamaba Karl Marx.

La filosofía de Marx tiene su origen en el estudio de la filosofía alemana, de la teoría política francesa y de la economía política inglesa, la cual por cierto era, por entonces, relativamente de reciente data. No hay en la formación teórica de Marx ningún interés por la civilización oriental, ni china ni rusa. La única vez que se interesó por el estudio de tal civilización fue para denunciar el modo de producción asiático como la cabal expresión de la barbarie autocrática y el esclavismo. Su formación fue, en consecuencia, estrictamente occidental y, más precisamente, eurocéntrica. Detestaba profundamente el despotismo, bajo cualquiera de sus manifestaciones históricas.

Hay que imaginarse al filósofo y estudioso de la economía política, exiliado en la Inglaterra del siglo XIX, con sus calles húmedas y enlodadas, las contaminantes emanaciones que brotaban de las numerosas fábricas, con su febril proceso productivo, en pleno desarrollo de la Revolución Industrial. Los trabajadores apiñados a las puertas de las fábricas buscando un empleo, aunque fuese por un día, o por una semana; con una jornada laboral superior a las diez horas continuas, sin tregua. Mujeres y niños enrolados en el gran “ejército” de la producción y convertidos, al poco tiempo, en auténticos despojos humanos. No hay seguro médico, ni garantías contractuales, ni prestaciones sociales, ni asueto laboral, ni cajas de ahorro. Solo hay jornada laboral o desempleo. O se trabaja, de acuerdo con las “condiciones” establecidas por las empresas o, simplemente, no se trabaja. Y cuando no hay trabajo hay hambre, frío, penuria y una muerte segura. Las cuantiosas ganancias de las empresas, de un lado. Los miserables salarios de los productores de la riqueza, por el otro, reducidos, como dice Marx, a la condición de bestias, pues apenas si el salario les alcanzaba para cubrir sus necesidades básicas: comer, vestirse y reproducirse.

Ya desde la primera parte del siglo XIX, los teóricos franceses de la política –Saint-Simon, Fourier, Cabet, entre otros– habían comenzado a expresar con énfasis la necesidad de implementar una nueva forma de vida estatal, en la cual la riqueza fuese controlada y equitativamente distribuida. Las formas del libre cambio, generadoras de la injusticia social, debían concluir para dar paso a una sociedad que recuperara la bondad natural y la igualdad –también esta, natural– de los seres humanos. La riqueza social debía ser compartida entre todos, con lo cual sería posible recuperar la condición originaria de la humanidad, su talante bondadoso. El Estado tenía que garantizar la justicia y la equidad, eliminando la diferencia entre lo público y lo privado, a consecuencia de lo cual se había escindido, desgarrado, esquizofrénicamente, al género en dos mitades, transformándolo en una suerte de Doctor Jekyll y Mister Hyde. No por casualidad, el autor de esa conocida novela, Robert Louis Stevenson, fue también testigo presencial del surgimiento del sistema económico, social y político de aquella época de miserias materiales y espirituales. Su hombre desgarrado en dos mitades, es decir, en un buen citoyen y en un siniestro bourgeois, es el fiel reflejo de la monstruosa separación generada por las insuficiencias de un mundo regido por el interés material y el frío cálculo.

Marx fue un apasionado lector de Shakespeare. El asesinato del rey Hamlet a manos de su esposa y de su hermano, el “algo huele a podrido en Dinamarca” y el espectro del rey acusando con su aterradora presencia a sus asesinos, debió impactar al filósofo alemán tremendamente. De hecho, su Manifiesto Comunista se inicia con la figura de un espectro que, esta vez, recorre a toda Europa, denunciando el crimen cometido por la sociedad del desgarramiento contra los trabajadores. Pero su denuncia, que en principio coincide con los teóricos del socialismo francés, pronto se aferra a Hegel, no al enciclopedismo ni a Rousseau, como creyó Galvano Della Volpe. Para Marx, como para Hegel, los hombres son historia, “actividad sensitiva humana”. No nacen buenos: se hacen –o no se hacen– buenos mediante la educación, la formación cultural (ire eigemen Bildungselemente). No hay justicia y equidad por “naturaleza” –y aquí Marx se distingue también, necesariamente, del anarquismo. La civilidad se conquista en virtud de la educación. Por lo demás, el Estado –por entonces comprendido exclusivamente como la sociedad política– no es, por definición, el garante ni de la justicia social ni de la equidad, porque el Estado, históricamente, surge con el objetivo de controlar a los individuos, de “orientarlos” –en realidad, de someterlos–, obligándolos a ser dependientes de él, a seguir sus reglas, incluso por la fuerza. En fin, los hace heterónomos. Piénsese en el Leviatán de Hobbes. Es por eso que para Marx un supuesto “Estado comunista” es una contradictio in terminis, porque el comunismo, para él, es la “superación que conserva” tanto la propiedad como el Estado. En otros términos, no se trata, según Marx, de eliminar la propiedad, como tampoco de suprimir toda forma de organización social y política. Se trata de su “superación y conservación, simultáneamente comprendidas” tanto de la propiedad (Aufhebung, zusammenfassen) como del Estado. La primera, bajo la premisa de atribuir “a cada quien según sus necesidades y a cada cual según sus capacidades”, porque no hay sociedad sin justicia, pero tampoco la hay sin el reconocimiento de la meritocracia. El segundo, con la promoción de un “Estado ético”, es decir, una organización de la sociedad sustentada en el consenso y no en la coerción. A medida que la humanidad es más culta, mejor formada, más educada, se hace más autónoma, más libre. Y se enriquece espiritual y materialmente. No requiere de un gendarme controlador, ni de un “Big Brother”, ni de un líder supremo.

Comunismo no es, pues, y según Marx, la “igualdad por abajo”, la repartición de la pobreza, ni es la sociedad de los “controles”, de la opresión, de la promoción del atraso, la miseria y la ignorancia. Esa es la sociedad de los Stalin, de los Mao, de los Kim Il Sung, de los Castro o de los “fascismos rojos”, como el que regenta el poder tiránico en Venezuela. Ese tipo de ejercicios autocráticos nada tiene que ver con el concepto de comunismo comprendido por Karl Marx. Se podrá compartir o no. Podrá ser una utopía, nada científica, por cierto. Pero en ningún caso es un régimen despótico. De mediocres lectores e intérpretes o de camarillas con oscuros intereses está plagado el mundo. ¡Cuántas canalladas no se han dicho y hecho en nombre de Cristo, de Bolívar o de Marx!                        

 

@jrherreraucv