• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

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José Rafael Herrera

El “deber ser”

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Hay una expresión de moda, muy común entre los venezolanos, que da cuenta de la radical ruptura existente entre los elementos esenciales que constituyen su vida social. La expresión reza: “Ese es el deber ser”. Un abogado, un juez, una maestra de escuela, un político o una secretaria, el gerente de un banco o un mecánico, a cada uno de los cuales se les interroga acerca del modo adecuado o correcto de llevar adelante sus labores, dirá, casi sin pestañear: “Ah, ¡pero lo que usted dice es el deber ser!...”. Es decir, que aquello por lo que la persona ha preguntado a cualquiera de estos funcionarios no hace referencia al ser, no se refiere ni remotamente a lo que es, sino a aquello que, aun siendo lo correcto, lo perfectible, es lo que no se puede hacer, porque se trata de un mero ideal, una utopía, un simple desiderato, un irrealizable “modelo platónico” que nada tiene que ver con la dura y áspera realidad cotidiana.

El pobre Kant –fundador de la doctrina del Sollen sein, o “deber ser”– se quedaría, sin duda, perplejo frente a nuestra descarada oficialización del desgarramiento entre lo que se es y lo que se piensa. Decía Marx que lo que no se es en la realidad se convierte en “las flores que recubren nuestras cadenas”, proyectadas en el más allá de la verdad. En síntesis: mero opio del pueblo.

La verdad es que el deber oculta el maltrato al que, al parecer, nos hemos ido acostumbrando. Y es que como en el ser no cabe el deber sino la pura aspereza de la realidad inmediata, entonces, agredir al otro se ha hecho política de Estado, transformando la agresión en modo de vida. Así se imponen, por la fuerza de los hechos, los codazos y las zancadillas, la violación de las más mínimas normas de convivencia y de respeto a los derechos humanos. Nuestra vida se va habituando a la incivilidad y se va transformando en selva de ladrillo, zinc y cartón, de huecos, basura y pestilencias, de taguara y tarantín de películas o de fritangas. Asistimos diariamente al encuentro con una cultura del atropello, la inseguridad y la muerte. En medio queda el estruendo que de cientos de equipos de sonido sale de las tiendas de los centros comerciales y se concentra en una mezcla de “audios”, o más bien de ruidos, que ensordecen, perturban y agotan. Escaleras mecánicas que no funcionan; busetas de treinta puestos que transportan hasta setenta pasajeros. Escapes de aceite quemado y dióxido de carbono e insufrible corneteo. Motorizados que transgreden las más mínimas instancias del sentido común. Ladrones y asesinos que disparan sus armas sin ningún tipo de miramiento, sin la más mínima compasión. Escasez, carestía, “matraqueo”. Sistemática composición plástica de lo miserable. Oda a la vulgar barbaridad. Auténtica estética de la miseria. El maltrato ha devenido hábito y cotidianidad. Y es justo ahí cuando surge el contraste de ser y deber. Es la hora de los falsos ideales inadecuados a la cotidianidad. Hora de entregarse al deber ser. Ahora Paulo Coelho –¡horror!-– es “la estrella”, o quizá lo sea el insigne autor de La culpa es de la vaca. Es el momento del yoga o la bailoterapia. Las frases huecas sustituyen y asfixian la realidad. Tiempo de elevar las plegarias al santísimo: “El tiempo de Dios es perfecto”, se repite una y otra vez. Platón transmutado en Prozac.

Primum vivere deinde philosophari, decía Aristóteles: para poder dedicarse a la vida plena, es necesario, primero, atender las necesidades básicas. Nuestro ya legendario “deber ser” revela, en realidad, nuestras propias cadenas: el refugio religioso en la vida privada y la aceptación de una forma de vida que se nos ha impuesto. Presos en un inmenso campo de concentración, enclaustrados y distantes del ser, recluidos en la sinrazón de lo que no es, en fin, inmersos en la dura y cruenta realidad de la viquiana “selva salvaje”, asistimos a la ciudad de la furia del despotismo, que dócilmente hemos terminado aceptando. El miedo genera impotencia, nunca libertad.

Por lo demás, el mero cómo de la tecnocracia opositora, devenido principio supremo, se ha transformado en una suerte de fe, de ley religiosa en y de la vida del presente. En realidad, detrás del cómo se ocultan nuestros propios espectros. Ciertamente, el temor a no querer equivocarse infunde desconfianza. Pero, por una vez, conviene pensar si, quizá, no haya que sentir desconfianza por esa desconfianza, y si –como dice Hegel– el temor a equivocarse no sea, de entrada el error mismo. Se pretende, a través de métodos, de instrumentos o “herramientas”, atrapar la verdad para superar la barbarie, tal y como son atrapados los pájaros con una vara engomada. Al final, la verdad termina burlándose de semejante astucia, porque, de hecho, no hace falta atraparla: ella vive y convive entre nosotros, incluso a pesar de nosotros.

Claro que, como afirmaba Kant, el cómo es importante. Y sin duda lo es. No es posible prescindir de la instrumentalización dentro del universo de complicaciones propio de la vida contemporánea. Las señoras –o los señores– que gustan de la repostería tienen derecho de consultar el recetario para la elaboración de sus ricos postres. Pero el problema se presenta cuando el cómo trasciende sus límites, cuando se enseñorea, se apodera de la vida y pretende sustituir las funciones de la razón y la libertad. Cuando el cómo se encuentra imposibilitado de ofrecer respuestas sólidas y convincentes para ofrecer explicaciones que permitan comprender la realidad, más que entenderla, entonces, y en medio de sus impotencias, se acude de nuevo al deber ser: se abre un auténtico “agujero negro” entre la realidad y la ficción. “Lo que es es la razón”: salir del “agujero” impone la labor de pensar, de reencontrarnos con nosotros mismos mediante la superación consciente de nuestros propios temores. Asumir lo que se es quiere decir adecuar el pensar y el hacer para dejar atrás los anacrónicos mitos de “deberosos” caudillos redentores.