• Caracas (Venezuela)

José Rafael Herrera

Al instante

La conquista de la civilidad

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Las recientes declaraciones dadas por el actual ministro de la Defensa venezolano, el general Padrino López, en un conocido programa de entrevistas dominicales, contienen algunos elementos de especial interés hermenéutico, sobre todo para quienes, ubicados más allá de la inmediatez de la noticia o de la “propaganda de guerra”, se propongan comprender las razones de fondo del actual devenir de las cosas, en medio de esta, la peor de las crisis orgánicas que haya vivido el país a lo largo de su historia contemporánea. En dichas declaraciones, el ministro en cuestión –quien, por cierto, hasta no hace mucho tiempo fuera considerado por unos cuantos amantes de la precipitación como el auténtico “héroe” de las elecciones parlamentarias del 6-D– se refirió, no sin énfasis, a la inminente preparación de un golpe de Estado, planificado desde afuera y desde adentro, con el ya consabido apoyo de los medios de comunicación, algunos sectores políticos y algunas personalidades internacionales, en las que incluyó, nada menos, que al propio presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

Más allá de las tradicionales letanías acerca de los “magnicidios” y, por supuesto, de los “golpes de Estado”, anunciados una y otra vez por el actual régimen, no sólo llama la atención el hecho de que, en esta oportunidad, sea el propio ministro de la Defensa quien haga la denuncia, sino que, además, dicha acusación esté dirigida particularmente contra los medios de comunicación, algunos sectores políticos y ciertas “personalidades”, amén de las ya tradicionales referencias contra el “Imperio yanqui”, la CIA, los Guardianes de la Galaxia, los Vengadores, Megamente, Batman vs Superman..., en fin: todos los miembros del “team” de la “derecha golpista”, enemigos jurados de esta “revolución bolivariana”, que tantos sacrificios ha hecho en favor de “las grandes mayorías populares”. Y es que si “con AD se vivía mejor”, con el actual régimen las cosas han terminado dando todo un auténtico “salto cualitativo” –“de la cantidad a la cualidad”, según las “leyes” de la “dialéctica materialista”–, a pesar de la “guerra económica”, promovida por el presidente Obama –quien es en realidad, “el Marciano” de la “League of Justice”– y sus aliados, los extraterrestres de los “X-files”. Solo bajo semejantes coordenadas se puede llegar a entender, luego de semejante parafernalia, por qué al difunto se le terminara equiparando nada menos que con el “intergaláctico” Buzz Lightyear.

Como se podrá observar, no sin algo de vergüenza ajena, el “afuera” del régimen del “presidente obrero” se sustenta esencialmente en los cómics. Lo que en todo caso llama la atención es el “adentro”, porque da la impresión de que, al hacerse tan cotidiano, tan frecuente y “natural”, ya nadie parece saber qué es un golpe de Estado. Incluso, pareciera que la expresión “golpe” se puede traducir por un simple cambio de gobierno. Y quizá la propia sociedad civil haya terminado por asumirlo de ese modo. Después de todo –pueblo de corta memoria–, han pasado más de veinte largos años de la última “experiencia” padecida.

Una posible explicación de este fenómeno tiene su punctum dollens en la conciencia que la propia sociedad civil –hoy acusada de golpista– tiene de sí misma. Se trata de una “autoconciencia” con “mala conciencia”, o en última instancia, con “falsa conciencia”, diría Hegel. Y es que, para no pocos, el significado del término “sociedad civil” no va más allá del hecho de no portar uniforme. Para todo el que así se la representa, existen dos tipos de sociedades, en consecuencia: la sociedad civil y la “sociedad militar”. Hay también en el ambiente un cierto “antichavismo” chavista que es indispensable superar, por razones de salud mental y de creación de una nueva sociedad, auténticamente civilista. Vale la pena recordar aquí un famoso ejemplo de Marx: “Un hombre listo dio una vez en pensar que los hombres se hundían en el agua y se ahogaban porque se dejaban llevar de la idea de la gravedad. Tan pronto se quitasen esta idea de la cabeza, (...) quedarían sustraídos del peligro de ahogarse”. El hombre en cuestión –concluye Marx– decidió pasarse la vida luchando contra la “ilusión de la gravedad”. Tal parece la idea con la que algunos sectores de la sociedad civil parece autoconcebirse.

Pero ¿es posible que, siendo el cuerpo militar del Estado el encargado de administrar las armas de la nación –y, por lo tanto, la capacidad de fuego, la violencia real–, su principal vocero pueda acusar a la sociedad civil de propiciarla? ¿Cómo, pues, podría la sociedad civil tener “en marcha” un golpe de Estado, si la administración de la violencia no se encuentra en sus manos, sino en las del componente militar? En última instancia, y a los efectos de restituir la idea de civilidad por encima de toda representación preconcebida, conviene señalar que, desde las formulaciones hechas por Aristóteles hasta hoy, lo civil se define como el bien hacia el cual todas las cosas propiamente humanas tienden. La civilidad, de hecho, no significa vestir de “paisano”. Es la fuerza motora, la energeia, que surge de la cultura. De ahí el abierto desprecio que todo cuerpo que tienda a la heteronomía manifiesta por la condición civil, porque ella se sustenta en la multiplicidad, en lo diverso, en la libertad de ser y pensar. Solo en la conciencia y necesidad del autorreconocimiento del ciudadano como individuo, puede prosperar la condición civil.

Los detractores de la sociedad civil son aquellos que se obsesionan con la creación de Estados impositivos, coercitivos, capaces de poner freno a la idea de que solo los individuos particulares son capaces de realizar concreta y plenamente el en pro de todos, desde lo singular hasta lo general. Roma nunca estuvo tan unida y nunca fue tan próspera como cuando prevalecieron las diferencias entre los romanos, afirma Maquiavelo en sus Discorsi. La condición heterónoma; la uniformización de la sociedad; la imposición y control de todo desde arriba; el cierre del universo del discurso –la pobreza del lenguaje–; la creación del “partido único” y del “líder carismático”; la corrupción como norma de vida; en fin, el completo aplastamiento de la civilidad, caracterizan, de suyo, la real y efectiva presencia de una dictadura. En Venezuela no hay “en marcha” una dictadura: hay una dictadura “en marcha”. La lucha por la civilidad es la lucha por la unidad y la prosperidad de una sociedad que fue engañada para ser sometida.