• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

El desgaste

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Cuando de una nación se apodera la pobreza espiritual y, con ella, la ignorancia, el resentimiento, el odio y la violencia que les son consubstanciales, entonces surge, dolorosamente, su absoluto desgarramiento. Deja de ser una nación propiamente dicha para devenir una multitud, un juego de intereses particulares enfrentados los unos con los otros. Es el “bellum omnia contra omnes”, en el que no cabe mediación para la eticidad, porque su espacio interno y externo ha sido colmado, no sin violencia, por el salvajismo de la barbarie. Una realidad que abruma y que amenaza con la más cruenta devastación de la sociedad. Es la nación dividida, envilecida y reducida a su mero sobrevivir. Un mero sobrevivir que, por lo demás, termina haciéndose hábito, una norma.

Y es justo en ese punto de “no retorno” donde comienza, necesariamente, el trabajo de la inteligencia. Lo decía Hegel, al describir la diferencia entre los sistemas filosóficos de Fichte y de Schelling: “El desgarramiento es la fuente de la necesidad de la filosofía, y como cultura de una época, su aspecto condicionado, dado por la figura”. En efecto, el propósito de la inteligencia o, más específicamente, del pensamiento, consiste en sorprender la aparente firmeza de los términos que se contra-ponen. Las metodologías, las fórmulas, los gráficos, las fotografías y hasta los “posticks” que pululan en las mesas de los técnicos y especialistas en “la materia” se hacen inútiles, precisamente porque el devenir, es decir, el movimiento discontinuo de la realidad, se hace tan vertiginoso y sorpresivo que mientras más firmes, sólidos y espléndidos se presentan los “diagnósticos” de los esquemas interpretativos, tanto más inquieto se hace el esfuerzo de la realidad por rehuir de ellos y mantener su absoluta independencia.

No se termina de comprender el hecho de que lo que viene a ser puesto, lo que se pretende fijar, pronto se torna en su o-puesto. Nada está fijo, ni se aquieta. El fenómeno de la reflexión, propia de los espejos, se apodera de todo y todo lo invierte. Se transmutan el arriba y el abajo. Lo que aparece como izquierda se transforma en derecha y viceversa. Las pasiones, desbordadas, son “vendidas” al mayor y al detal como expresiones –en realidad, adulteradas– de una muy acabada y científica racionalidad. Y hasta la reputada humildad del sabio queda al descubierto como la peor expresión de soberbia. Todo un mundo, sin duda: solo que invertido.        

La “carta de despedida”, difundida recientemente por el exministro Jorge Giordani, a través de los medios de comunicación, presenta con claridad la “forma mentis” que tipifica a quienes, desde hace unos largos quince años, componen la vanguardia de un régimen que ha terminado por concretar la ruina material y espiritual de Venezuela. Son ellos quienes, como decía el difunto, desataron “los demonios” del actual desgarramiento, pesado y viscoso, dentro del cual, por cierto, ya casi resulta imposible seguir respirando. Lo saben bien, pero lo expían, aunque a veces sean víctimas de su propia expiación.
Como se sabe, siempre se aprestan a la caza de un “culpable”. La serpiente se muerde la cola. Es el socialismo de formato de bolsillo, el del manual de Marta Harnecker, el de la metálica doctrina reflexiva, la del espejo, la de la inversión de las figuras de la conciencia: es, para decirlo con todas sus letras, la extrema derecha, el fascismo puro y simple, devenido su extremo opuesto.

Dice Giordani –en la conocida misiva de los adioses– que ya venía manifestando sus “preocupaciones” desde que comenzó el régimen del actual presidente. Como si la brutal crisis orgánica en la que se halla inmersa Venezuela en la actualidad no fuese la consecuencia directa de una política económica y social que se empeñó –siguiendo para ello, a pie juntillas, los manuales doctrinarios ya mencionados– en desactivar el aparato productivo, ahogando en las aguas del prejuicio y la ortodoxia toda iniciativa capaz de generar riqueza, fuese esta material o espiritual. “La culpa, dice un conocido adagio, no es del ciego, sino de quien le da el garrote”. ¿Valdrá la pena preguntarse quién tuvo la iniciativa de darle a Giordani el garrote?

Como un vulgar “traidor” es tratado hoy quien, hasta no hace mucho tiempo, ejercía la suprema responsabilidad de dirigir los hilos del “proyecto” económico y financiero venezolano, suerte de gran “zar de la economía” y, a la vez, ideólogo de una realidad que, al final, se le vino encima. No obstante, sus denuncias, aunque quizá tardías, dan fe del monumental deterioro moral e intelectual de un régimen que luce cada vez más desgastado y sin fuelle, con cada vez menos pueblo, atrapado –y por lo visto, sin salida–, en los tentáculos de poderosos cárteles que ellos mismos alentaron y que son, literalmente, la inversión especular del cacareado socialismo que públicamente dicen profesar.

El desgaste es notorio. No se puede ocultar el sol con un dedo, por lo menos no por mucho tiempo. Entre tanto, cabe advertir que cuando las ficciones desaparecen, como por arte de magia, de la vida de los hombres, y cuando las oposiciones comienzan a perder el juego de sus acciones recíprocas, ganando cada vez mayor independencia, el pensamiento se transforma en una necesidad, porque su labor consiste en redefinir la realidad del “ser devenido”, toda vez que el desgarramiento, como punto de llegada del actual estado de cosas, es a la vez el punto de partida de un nuevo comienzo. Eso sí: sin perder el recuerdo de este pesado calvario, porque es de él, y con él, que puede rebosar un nuevo y fluido bloque histórico, sustentado en el consenso y no en la coerción. La necesidad del pensamiento no puede ser, en sí misma, una presuposición, sino una conquista. El desgaste es, por ello mismo, la fuerza motora que posibilita la construcción de una renovada sociedad. Como decía Walter Benjamin, “solo gracias a quienes carecen de esperanza nos es dada la esperanza”.

@jrherreraucv